Amigos extraños

Redacción

Por Redacción

Los que imaginaban que el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva no tardaría en ponerse a la cabeza de una especie de cruzada antinorteamericana de características poco democráticas, ya tienen motivos para sentirse decepcionados. Al explicarle a su homólogo venezolano Hugo Chávez que no convendría ampliar el «Grupo de Amigos» de Venezuela para que incluyera no sólo al Brasil, Chile, España, Estados Unidos, México y Portugal sino también a dictaduras como Cuba, China y Argelia, además de Francia y Rusia, Lula subrayó su falta de interés en emprender aventuras diplomáticas fuera del ámbito democrático. Puesto que el objetivo del «Grupo de Amigos» que fue convocado por el Brasil consiste precisamente en ayudar a los venezolanos a encontrar una salida democrática del embrollo en el que se han metido a causa de la polarización de su país entre Chávez y sus adversarios, no podrían aportar nada útil los representantes de regímenes convencidos de que la democracia constituye una amenaza que es necesario aplastar por todos los medios concebibles. Por su parte, Chávez cometió un grave error cuando procuró «equilibrar» el club liderado por el Brasil incorporándole países gobernados por camarillas notorias por su desprecio por la opinión pública y por los derechos humanos. Lejos de impresionar a sus compatriotas por su amplitud de miras, tal iniciativa sólo habrá servido para convencerlos de que es un autoritario nato que quisiera reducir al mínimo las libertades públicas, de este modo socavando todavía más su legitimidad ya cuestionada. Es que si bien no cabe duda de que conforme a las reglas constitucionales vigentes Chávez tiene pleno derecho a negarse a permitir elecciones anticipadas que, a juicio de sus críticos, servirían para poner fin a su gestión, la sospecha de que está aprovechando la democracia con el propósito de ponerse en condiciones de destruirla no puede sino fortalecer a los integrantes más inflexibles de una coalición opositora que ya se ha mostrado intransigente.

Según Chávez, los sindicalistas, empresarios y políticos que quieren que se vaya son golpistas y terroristas. Exagera, pero no por mucho: la larga huelga petrolera que tantos perjuicios ha provocado fue declarada por motivos netamente políticos, mientras que las inmensas manifestaciones callejeras de un signo u otro que se celebran día a día en Caracas y que han dado pie a algunos incidentes violentos reflejan el escaso interés en dialogar de los dos bandos en pugna. Aunque Venezuela todavía no se ha precipitado en una guerra civil abierta, el que el país se haya dividido en dos mitades difícilmente reconciliables que parecen ser cada vez menos capaces de comunicarse mutuamente sugiere que en cualquier momento podría producirse un episodio que desatara una tragedia. En vista de que un conflicto en gran escala en Venezuela tendría repercusiones desastrosas en el resto de América Latina, es natural que otros países encabezados por el Brasil hayan optado por intentar posibilitar un arreglo que permita una solución pacífica, la que, claro está, resultará inalcanzable si Chávez o los líderes opositores se niegan a atenerse a los principios democráticos básicos. La democracia puede convivir con una pequeña minoría autoritaria, pero si el gobierno o la mayor parte de la oposición antepone sus propias ambiciones al respeto por la Constitución, el sistema no podrá seguir funcionando.

A Chávez no le ha gustado la presencia entre «los amigos» de Estados Unidos y España, porque los gobiernos de ambos países no ocultaron su voluntad de reconocer sin muchos trámites al régimen surgido del golpe de Estado de abril pasado. Aunque la actitud asumida en aquella oportunidad por los representantes del presidente norteamericano George W. Bush y el español José María Aznar fue no meramente lamentable sino también ingenua, Chávez debería entender que el temor a que se haya propuesto emprender un camino antidemocrático que no beneficiaría en absoluto ni a los venezolanos ni a los demás latinoamericanos dista de limitarse a los jefes de la oposición interna y que se basa en mucho más que prejuicios. Por su retórica inflamada y por la extrema agresividad de sus posturas, Chávez ha brindado muchas armas a sus adversarios, lo que para sorpresa de nadie no han vacilado en emplearlas en su contra.


Los que imaginaban que el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva no tardaría en ponerse a la cabeza de una especie de cruzada antinorteamericana de características poco democráticas, ya tienen motivos para sentirse decepcionados. Al explicarle a su homólogo venezolano Hugo Chávez que no convendría ampliar el "Grupo de Amigos" de Venezuela para que incluyera no sólo al Brasil, Chile, España, Estados Unidos, México y Portugal sino también a dictaduras como Cuba, China y Argelia, además de Francia y Rusia, Lula subrayó su falta de interés en emprender aventuras diplomáticas fuera del ámbito democrático. Puesto que el objetivo del "Grupo de Amigos" que fue convocado por el Brasil consiste precisamente en ayudar a los venezolanos a encontrar una salida democrática del embrollo en el que se han metido a causa de la polarización de su país entre Chávez y sus adversarios, no podrían aportar nada útil los representantes de regímenes convencidos de que la democracia constituye una amenaza que es necesario aplastar por todos los medios concebibles. Por su parte, Chávez cometió un grave error cuando procuró "equilibrar" el club liderado por el Brasil incorporándole países gobernados por camarillas notorias por su desprecio por la opinión pública y por los derechos humanos. Lejos de impresionar a sus compatriotas por su amplitud de miras, tal iniciativa sólo habrá servido para convencerlos de que es un autoritario nato que quisiera reducir al mínimo las libertades públicas, de este modo socavando todavía más su legitimidad ya cuestionada. Es que si bien no cabe duda de que conforme a las reglas constitucionales vigentes Chávez tiene pleno derecho a negarse a permitir elecciones anticipadas que, a juicio de sus críticos, servirían para poner fin a su gestión, la sospecha de que está aprovechando la democracia con el propósito de ponerse en condiciones de destruirla no puede sino fortalecer a los integrantes más inflexibles de una coalición opositora que ya se ha mostrado intransigente.

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