Aplastados por la caída
El derrumbe realmente espectacular del precio del petróleo sigue provocando sorpresa. En junio pasado, se ubicaba por encima de los 107 dólares el barril, pero desde entonces ha rodado cuesta abajo a una velocidad desconcertante; hace poco cayó por debajo de “la barrera” de 60 dólares y los hay que prevén que pronto perfore otra, de 50 y, algunos aventuran, podría estabilizarse por un rato en torno a los 45. Lo que no ha motivado sorpresa alguna, en cambio, es que los países más perjudicados por el colapso hayan sido Rusia y Venezuela. Para ellos, el éxito del fracking en Estados Unidos, país que, para asombro de muchos, parece estar por reanudar su dominio sobre el mercado energético, reemplazando en tal papel a la OPEP luego de un intervalo de 40 años, ha sido un desastre sin atenuantes: casi de la noche a la mañana se han visto privados de una proporción sustancial de los fondos que necesitarían para sostener el nivel de vida ya precario del grueso de sus habitantes. Y, para hacer aún más difíciles las circunstancias en que se encuentran, tanto Rusia como Venezuela son países parias: Rusia, porque Estados Unidos y la Unión Europea le están aplicando sanciones financieras y comerciales destinadas a disuadirla de continuar procurando apoderarse de zonas de Ucrania; Venezuela, porque los chavistas, aliados ellos del régimen castrista de Cuba, nunca han disimulado su hostilidad hacia “el imperio” norteamericano. Así las cosas, los rusos y venezolanos no podrán conseguir los créditos blandos que les permitirían atenuar el impacto de las convulsiones que están agitando los mercados internacionales. Aunque los rusos cuentan con un colchón en la forma de más de 400.000 millones de dólares en reservas, dependen tanto de los ingresos posibilitados por la venta de petróleo que, en lo que va del año, el rublo ha perdido más del 40% de su valor. Aún peor es la situación en que se encuentra la República Bolivariana de Venezuela: según la calificadora de riesgo Moody’s, a menos que el precio del crudo aumente mucho en las semanas próximas, eventualidad que no parece del todo probable, caerá en bancarrota. Desgraciadamente para chavistas como el presidente Nicolás Maduro, el “socialismo del siglo XXI” no puede funcionar sin el dinero fácil proporcionado por la naturaleza, una realidad que hubiera escandalizado a los socialistas de otros tiempos que daban por descontado que lo que más importa es el trabajo humano. De todas formas, puesto que Venezuela no está en condiciones de exportar nada salvo petróleo pesado y, para colmo, no produce otros bienes en cantidades suficientes como para satisfacer sus necesidades internas, sus dirigentes no pueden darse el lujo de fantasear, como hacen algunos simpatizantes del chavismo en nuestro país, en torno a lo bueno que sería tratar de vivir con lo suyo. Con la presunta excepción de los más resueltamente “heterodoxos”, todos los economistas entienden que el populismo cortoplacista tiene patas cortas. Saben que aquellos gobiernos que apuestan a que dure para siempre una coyuntura que les es favorable, y que por lo tanto no tienen motivos para preocuparse por el futuro, suelen terminar enfrentando crisis inmanejables que atribuirán a las maniobras malignas de sus adversarios extranjeros o a la perversidad que en su opinión es propia del sistema capitalista, el que, para su frustración, es el único que funciona en el mundo actual. Es lo que están haciendo los “aliados estratégicos” del gobierno kirchnerista, Vladimir Putin en Rusia y Maduro en Venezuela. En el caso de Rusia, no se trata sólo de una especie de juego verbal, ya que existe el peligro de que Putin procure anestesiar a sus compatriotas para que toleren los malos tiempos que les esperan adoptando una política exterior aún más agresiva que la que ya ha resultado en la anexión de la península de Crimea y una guerra en la parte oriental de Ucrania: en los días últimos, los vecinos europeos de Rusia han exteriorizado el nerviosismo que les ha causado la intrusión en su espacio aéreo de aviones militares rusos. Por fortuna, Maduro no podrá hacer mucho más que intentar minimizar los “costos políticos” de la debacle económica reduciendo su propio sueldo y los de sus colaboradores más importantes, además, claro está, de acusar al mundo de conspirar en su contra.
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