Arbitros odiosos
Aun cuando los juicios de las calificadoras de riesgo fueran tan arbitrarios como muchos políticos impacientes dicen creer, desafiarlas sería infantil.
Una vez más, está de moda entre los comprometidos con el gobierno nacional desahogarse criticando a las calificadoras de riesgo. Es lo que hizo el respetado diputado aliancista Raúl Baglini durante la reunión anual de la Asociación de Bancos de la Argentina, al acusarlas de actuar de forma caprichosa porque «no hay nada que les venga bien». Lo mismo que tantos otros, Baglini cree que las calificadoras, empresas como Moody»s y Standard & Poor»s, deberían haber premiado al presidente Fernando de la Rúa por el impuestazo y el nuevo ajuste promoviendo a la Argentina al «grado de inversión», lo cual le permitiría tener acceso a créditos mucho más baratos que los actuales.
Para los más caritativos, la falta de confianza en el futuro económico de la Argentina por parte de las calificadoras tiene más que ver con la geografía que con su propia trayectoria. A su juicio, la situación sería decididamente mejor si tuviera como vecinos a Alemania o los Estados Unidos, lo cual podría ser correcto porque en tal caso la Argentina sería otro país, pero atribuir la negativa de los especialistas a arriesgarse avalando a su clase política en su conjunto a nada más que el aislamiento físico, no es muy serio. Después de todo, Nueva Zelanda y Australia están aún más lejos de los centros del poder económico que la Argentina, pero dicho inconveniente no ha incidido en los pronósticos de las calificadoras. Es que por tratarse de empresas cuya reputación depende por completo de su capacidad para no dejarse influir por prejuicios o por presiones políticas, les es necesario tomar en cuenta todos los factores pertinentes y, puesto que no les es dado prever la evolución futura de los distintos países, tienen forzosamente que concentrarse en el pasado. Desde el punto de vista de quienes a su manera representan al capitalismo moderno tal como es, la trayectoria de la Argentina ha sido pésima.
¿Será mejor en adelante? Si sólo fuera cuestión de las intenciones del gobierno del presidente De la Rúa y de lo hecho por su antecesor, Carlos Menem, las calificadoras ya hubieran consagrado a la Argentina como un lugar muy seguro, pero, mal que bien, el panorama dista de ser tan promisorio como muchos suponen. Los «números» no son muy buenos: el monto de la deuda externa es elevado y las exportaciones no están aumentando al ritmo previsto. Asimismo, si bien es probable que el país logre mantener el «rumbo» que emprendió diez años atrás, abundan los políticos que dicen estar resueltos a modificarlo. Puede que las palabras pronunciadas por Raúl Alfonsín, diversos legisladores peronistas, los sindicalistas y otros de ideas semejantes sean meramente testimoniales, pero ninguna calificadora de riesgos responsable podría darse el lujo de pasarlas por alto. Por creerse estos dirigentes enemigos del «capitalismo neoliberal» y de la «globalización», el que gracias a ellos el país haya tenido que pagar intereses muy altos no los preocuparía, pero convendría que aquellos políticos que no comparten sus puntos de vista les recordaran que su retórica supuestamente nacionalista está perjudicando a sus propios compatriotas.
Otro factor negativo consiste en los juegos retóricos de políticos como Baglini, que a pesar de estar en favor del «rumbo» parecen dar por descontado que las calificadoras e incluso «los mercados» son tan insaciables que sería inútil que la Argentina tratara de complacerlos. Dicha actitud es peligrosa porque son muchos los políticos que, frente a una emergencia, estarían más que dispuestos a abandonar los esfuerzos por reducir el déficit fiscal afirmando que si la Argentina será «castigada» de todos modos, debería dejar de preocuparse por las opiniones ajenas. Sin embargo, aun cuando los juicios de las calificadoras fueran tan arbitrarios como muchos políticos impacientes dicen creer, desafiarlas de dicha manera sería infantil. Al fin y al cabo, los más beneficiados por el buen manejo de la economía nacional serán los argentinos mismos, los cuales, desde luego, también serían los más perjudicados si a sus gobernantes se les ocurriera llamar la atención a su propia independencia cometiendo errores.