Algo más que cenizas
Por Jorge Gadano
Al fin y al cabo, no ha pasado tanto tiempo. Apenas 56 años desde que, el 30 de abril de 1945, después de almorzar con sus secretarias, Adolfo Hitler se disparó un balazo en la cabeza. No quería caer vivo en manos del Ejército Rojo, para él los «judeobolcheviques», que estaba ya a unos 200 metros del búnker de la Cancillería del Tercer Reich. Su gobierno, o lo que quedaba de él, se había replegado allí desde la «Guarida del Lobo», el comando de la Prusia Oriental desde donde había dirigido la guerra en el frente del Este.
La más reciente y mejor biografía de Hitler, escrita por Ian Kershaw, concluye con un relato de los últimos días del Führer que no por seco y despojado deja de tener una fuerte carga de crueldad y tragedia. En esas líneas lo siniestro se eleva por encima de los hechos, que de tan horrorosos no pueden ser neutrales.
Muchos nazis habían huido hacia el oeste, dispuestos a entregarse a los norteamericanos para escaparle a la venganza de los rusos, que tenían 30 millones de muertos por cobrar. Uno de tales «traidores» había sido Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo, condenado a muerte luego en Nuremberg.
Los fieles que habían quedado eran pocos. El edecán naval, almirante Karl-Jesko von Puttkamer, había sido enviado a Berchtesgaden a destruir documentación; en el búnker permanecían la mujer del dictador, Eva Braun; sus secretarias, su ayudante personal, el SS Otto Günsche; el chofer Erich Kempka, la dietista Constanze Marzialy, el sirviente Heinz Linge, el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels; su mujer Magda y sus seis hijos; los generales Burgdorf y Krebs y Martin Bormann.
Después del mediodía Hitler, por fin convencido de que no se produciría la contraofensiva con la que venía soñando desde la derrota de Stalingrado, llamó a Bormann y le dijo que había llegado el momento: se pegaría un tiro. A Günsche le encomendó la cremación de sus restos, para evitar que los soviéticos los exhibieran «como una pieza de museo».
Tranquilo, sin dar la menor señal en su rostro impávido de que se iba a quitar la vida, Hitler dio la mano a todos. Más encorvado que nunca, vestido con su chaqueta de uniforme y pantalones negros, ingresó a su estudio. Sólo salió por unos instantes, a pedido de Magda Goebbels, una fanática admiradora, quien le rogó que huyera. Hitler se negó y volvió a entrar a su estudio, por última vez. Faltaban unos minutos para las tres y media de la tarde.
Pasado un corto lapso sin que se oyera nada, Linge y Bormann entraron. Kershaw describe así el espectáculo: «Hitler y Eva Braun estaban sentados juntos en el pequeño sofá de aquel estudio angosto y agobiante. Ella estaba desplomada a la izquierda de él. Su cuerpo despedía un olor intenso a almendras amargas, el olor característico del ácido prúsico. La cabeza de Hitler colgaba inerte. De un agujero de bala de la sien goteaba sangre. A sus pies estaba su pistola Walther de 7.65 milímetros».
Para la cremación, los cadáveres fueron llevados al jardín de la cancillería, en la superficie. La ceremonia fue rápida, porque los proyectiles de los cañones rusos llovían por todas partes. Bormann encendió una antorcha de papel y la arrojó sobre los restos, embebidos en gasolina. Hubo un «Heil Hitler» final y todos volvieron presurosos al búnker. Un día después Goebbels durmió a sus hijos Helga, Hilde, Hellmut, Holde, Hedda y Heide, de doce a cuatro años, con una inyección de morfina, y les introdujo el ácido en la boca. Luego él y Magda subieron a los jardines y mordieron la cápsula.
Un testigo dijo que los cadáveres de Hitler y Braun habían quedado reducidos «a poco más que cenizas, que se desmoronaron al tocarlas con el pie». Después de pasar sobre Europa como un vendaval de muerte y destrucción, era eso todo lo que quedaba del nazismo: un montón de cenizas.
Sin embargo, 56 años después hay todavía añoranzas. Los depositarios no son sólo los grupos neonazis que atacan a los inmigrantes de Asia y Africa que saltan sobre los vallados que protegen a Europa para escapar del hambre. Todavía hay gente importante, mucha, asociada al antisemitismo, la obsesión de Hitler.
En esta Argentina donde nada sorprende, se ha sabido en estos días que el expulsado patrón del Banco Central, Pedro Pou, habló en varias oportunidades de la condición de «rabino» de un banquero cuando declaró ante la comisión parlamentaria que recomendó su destitución. Y, dice el dictamen de la comisión, «se refirió muchas veces a la condición de judíos de bancos, de capitales, de clientes y de organizaciones». También le gustaba llamar «bancos étnicos» a aquellos cuyos titulares eran judíos.
No es todo. El jefe del Ejército, general Ricardo Brinzoni, dio poderes al abogado Juan Enrique Torres Bande con el objeto de enfrentar una denuncia del Centro de Estudios Legales y Sociales, el CELS, que lo vincula a la masacre de Margarita Belén. El ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, respaldó a Brinzoni y, en un comunicado, señaló que este gobierno lo designó «por sus convicciones democráticas y su idoneidad profesional».
De la idoneidad es difícil saber, pero de todas maneras no tiene importancia. Pero las convicciones quedaron veladas por la duda cuando el CELS denunció que Torres Bande es nazi. Las pruebas: es apoderado del grupo neonazi cuyo conductor es Alejandro Biondini, y estuvo en el estrado haciendo el saludo del brazo extendido durante el acto de presentación oficial del grupo.
Publicada la denuncia no quedó más remedio que retirarle el poder a Torres Bande. Pero, como se suele decir, dime con quién andas y te diré quién eres.