Amigos
Una mirada a los amigos de la infancia
La Peña
Cuántas amistades pasaron, cuántas perduran, cuántas vendrán. No recuerdo las que pasaron, veo las que aún existen y no puedo adivinar las que vendrán. Pero de algo sí estoy seguro: las que pasaron y las que perduran son pocas, pero fantásticas.
Cada uno dejó su huella, cada uno cuando viene a mi mente me recuerda cosas de la niñez, que es cuando más tiempo hay disponible para las amistades. Alcanzaba cualquier cosa para divertirnos, hasta con una naranja agria podíamos resolver un aburrimiento instalado.
Con Guillermo viví tal vez los costados más lindos de una amistad que tenía pocos límites, porque para él todo era posible. No había objetivo que no se pudiera cumplir. Se ganó muchos retos en su casa por quedarse hasta tarde charlando conmigo en el cordón de la vereda.
Si hacía dedo para ir a algún lado era seguro que alguien nos llevara, lo conocían todos en el pueblo, y si la cosa demoraba era capaz de ponerse en el medio de la ruta para que lo levanten. Era arriesgado, pero sabía que un amague suyo alcanzaba para que alguien se apiadara. Cuando había que juntar tapitas de gaseosas para completar el álbum era el único capaz de recorrer todos los bares y suplicar que se las dieran. Y cuando lograba juntar un número importante, siempre dividía en la mitad.
Cuando el abuelo nos daba verduras para vender, él era capaz de salir con el cajón de berenjenas en la bici y volver con la plata. Claro, la solidaridad y la equidad era sólo para con su amigo, porque así como era rápido para resolver asuntos diversos, era capaz de cobrar por un mandado o por una venta. Siempre obtenía ganancias que después gastábamos en golosinas.
Cuando no sabíamos de dónde sacar dinero para los helados, se le ocurrió organizar una pelea en un improvisado ring en el patio de casa. Patio grande de sombras pronunciadas. Ahí armamos cuatro maderas colocadas sin mucha profundidad y las cuerdas del ring eran apenas hilos de tejer. Guillermo se enfrentaba a quien lo desafiara, todos del mismo grupo, pero nadie subía al ring sin antes pagar por lo que a la postre sería la bolsa. Cada dos por tres se cortaban los hilos y la pelea se suspendía. Había tiempo para acomodar los guantes y ver cuántas peleas más aguantaba. No era de los buenos para pegar, pero sí para escapar. Una vez que la bolsa estaba en el importe que esperábamos, terminaba el show.
Tal vez igual o más arriesgado aún era mi primo Eduardo, cuyo nombre artístico era Walo, un poco más grande que yo. Nos criamos juntos, el patio de su casa estaba unido al de la mía. Con él subíamos al nogal y armábamos la orquesta de la que alguna vez les hablé, era el único capaz de enfrentar al cura cuando nos quitaba la pelota y era el que jamás le temía a nada.
Muchas veces por apurarse en los insultos le dieron alguna piña, pero jamás se achicó. El miedo no estaba en su diccionario.
No existía quien le ganara en las bolitas, el barrilete y menos aún jugando al fútbol. Pero no trascendía en las bicis, donde era decididamente malo.
Luis era el amigo con el que podíamos estar horas tirando piedritas al canal sin decir una palabra, pero nos unía la amistad, tanto como para compartir hasta el aburrimiento. Con él casi nos confesábamos, era como contarle cosas a un hermano. No había secretos entre nosotros.
Julio Varela era el más ordinario de mis amigos, el más boca sucia, pero de una lealtad que daba para el asombro.
Con él nos encontramos muchos años después y nos fundimos en un abrazo que resumía tiempos compartidos. Me miró a los ojos y me dijo “dónde carajo andabas que te busqué y te busqué por años”. Cuando le dije que en la Patagonia me dijo “ah, es casi como irse al espacio”.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar
La Peña
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora