A la espera de la herencia

Redacción

Por Redacción

Mientras que algunos economistas “ortodoxos” siempre han criticado el modelo kirchnerista –podría decirse duhaldista– por entender que a la larga terminaría mal, los dirigentes políticos han preferido concentrarse en atacar los flancos a su juicio más vulnerables de los gobiernos de los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, denunciando la corrupción y el autoritarismo que los han caracterizado. Tal actitud no se debió a cálculos tácticos sino a que la mayoría de los políticos peronistas, radicales e izquierdistas compartía el ideario populista y voluntarista de los santacruceños. Lo mismo que ellos, creían que, para prosperar, sería necesario que el país derrotara “el neoliberalismo”, se liberara de la tutela de organismos como el Fondo Monetario Internacional y del colonialismo intelectual resultante. He aquí la razón principal por la que, ante el hundimiento del modelo kirchnerista, han sentido tanto desconcierto. Quisieran creer que ha fracasado a causa de las deficiencias, que por cierto son manifiestas, de funcionarios determinados y, claro está, de la tozudez de Cristina, no que el populismo voluntarista del cual ha sido el producto más reciente esté programado para culminar en un desastre. Asimismo, si bien media docena de “presidenciables” ya están en campaña, ninguno se ha animado a aclarar lo que haría con la herencia que, de tener éxito, recibiría de manos de los kirchneristas. Es como si todos confiaran en que su propia presencia en la Casa Rosada sería más que suficiente como para abrir las puertas a una multitud de inversores interesados en hacer negocios con un país tan rico como la Argentina. Así, pues, los presidenciables se limitan a esperar que Cristina termine su labor. Gracias en buena medida a la calma relativa que ha disfrutado el mercado cambiario a partir de la devaluación de enero, tanto los economistas más influyentes como la mayoría de los políticos opositores parecen convencidos de que los años próximos transcurrirán sin graves conflictos. Prevén que el modelo kirchnerista, a diferencia de tantos otros que por un rato parecieron funcionar sólo para caer en pedazos, dejando a casi todos más pobres que antes, aterrice suavemente y que el sucesor de Cristina logre reemplazarlo por otro en un clima de tranquilidad. Es de esperar que los optimistas estén en lo cierto y que el ajuste en marcha –el que el exministro de Economía Roberto Lavagna ha comparado con el Rodrigazo de 1975– no tenga un impacto social muy fuerte, pero es legítimo dudarlo. Sucede que todos los sectores, con la eventual excepción de uno muy pequeño conformado por los beneficiados por el capitalismo de los amigos kirchnerista, se creen injustamente postergados. No serviría para mucho pedirles ceder todavía más en el marco de otro pacto social o acuerdo nacional, ya que les es fácil afirmar que ya han sacrificado mucho y que por lo tanto tienen derecho a recuperar lo que han perdido. Como es lógico, los sindicalistas no quieren verse acusados de contribuir a la caída del poder adquisitivo de los trabajadores, ya que en tal caso tendrían que enfrentar una rebelión de los perjudicados. Aunque hasta los más combativos, entre ellos los alineados con la CGT de Hugo Moyano, parecen entender que les convendría actuar con moderación aparente, tienen que reclamar aumentos que por lo menos permitirían que los salarios subieran al mismo ritmo que la inflación que, de acuerdo común, es del 35% o más anual, además de protestar en contra de Ganancias, o sea la presión impositiva. La reacción de los empresarios frente a la recesión que está haciéndose sentir ha sido menos explícita que la de los sindicalistas, pero es de temer que la resistencia a arriesgarse en una etapa signada por la incertidumbre se vea reflejada en el desempleo que, claro está, es mayor –según algunos, el doble– de lo registrado por el Indec. Aunque el temor a perder el trabajo contribuya a su modo a asegurar cierta paz laboral, como la caída abrupta del consumo ayuda a frenar la inflación, el malestar que causan los despidos, suspensiones y anuncios como el de General Motors, que hace poco informó que los 2.700 trabajadores de una planta en las proximidades de Rosario tendrían que conformarse con una reducción salarial del 35%, están afectando el clima social de manera muy negativa.


Mientras que algunos economistas “ortodoxos” siempre han criticado el modelo kirchnerista –podría decirse duhaldista– por entender que a la larga terminaría mal, los dirigentes políticos han preferido concentrarse en atacar los flancos a su juicio más vulnerables de los gobiernos de los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, denunciando la corrupción y el autoritarismo que los han caracterizado. Tal actitud no se debió a cálculos tácticos sino a que la mayoría de los políticos peronistas, radicales e izquierdistas compartía el ideario populista y voluntarista de los santacruceños. Lo mismo que ellos, creían que, para prosperar, sería necesario que el país derrotara “el neoliberalismo”, se liberara de la tutela de organismos como el Fondo Monetario Internacional y del colonialismo intelectual resultante. He aquí la razón principal por la que, ante el hundimiento del modelo kirchnerista, han sentido tanto desconcierto. Quisieran creer que ha fracasado a causa de las deficiencias, que por cierto son manifiestas, de funcionarios determinados y, claro está, de la tozudez de Cristina, no que el populismo voluntarista del cual ha sido el producto más reciente esté programado para culminar en un desastre. Asimismo, si bien media docena de “presidenciables” ya están en campaña, ninguno se ha animado a aclarar lo que haría con la herencia que, de tener éxito, recibiría de manos de los kirchneristas. Es como si todos confiaran en que su propia presencia en la Casa Rosada sería más que suficiente como para abrir las puertas a una multitud de inversores interesados en hacer negocios con un país tan rico como la Argentina. Así, pues, los presidenciables se limitan a esperar que Cristina termine su labor. Gracias en buena medida a la calma relativa que ha disfrutado el mercado cambiario a partir de la devaluación de enero, tanto los economistas más influyentes como la mayoría de los políticos opositores parecen convencidos de que los años próximos transcurrirán sin graves conflictos. Prevén que el modelo kirchnerista, a diferencia de tantos otros que por un rato parecieron funcionar sólo para caer en pedazos, dejando a casi todos más pobres que antes, aterrice suavemente y que el sucesor de Cristina logre reemplazarlo por otro en un clima de tranquilidad. Es de esperar que los optimistas estén en lo cierto y que el ajuste en marcha –el que el exministro de Economía Roberto Lavagna ha comparado con el Rodrigazo de 1975– no tenga un impacto social muy fuerte, pero es legítimo dudarlo. Sucede que todos los sectores, con la eventual excepción de uno muy pequeño conformado por los beneficiados por el capitalismo de los amigos kirchnerista, se creen injustamente postergados. No serviría para mucho pedirles ceder todavía más en el marco de otro pacto social o acuerdo nacional, ya que les es fácil afirmar que ya han sacrificado mucho y que por lo tanto tienen derecho a recuperar lo que han perdido. Como es lógico, los sindicalistas no quieren verse acusados de contribuir a la caída del poder adquisitivo de los trabajadores, ya que en tal caso tendrían que enfrentar una rebelión de los perjudicados. Aunque hasta los más combativos, entre ellos los alineados con la CGT de Hugo Moyano, parecen entender que les convendría actuar con moderación aparente, tienen que reclamar aumentos que por lo menos permitirían que los salarios subieran al mismo ritmo que la inflación que, de acuerdo común, es del 35% o más anual, además de protestar en contra de Ganancias, o sea la presión impositiva. La reacción de los empresarios frente a la recesión que está haciéndose sentir ha sido menos explícita que la de los sindicalistas, pero es de temer que la resistencia a arriesgarse en una etapa signada por la incertidumbre se vea reflejada en el desempleo que, claro está, es mayor –según algunos, el doble– de lo registrado por el Indec. Aunque el temor a perder el trabajo contribuya a su modo a asegurar cierta paz laboral, como la caída abrupta del consumo ayuda a frenar la inflación, el malestar que causan los despidos, suspensiones y anuncios como el de General Motors, que hace poco informó que los 2.700 trabajadores de una planta en las proximidades de Rosario tendrían que conformarse con una reducción salarial del 35%, están afectando el clima social de manera muy negativa.

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