Afrodita, el lugar donde comenzó el deseo

Redacción

Por Redacción

La Venus romana o la Afrodita griega constituyen un legado a nuestra cultura. Este legado cultural puede hacerse comprensible en el uso de la noción de «arquetipo»: Venus es un arquetipo de femeneidad, uno.

Hay conductas de una mujer que encajan en lo que, de modo simple, podríamos denominar «conducta típica», esa «constante» cultural es una conducta arquetípica. ¿Qué representa esta deidad devenida en figura arquetípica ?

Se suele representar a Afrodita como «la gran meretriz» de la cultura griega. La meretriz del templo era una figura sagrada en Sumeria, Babilonia, Egipto e India, cuyo papel consistía en iniciar a los hombres en los misterios del dominio de Afrodita, ella era quien inspiraba la «virilidad» en el hombre, encarnaba y canalizaba la fuerza de eros. La polaridad de esta figura es la madre, representada en la mitología griega por otra poderosa diosa del panteón olímpico, Hera, su eterna rival y nada menos que la esposa de Zeus. La madre, el «arquetipo madre» dado por la consorte del mandamás del Olimpo, es aquella mujer que da la vida y el alimento. Venus libera al hombre del regazo materno y le enseña el goce, el amor erótico; ella no es fuente de vida, es fuente de placer.

Este arquetipo femenino, frecuente y erróneamente asociado a la prostitución o a los bajos instintos- y que por otra parte resulta bastante incómodo para quienes se resisten a adherir a las grandes generalizaciones o algunas feministas radicalizadas que riñen con quienes vislumbran a las féminas como simples «objetos de deseo»- es una de las representaciones de lo femenino más complejas de la historia: la mujer gozosa, ser erótico.

La diosa Afrodita no pertenece a nadie, excepto a sí misma. Es ella quien desea, busca placer, no hijos (aunque Afrodita decide cuándo concebir a Eros, difícilmente la iconografía la muestre con un bebe en brazos)

Sus relaciones tienen la marca de la pasión y algo más, su autosatisfacción, la construcción de sí misma por el camino del placer. Egoísmo, vanidad, libertad, hedonismo, sentimientos que a lo largo de la historia no fueron a parar, y sin inquietar, a la preceptiva del «ser mujer».

La poderosa Venus es una amenaza para el colectivo, «es una diosa amoral para las normas convencionales», es la ramera. Y además de todo, es astuta, arpía, la que enseña «los ardides femeninos»; quizás la más cerebral y menos instintiva de las diosas griegas, junto a Atenas. El amor para ella es un arte.

En Afrodita y Hera se han representado, hasta el cansancio, dos polos de lo femenino, donde parece imposible hacer convivir las necesidades maternales con las eróticas; al instinto con la razón, el deseo propio con las expectativas de los otros; la entrega incondicional con la entrega condicionada, ya sea a hombres o a hijos.

Las venus del cine, Marilyn, la Loren, no hacen más que representar, recordar, reencarnar a la diosa que expresa uno de los polos.

En el celuloide no triunfan representando a Hera, sino a Afrodita, porque- si bien este siglo ha dado muestras de evolución a este respecto- Afrodita, o la naturaleza erótica de la mujer, aun no es asunto que pueda equiparar a la tan explotada imagen de madre ( y sus atributos), que se adosa a la mujer como último requisito para la definición esencial de su ser.

Susana Yappert


La Venus romana o la Afrodita griega constituyen un legado a nuestra cultura. Este legado cultural puede hacerse comprensible en el uso de la noción de "arquetipo": Venus es un arquetipo de femeneidad, uno.

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