Afectos
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Los afectos nos hacen ver las cosas mucho mejor de lo que en realidad eran, nos damos cuenta con el tiempo, cuando volvemos a caminar algunos lugares y vemos que en realidad lo que magnificamos era algo común y corriente. Sin embargo, por el amor, el afecto, por su gente y sus obras, aprendimos a quererlo de otra manera. También nos sucede muchas veces al revés. De chicos pasamos por alto muchas cosas y cuando las vemos de grandes descubrimos una dimensión más real. Tal vez sea un poco el efecto de la madurez, que nos hace ver las cosas en un lugar un poco más razonable. Nos pasa con lugares, con espacios únicos, con objetos que nos duele dejar, que llevamos por siempre en el corazón y que si no volvemos a ver se nos quedan grabados por siempre. Los paisajes, por ejemplo, son parte de las imágenes que uno añora, que guarda y que cuida y espera volver a ver igual que siempre. Y resulta que los años hicieron lo suyo, la gente, los descuidos, y el progreso cambiaron el escenario. Por ejemplo, me quedó grabada en el corazón la ceremonia de ir al cine en mi pueblo. El auto, un Valiant verde de la familia Vice que recorría las calles de Andalgalá, con un altavoz en el techo, anunciando la película del fin de semana en cinemascope, que no sabíamos qué aportaba a la película pero igual sonaba lindo. Ese auto pasaba de lunes a viernes recorriendo las calles del pueblo y en cierto modo invitando a su gente a la proyección. Claro, no podíamos ir todos los fines de semana, pero sí de vez en cuando. Bañados y con el pelo mojado, pantalones cortos planchados, zapatillas relucientes, partíamos a ver la película con la plata para la entrada, para alguna golosina infaltable que generalmente era un chocolate Jack y para el cucurucho de maní caliente de la salida que vendía el manicero. Dicho sea de paso, el manicero es un personaje que las nuevas generaciones directamente no conocieron. Las películas proyectadas eran lo de menos, tan de menos que no recuerdo ninguna y sí recuerdo que se cortaban una docena de veces al menos. Pero nadie protestaba, nadie chiflaba porque ese cine vivía gracias al esfuerzo de sus dueños que ganaban poco y nada y que necesitaban que niños, jóvenes y ancianos asistieran para darle vida a esa sala. Con el tiempo volví a mi pueblo y siempre volví a pasar por el cine, pero jamás lo encontré con puertas abiertas. Ahí la nostalgia me invadió, me pregunté qué sería de ese lugar y tanta magia acumulada por años. Otro lugar que adoraba era un circuito donde íbamos a andar en bici casi a diario, no era nuestro, pero era como si lo fuera porque lo elegimos como nuestro lugar de esparcimiento preferido. Lo llamábamos la curvita. Ahí éramos dueños y señores del tiempo y del espacio. Muchos años después regresé a la curvita y la vi tal cual, se me llenó la mente de recuerdos, de caídas, de alegrías y enojos, pero también pude dimensionar que aquello que me parecía un paraíso lo era más desde el afecto que desde la misma realidad. La plaza, un canal donde íbamos a bañarnos en el pueblo, (donde los ríos son escasos y el agua abunda sólo cuando llueve), la banda de la policía que tocaba los domingos, la gaseosa que de vez en cuando nos sentábamos a tomar con algún amigo, poniéndonos en el rol de grandes y mil cosas más forman parte de esa gran bolsa de recuerdos que en realidad son tan simples, tan de uno que los sobredimensionamos sin darnos cuenta. Tampoco el nogal que había en el patio de casa era el más grande ni el mejor, había y hay millones de nogales iguales y mejores, pero el nuestro era distinto simplemente por eso, porque era nuestro, como cada recuerdo.