Abrazo navideño
La Peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Había que tener de todo para que todos estuvieran cómodos. Sillas, una mesa más que larga, cubiertos, vasos, manteles blancos, copas para el brindis, mesas para los chicos y vasos de plástico en lo posible. Además, espacio, un espacio grande para reunir a los hijos y a los nietos, que éramos muchos. Lo de la comida era bastante repetido, algunas cosas muy ricas, otras no eran de mi agrado, pero sin necesidad de hablar, cada uno llevaba lo mismo todos los años. Ensalada rusa, tarteletas, pollo deshuesado, matambre arrollado, sandwichs de miga bastante secos, turrones de mala calidad, garrapiñada, pan dulce que nadie comía, vino, sidra y gaseosas era más o menos el menú, por supuesto en cantidades importantes como para alimentar a una familia numerosa de las de antes. La Navidad siempre en la casa de mis abuelos maternos, donde sostenían que el asado no era comida de Navidad porque siempre había uno que se quemaba hasta las pestañas mientras los demás comían. Entonces la opción eran las comidas frías. Una fiesta con la familia de mi madre y otra con la de mi padre, para que nadie se ofendiera. En mis otros abuelos pasaba lo contrario, asado era menú fijo, buenas empanadas, más diversión. Eran diferentes, y bastante más divertidos. Los orígenes tal vez. Los primeros españoles, los segundos libaneses. En ambos lados había de esas tías que le ponían una dosis de tensión a cualquier fiesta. Hasta que no estén todos sentados nadie come nada, nada de meter manos en los platos, solían decir. Del otro la especialista en empanadas que no dejaba probarlas hasta que no terminara de freír todas. Pero eran fiestas incomparablemente maravillosas, con algunas tensiones porque no todos se llevaban bien, pero tenían ese sabor familiar que los años pasaron por encima. Ni siquiera quedaron las galerías grandes donde nos juntábamos en las casas de mis abuelos. También el tiempo se las llevó por delante. Después de las doce las lágrimas. Esas que se repetían incansablemente, como si en lugar de una fiesta fuera una despedida. Sin embargo, con los años empecé a entender el porqué de esas lágrimas. Es que cuando éramos chicos pensábamos que los padres y los abuelos eran eternos. Claro, el tiempo enseña que no, que la gente se muere y que el escenario de una Navidad a otra puede ser muy diferente. Ahí entendí el último abrazo navideño de mi madre con mi abuela. Después de esa Navidad viajamos y nunca más la volvimos a ver. Después de las doce éramos muchos los que nos juntábamos, primos, amigos, vecinos de pueblo chico. Algunos llegaban con sus regalos de Papá Noel. Por casa, cuando pasaba, lo hacían muy tarde. Tal vez porque no era lo que quería regalarnos, tal vez porque sabía que esperábamos un acto igualitario. No era tristeza lo que teníamos al esperar a Papá Noel. Nos alcanzaba su visita, aunque no comprendiéramos la desigualdad de los regalos que llenaban la bolsa. Así eran las fiestas de fin de año en mi niñez, que tal vez sea la que muchos añoran. Eran tiempos de casas de puertas abiertas, de seguridad plena, tiempos en los que se podía hasta armar la mesa en la vereda y brindar con los vecinos. No había más intención que la del festejo. De todos modos, lo que el tiempo no se llevó por delante, lo que la inseguridad no puso entre rejas es el espíritu de las fiestas, porque los escenarios cambian, los protagonistas son otros, las ausencias se multiplican, pero las nuevas presencias le dan a cada familia un nuevo motivo para festejar. Que las fiestas sean motivo suficiente para el abrazo sincero, que alcance con el brindis para poner en marcha nuevas ilusiones.
La Peña
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