América en familia

Una pareja y sus cuatro hijos chicos salieron en combi desde Buenos Aires en marzo para ver al papa en Filadelfia en septiembre. Una aventura de 18.000 km que ahora los encuentra en Colombia.

Por Redacción

Aventura sobre ruedas

Juan Ignacio Pereyra | pereyrajuanignacio@gmail.com

“¿Y si lo hacemos ahora, con los chicos? ¿Y si lo transformamos en un viaje de familia? ¿Por qué esperar a que los chicos sean grandes?”, se preguntaron Catire (39 años) y Noel (41) en la última primavera. “Hagámoslo”, coincidieron mientras tomaban mate en una plaza en Acassuso, en la zona norte del Gran Buenos Aires. La aventura consistía en recorrer más de 18.000 kilómetros con sus cuatro hijos (de tres, cinco, ocho y doce años) en una combi VW, modelo 1980, desde la capital argentina hasta Filadelfia. Arrancaron en marzo y están en pleno camino, sin la plata para llegar pero con la confianza de que lo van a lograr. Y lo van relatando todo en su blog americaenfamilia.com. Cuando hablaban de un viaje largo, como una idea abstracta, la idea era hacerlo cuando sus hijos “fueran grandes”. Pero “faltaba bastante para eso”, le dice Noel a “Río Negro” por teléfono, desde Ibarra, al norte de Ecuador, última parada antes de seguir a Colombia. “Nuestra hija más chiquita tiene tres años. Lo veíamos muy lejano. Lo veníamos charlando hace mucho. Empezamos a darle vueltas, viendo qué pasaba si lo poníamos como un proyecto más real. Nos parecía un disparate pero, al final, nos largamos”, cuenta Noel. –¿En qué momento pasó a ser algo real el viaje? –Parecía una utopía… El momento crítico fue cuando compramos la combi, se me paró el corazón. La noche anterior a ir a buscarla estuvimos a punto de cancelar todo. Pero cuando decíamos de cancelar, era como que se nos venía el mundo abajo. Los miedos que teníamos para encarar el viaje eran más chicos que las ganas de hacerlo. –¿Por qué ir hasta Filadelfia? –Habíamos vivido ocho años en España y la primera idea fue hacer el viaje por Europa. Hicimos tres números y lo cancelamos. Pensamos en hacerlo por Argentina pero algo faltaba. Cuando encontramos lo del “Encuentro de la Familia” con el papa Francisco para septiembre en Filadelfia nos encantó, fue como que le dio el sentido mucho más profundo que nos faltaba. Ahí empezamos a meterle más energía. A los chicos les contamos cuando ya habían terminado el colegio. Ahí se termina de concretar. Para mí, hasta que no decís las cosas es como no son del todo reales todavía. –¿Estaban trabajando? –Sí. Yo en comunicación y marketing de la Universidad de San Andrés y Katire en gastronomía industrial, en comedores de empresas, hospitales. Los dos renunciamos. Fue el gran tema. –¿Cómo reaccionaron sus jefes? –Fue más o menos la misma que la de la gente en general: primero, abrieron grandes los ojos, entre sorprendidos e incrédulos, como que les parecía una locura. Después, el comentario: “¡Qué bueno! ¡Qué ganas de hacerlo! Qué bien que se animan”. Hay gente que te dice “yo ni loca lo hago, pero me parece espectacular que lo hagan”. Hubo muy buena recepción.

Sin barreras –Les habrán preguntado mucho si no les parece peligroso ir con cuatro hijos, ¿no? –Sí, nosotros la verdad que no somos muy miedosos en general. Nos fuimos a España cuando la más chica tenía un mes y medio. Agarramos dos valijas y nos fuimos. Como que tenemos una dosis de inconsciencia. Si lo pensás mucho se te ocurren mil barreras y, es verdad, no lo hacés. No pensar tanto creo que nos ayuda. Hasta ahora no hemos tenido miedo en ninguna parte. Nos quedamos en casas de barrios muy humildes, acampamos y demás. Todo el mundo te dice cuidado con Colombia, la guerrilla y no sé qué. Estamos a la expectativa a ver qué pasa. También con Centroamérica, que tienen esa prensa de ser más peligrosos, digamos. Pero no somos ningunos mandados, vamos viendo por dónde pasamos, averiguamos. Cosas de sentido común. –¿Cómo sigue el viaje? –De Ibarra vamos a Colombia y después seguimos a Panamá. Ahí está el punto más complicado porque no hay cruce por tierra. Había un ferry que teníamos pensado tomar bastante económico, pero dejó de operar hace un par de semanas. ¡Un bajón! Estamos viendo alternativas, porque parece que vamos a tener que exportar la combi en un contenedor. Queremos ver si podemos cruzar en el mismo barco de carga, pero es difícil. En avión se nos va el presupuesto. –Desde que salieron de Buenos Aires les deben haber surgido varios imprevistos, ¿no? –¡Un montón! Se nos rompió la combi, nos perdimos, pero todo se va solucionando. Ahora estamos como en un hostal de campo en Ibarra, de una gente que no conocíamos, que apareció durante el viaje, y cuando le contábamos lo de Panamá nos decían: “Seguro que algo va a aparecer, está claro que ustedes tienen que llegar”.

Otra perspectiva –¿El viaje les va cambiando la forma de tomarse las cosas? –Muchísimo. La combi va máximo a 80 kilómetros por hora, ahí ya bajás las revoluciones. Uno viene con un acelere y de a poco es como que te vas metiendo en la sintonía, entrando en otro ambiente. En Quito nos cruzamos con unos argentinos que nos decían: “No lo puedo creer, cómo hacen y qué pasa si los chicos se enferman”. Lo entiendo, porque cuando uno está en la realidad diaria con las preocupaciones, los horarios, las rutinas y todo lo que tiene que cumplir, todo te preocupa más. –Viajar modifica la perspectiva. –Claro. A mí ahora no me preocupa que los chicos estén despiertos si es tarde. Los dos mayores van estudiando en el camino (a distancia). Vas cambiando un chip, pensando otras cosas, en qué querés de verdad, de fondo. Nos estamos haciendo muchas preguntas, está buenísimo. La vida diaria a veces te come, te absorbe. Muchos me preguntan si nos bancamos estar todo el día con los chicos. Para mí no es como estar de vacaciones. La vida nuestra ahora es así, no me siento para nada agobiada de estar con los cuatro todo el día en la combi viajando. Nos encanta. Igual, pego varios gritos, no es que somos paz y amor, somos re normales. Hay momentos en que los chicos quieren llegar, tienen hambre o no se quieren ir de un lugar, porque les pasa que se hacen amigos en un minuto y se quieren quedar más. –¿Hubo peleas? –Lo normal, pero nada de que yo me tomo un bondi y me vuelvo. Pavadas. La verdad que re bien. Creo que nos une un montón a todos. También que se puede viajar con chicos. Hay gente que tiene mucho miedo. “Nooo, con los chicos, ¿viste?”, te dicen. Para nosotros la familia es lo más importante y nunca puede ser un límite. Si te pone un techo, es un bajón. Podés hacer un viaje con tu familia y disfrutar, sin que sea un incordio. A nosotros nos pasaba eso de llegar a fin de mes, que los colegios, que esto, que lo otro, el trabajo, y al final no disfrutás de la familia. Y dijimos, si la familia es la prioridad para nosotros, vamos a dedicarle un año completo. ¿Viste que a veces se te trastocan las prioridades, sin querer, sin darte cuenta?

Estudiar en la ruta –Sobre la educación de los chicos a distancia, es fuerte el contraste con ir todos los días y todo el día a un colegio, ¿no? –Pensás un montón, en qué tipo de educación querés. Los chicos míos iban a doble turno. Te lo planteás. No es que tengamos decidido nada y tal vez volvemos a lo mismo que teníamos, pero sí que está bueno que tengan tiempo para otras cosas, que la cosa sea más flexible. Están aprendiendo un montón, viajar te da eso. Hay cosas que no se van a olvidar más, no sé, de geografía o de historia, todo muy práctico. Aprender a hacerse amigos más fácil. Estar en la casa de alguien que tiene más o alguien que tiene menos, no hacen diferencias. –Los chicos pueden enseñar mucho. –Sí, a mí me impresiona lo que aprendemos. Nosotros también pensamos el viaje como algo pedagógico, que si ellos quieren hacer algo, por más delirante que parezca, sepan que se puede hacer. Uno vive con mucho miedo. Justo antes de salir tuvimos una entradera terrible en lo de mi mamá, donde nos habíamos mudado porque ya habíamos entregado la casa. Nos robaron pero no nos iban a quitar el viaje, así que nos fuimos igual, aunque con menos presupuesto. –¿Cómo financian el viaje? –Estamos haciendo un viaje muy austero. Vamos mucho a casas de familia, conventos, mucho picnic, nada de shopping. Usamos ahorros, vendimos el auto. Y mucha gente nos está ayudando. Nos regalaron las cubiertas para la combi, Assist Card nos dio el seguro de viaje. Hay personas que van apareciendo y nos dan, no sé, 200 kilómetros de nafta. Hicimos una campaña en la plataforma Crowdfunding y nos donan. Es medio un piletazo, un salto al vacío, ahí vamos. Al principio estábamos más nerviosos con lo económico. No tenemos el presupuesto para llegar pero estamos seguros de que lo vamos a lograr. –¿Qué cosas son distintas a lo que imaginaban? –Habíamos viajado viviendo afuera pero esto es diferente a todo. Nos sorprende la cantidad de gente buena, generosa, generosísima, entusiasta. El viaje también te da una excusa para hablar de otras cosas, tenemos muy buenas conversaciones. En todos los lugares nos queremos quedar más tiempo. Al principio creíamos que ocho meses era mucho y ahora parece poco. Si hubiese sabido que el viaje era así, hubiese dudado mucho menos en hacerlo. –¿El viaje los hace vivir más en el presente? –Sí, mucho más. Ese era uno de los objetivos. No estamos acostumbrados. Los chicos sí pero nosotros no. ¿Y a la vuelta qué vamos a hacer? ¿Dónde vamos a vivir? ¿Alguien nos va a contratar? Conseguir laburo, somos seis, no somos solteros… Eso nos pesó más al principio, ahora estamos mucho más tranquilos. No somos para nada unos relajados o hippies, para nada. Obviamente queremos trabajar. El proyecto es este año, volver transformados pero no hacer un cambio radical. Por ahí sí vivir de otra manera, tomando las cosas de otra forma. Todo está abierto pero no tenemos ansiedad de tener todo resuelto esto hoy. Estamos más concentrados en el viaje, en ir aprendiendo y creciendo.