Alberto y la CGT: una foto que atrasa



La imagen en sepia que compuso ayer Alberto Fernández con la expresión más rancia del sindicalismo argentino es un claro mensaje a La Cámpora y a los empresarios para un pretendido pacto social. La adicionó a la que se sacó con los gobernadores de cepa peronista desairados en el palco del triunfo.

Pero el problema trasciende a una cuestión de punzante cruce epistolar entre vertientes de poder. En la imagen conviven burócratas inoxidables e impermeables a vientos democratizadores, con dirigentes que le deben transparencia a la Justicia y a la sociedad por sus enriquecimientos inconsistentes y prácticas matonescas.

No parece ser la foto que espera la Argentina.

En ella posan junto al presidente electo el inefable Hugo Moyano, con al menos cinco causas pendientes por lavado, asociación ilícita y defraudación, blandiendo la férula de Camioneros desde hace 35 años; Jorge Omar Viviani, con cinco mandatos como líder de los peones de taxi; Julio Piumato, ex lugarteniente de Moyano y con tres décadas en el gremio judicial; Rodolfo Daer, ex pupilo de Lorenzo Miguel; José Luis Lingeri mandamás gremial desde hace 35 años y el mercantil Armando Cavalieri, quien no le va en zaga.

¿Fernández reedita con esta imagen el apotegma de que no se puede gobernar sin ellos? No parece deseable. ¿La foto es sólo instantánea y perecedera porque puede cambiar cuando Alberto se consolide en el poder? No parece probable.

Otra vez: ¿se puede gobernar en la Argentina sin la bendición de estos barones gremiales? La historia está llena de intenciones de democratización sindical, pero también de retrocesos en igual proporción.

Si para construir poder, es necesario sucumbir a una tribu impúdica, perpetua y ávida de blindaje, estamos en problemas.

No sea cosa que el neonato gobierno termine siendo rehén de un linaje sindical con cuentas pendientes que atrasa.


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