Alfabetización académica
Hace ya un tiempo que en los niveles terciario y universitario se trabaja sobre la enseñanza de la lectura y la escritura de textos de estudio. Paula Carlino define la alfabetización académica como “el conjunto de conceptos y estrategias necesarios para participar en la cultura y el discurso de las disciplinas así como en las actividades de lectura y escritura requeridas para aprender en la universidad”. En este sentido, hay un consenso generalizado sobre la necesidad de abordar, junto a los contenidos disciplinares, otros relacionados con las formas en que se leen y se producen textos en este nivel. En función de esta idea, se han ido incorporando a las carreras de nivel terciario-universitario espacios concretos de trabajo con estudiantes y docentes en cursos de alfabetización académica y tutorías en las cátedras. La implementación de esos espacios propició fundamentalmente discusiones sobre temas que históricamente no constituían un problema para los docentes universitarios: cómo aprende un alumno, qué estrategias utiliza para significar los textos que lee, cómo es que tímidamente comienza a decir algo –a balbucear sus primeras palabras– en esa lengua aún desconocida para él. En “Los alumnos universitarios y la escritura académica” Norma Desinano analiza las producciones de sus estudiantes y propone “romper con la visión unidireccional y limitativa del error para reconocer ciertos fenómenos y otorgarles un valor diferente dentro del proceso que realiza el alumno para acceder a un discurso determinado”. Propone visualizar esas producciones como parte de un proceso en el que ellos están “comenzando a constituirse en un nuevo discurso”. Esta forma de entender las cosas abre otros caminos que tal vez nos ayuden a pensar nuevas formas de enseñar en la universidad, porque cuestiona la idea generalizada de que los alumnos ingresan –en palabras de Desinano– con un “desconocimiento de la modalidad escrita de su lengua materna” y de que eso explica las dificultades en los textos que escriben. Más provechoso es visualizar esas dificultades como indicios nada despreciables de los modos en que el alumno está tratando de funcionar, con mucho esfuerzo, en el discurso científico-disciplinar. La ensayista argentina Beatriz Sarlo sostuvo alguna vez que “hay que dar vueltas alrededor de lo que no se entiende. (…) Así de simple, todo dependería del tiempo que se les dé a las cosas para que ellas hablen”. A lo mejor es preciso dejar de pensar en el déficit y ponernos a “escuchar” lo que nos dicen los textos de los alumnos cuando escriben, aunque lo hagan fragmentariamente, acumulando párrafos y confundiendo al lector con conectores inadecuados. A lo mejor estaría bien arrojar otras miradas sobre esas marcas para darnos la posibilidad, como docentes, de curiosear ahí donde el otro, el estudiante al que estamos formando, lucha por hacer sus primeros palotes. No hay soluciones mágicas. Hay cosas que hacer. (*) Profesora, integrante del Área de Alfabetización Académica, UNC
Roxana Muñoz (*)