Alemania y sus socios



El especulador multimillonario reciclado en pensador progresista George Soros provocó un revuelo en el mundillo financiero al afirmar, hace un par de días, que “Alemania debería liderar políticas de crecimiento, una mayor unión política y un reparto de las cargas, o abandonar la Eurozona con un acuerdo amistoso”. Si bien muchos otros han señalado que la crisis del euro se debe en buena medida a que las prioridades del país más poderoso de la Unión Europea son claramente incompatibles con las de la mayoría de sus socios, en especial Grecia, España, Italia y Portugal, la advertencia de Soros tuvo un impacto muy fuerte no sólo porque se trata de la opinión de una persona que ha acertado en muchas ocasiones en el pasado sino también porque, luego de un período breve de tranquilidad relativa, tanto “los mercados” como los gobiernos de Estados Unidos y China han dado a entender que, a menos que la Eurozona se recupere muy pronto, la economía mundial podría caer en una recesión prolongada. Asimismo, mientras que el jefe del Banco Central Europeo, Mario Draghi, insiste en que la institución que encabeza hará todo cuanto resulte necesario para defender el euro, los dirigentes alemanes se oponen a la eventual compra masiva de bonos emitidos por países como España, a menos que sus gobiernos lleven a cabo una serie de ajustes severísimos y, huelga decirlo, política y socialmente muy peligrosos. En el fondo, el problema planteado por Alemania es sencillo: es, desde el punto de vista de sus socios, un país demasiado grande, eficiente y dinámico. Cuando hablan de una “Alemania europea”, lo que tienen en mente es un país que se conforme con respetar el ritmo lento fijado por sus vecinos. En cambio, los alemanes mismos dan por sentado que, a la larga, la única manera de asegurar la prosperidad futura de Europa consistiría en que todos los gobiernos aceptaran las pautas rigurosas reivindicadas por Angela Merkel, alternativa que, según los demás, equivaldría a institucionalizar una “Europa alemana”, de ahí la idea de que lo que quiere la canciller sea aprovechar una oportunidad para conseguir, por medios pacíficos, la hegemonía continental que se le escapó a Adolf Hitler. Se trata de una caricatura sumamente injusta, pero dadas las circunstancias es comprensible que en el sur de Europa sean cada vez más los tentados a tomarla en serio. De todas formas, no cabe duda de que, con escasas excepciones, los líderes alemanes, respaldados por la opinión pública, están sinceramente convencidos de que la crisis europea continuará hasta que sus socios se hayan sometido a programas de reformas estructurales parecidas a las que, una década atrás, fueron concretadas por el gobierno socialdemócrata de Gerhard Schröder, el auténtico responsable del desempeño exitoso reciente de su país. Es probable que tengan razón: en un mundo globalizado ya no funcionan como antes las modalidades tradicionales que son típicas de los países del sur. Con todo, el mero hecho de que a juicio de tantos europeos las medidas propuestas se parezcan a exigencias netamente teutonas, las hace aún más antipáticas de lo que de otro modo serían. El euro fue creado con el propósito de reducir las diferencias nacionales, pero, para alarma no sólo de sus impulsores sino también de los detractores, las dificultades que han causado los esfuerzos por armonizar las prácticas de un conjunto de sociedades que no comparte la misma cultura política, social y económica, han servido para reavivar los sentimientos nacionalistas. No se equivocan Soros y otros, pues, cuando afirman que en última instancia el destino del euro depende de los alemanes. Para impedir que la Eurozona se rompa tendrían que resignarse a subsidiar, por muchos años y un costo enorme, a sus socios menos productivos y menos disciplinados. Si siguen negándose a hacerlo, las tensiones ocasionadas por la incapacidad manifiesta de los griegos, italianos, españoles y portugueses para emularlos se harán tan fuertes que tarde o temprano resultaría inevitable la temida ruptura que, obvio es decirlo, no sería amistosa, ya que en todos los países afectados los dirigentes políticos atribuirían el fracaso del experimento político y económico más ambicioso de los años últimos a la irresponsabilidad, o la terquedad, de sus socios.


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