Aquel tercer atentado

Por Redacción

JAMES NEILSON

Cuando terroristas islamistas presuntamente vinculados con Irán o, según algunos, con Siria hicieron volar la embajada de Israel y, poco más de dos años más tarde, la sede de la AMIA, no faltaron quienes atribuyeron los ataques a la decisión del entonces presidente Carlos Menem de sumarse a la alianza que echó de Kuwait a las tropas del dictador iraquí Saddam Hussein. Si bien la hipótesis carecía de sentido –Saddam era un enemigo mortal de Irán y Siria participó de la operación “Tormenta del Desierto” liderada por Estados Unidos–, reflejaba la conciencia de que suele ser muy pero muy peligroso involucrarse en los conflictos brutales del siempre caótico Oriente Medio. Que éste sea el caso se vio confirmado por otra hipótesis, un tanto más realista que la anterior, de que los atentados fueron motivados por el deseo de los iraníes y, sería de suponer, sus aliados sirios de castigar a Menem por haberlos traicionado al negarse a honrar un pacto según el cual, a cambio de un aporte sustancial a su exitosa campaña electoral, los ayudaría en la lucha santa que estaban librando contra Estados Unidos e Israel. Para más señas, antes de metamorfosearse en paladín del “neoliberalismo” autóctono y de las relaciones carnales con el Gran Satanás, Menem, un hombre de origen musulmán que se convirtió al catolicismo por motivos políticos, cometiendo así lo que a juicio de todos los exégetas islamistas es un crimen capital, fue tratado por muchos medios extranjeros como “el ayatolá de las pampas” o como una versión sudamericana del extravagante tirano libio Muammar Gaddafi. No extrañó, pues, que a ojos de sus excorreligionarios el riojano y, por lo tanto, el país que gobernaba resultaran ser blancos legítimos de su ira vengativa. Quienes quisieran convencerse de que la teocracia iraní es víctima de un malentendido, de una patraña siniestra urdida por el “lobby judío” de Estados Unidos e Israel, dicen que hay que concentrarse en investigar la “pista siria”, pero sucede que desde que en 1982 Hafez al Assad, el padre de Bashar al Assad, el dictador sirio actual, ordenó la matanza de aproximadamente 40.000 sunnitas militantes de la Hermandad Musulmana y sus vecinos, en la ciudad rebelde de Homs, Siria ha sido un aliado estrecho de Irán, para no decir un protectorado, de suerte que dicha pista conduciría a Teherán. Asimismo, los iraníes son responsables de la organización y financiamiento de Hizbollah, el “partido de Dios” chiita que cogobierna en el Líbano, está en guerra permanente con Israel, se ha afirmado resuelto a matar a todos los judíos (dice que le sería más sencillo si todos se trasladaran a Israel) y, según los investigadores, llevó a cabo los dos atentados que se perpetraron en el corazón de Buenos Aires. Por ahora cuando menos, los países más poderosos, los que poseen servicios de inteligencia y seguridad que son relativamente eficaces, además de ejércitos letales, no tienen más alternativa que la de arriesgarse en el Oriente Medio, ya que está en juego una multitud de intereses económicos, políticos y, por la presencia de grandes colectividades musulmanas en el Occidente desarrollado, sociales, pero por desgracia la Argentina es mucho más vulnerable de lo que son Estados Unidos y los integrantes principales de la Unión Europea. Ninguna persona sensata confiaría en servicios que están más acostumbrados a recoger información acerca de las preferencias ideológicas de alumnos secundarios o de los pecados de ciertos políticos, por lo común opositores, que a defender a la ciudadanía contra enemigos externos despiadados y sus cómplices locales. Tampoco están en condiciones de hacer mucho las Fuerzas Armadas que los kirchneristas han desmantelado, la Policía, la Gendarmería o la Prefectura Naval. Así las cosas, la mejor opción frente al país consistiría en intentar quedarse al margen del Oriente Medio, limitándose a mantener los contactos imprescindibles y hablar a veces en los foros internacionales de los méritos de la paz y la tolerancia mutua. Procurar sacar provecho de los conflictos que lo están desgarrando, como intentó Menem hace ya casi un cuarto de siglo cuando avanzaba hacia la presidencia de la República, sería un error que podría tener consecuencias atroces. Habrá pensado en esta realidad el presidente de la AMIA, Guillermo Borger, cuando aludía a la posibilidad de un “tercer atentado” en la Argentina. No necesitaba tener a mano un informe en tal sentido procedente del Mossad, la CIA, el M16 o la DGSE francesa, ya que le bastaba saber que, por razones no aclaradas, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha elegido reconciliarse con los teócratas iraníes. Como es natural, hay mucha especulación en torno a sus motivos para modificar de manera tan drástica la política exterior del país. ¿Es que Cristina se siente tan sola en un mundo que no la respeta como es debido que está dispuesta a buscar amigos entre los parias, comenzando con sujetos que dicen creer que el Holocausto nunca tuvo lugar –lo que en algunos países de Europa continental es considerado un delito que se castiga con años entre rejas– y que fantasean en público con la aniquilación de un Estado, el judío, que es miembro de las Naciones Unidas? ¿Quiere reemplazar a Hugo Chávez como líder de la izquierda antioccidental latinoamericana? ¿Tendrá algo que ver con el petróleo? ¿Se imagina desempeñando un papel estelar como la intermediaria entre Irán, Siria, Estados Unidos, Israel, Arabia Saudita y otros países para, merced a sus dotes diplomáticas, conseguir salvar el género humano de una guerra nuclear? Todas las alternativas así supuestas han sido planteadas, pero ninguna, con la eventual excepción de la primera, parece muy persuasiva. Lo entienda o no Cristina, su influencia geopolítica seguirá siendo decididamente escasa. Por lo demás, las perspectivas económicas ante la Argentina lucen tan malas que hasta nuevo aviso la política interna exigirá su plena atención. Es tradicional que, en la fase final de su gestión, un mandatario saliente se dedique a solucionar los problemas del resto del planeta, pero, bien que mal, Cristina no estará en condiciones de disfrutar de tal privilegio. Con todo, puesto que cuenta con el apoyo incondicional de un conjunto de legisladores acríticos que votarían a favor de cualquier proyecto suyo, por estrafalario que fuera, puede manejar la política exterior tal y como se le antoje, internándose atropelladamente en la zona más conflictiva, más violenta y más traicionera, del mundo.

SEGÚN LO VEO