La siesta, una costumbre que nunca duerme

Carta de Lector

Por Carta de lector

Alejandro De Muro
DNI 5.081.245
demuoalejandro4@gmail.com

Múñiz, Buenos Aires

Para algunas madres, la siesta, es una especie de mujer aliada, servicial, que no cobra salario y siempre está presente. A través de ella, en calidad de amas de casa, promediando la tarde, logran encontrar sosiego y librarse, por una o dos horas, de la presencia demandante de sus hijos más pequeños.
Es un momento propicio para que, mientras duermen, ningún grito o llanto destemplado las separe de un televisor e interrumpa la visión de una infaltable novela turca.
Nadie sabe quién la inventó. Mantiene, con el paso de los años, una vigencia dispar. En el Interior, sobre todo, consiste casi en un rito donde millones de fieles, entre las 13 y las 16 aproximadamente, le rinden culto ante un altar dotado de cuatro patas y un mullido colchón. Los pueblos, virtualmente, se clausuran.
Durante ese lapso, por ejemplo, las compras de analgésicos para calmar una jaqueca o de yerba para satisfacer el deseo de un mate, deben esperar. No en todos los casos obedece a una misma razón.
En ciertos lugares responde a la exigencia de sobrellevar elevadas temperaturas y de mitigarlas con un reparador descanso. En las grandes ciudades, en cambio, no reviste un carácter tan obligatorio o masivo. El vértigo de la vida cotidiana impide los “recreos”.
El recuerdo de la siesta me retrotrae a momentos que jamás estuvieron asociados a demandas autoritarias. Presumo que mi docilidad de entonces evitaba retos y tornaba más fácil la consecución del plan pergeñado.
A la distancia reivindico el valor de la siesta. Le encuentro un sentido lógico y saludable. En el caso particular de mi madre, me tranquiliza saber que, con mi invariable propensión a dormir, hice más soportable su habitual y valorado trajinar.


Alejandro De Muro
DNI 5.081.245
demuoalejandro4@gmail.com

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