Argerich y Barenboim, embajadores de lujo

Por primera vez en dos décadas los dos argentinos volvieron a presentarse juntos en un escenario en Berlín. Al final tocaron a cuatro manos. Fueron ovacionados de pie.

Por Redacción

Se encontraron por primera vez debajo de un piano en Buenos Aires y más de medio siglo después Martha Argerich (72) y Daniel Barenboim (70) transitan juntos el camino de la fama. Por primera vez en casi dos décadas los dos argentinos volvieron a presentarse juntos en un escenario, ella al piano y Barenboim al frente de la Orquesta de la Opera Estatal (Staatsoper) de Berlín.

–¿Cómo se conocieron?

Argerich: –Yo creo que en la casa del Señor Rosenthal.

Barenboim: –Era la casa de un judío austríaco emigrado, un violinista amateur. Se hacía música de cámara los viernes. Él tocaba el violín y su mujer hacía un Strudel de manzana extraordinario.

Argerich: –Fantástico. Y un Strudel de amapola también.

–¿Ya ahí tocaban juntos?

Barenboim: –No, ahí jugábamos. Teníamos seis, siete años. Nos conocimos debajo del piano. Llegó el día en el que vos tocaste un estudio de Chopin a una velocidad impresionante, lo que ya entonces podías y lo que seguís haciendo hoy.

Argerich: –¿Y vos qué tocaste?

Barenboim: –La segunda sonata de Prokofiev y el Concierto Italiano de Bach.

–Dos niños prodigio. ¿Qué queda de eso a lo largo de la vida?

Barenboim: –El prodigio desaparece y queda el niño.

Argerich: –Yo siempre digo: soy vieja, pero no madura. Se nota en mi comportamiento, en mi manera de tocar la música.

Barenboim: –El problema es que cuando uno es un niño, el instinto ocupa una parte demasiado grande, y con los años uno empieza a pensar. Y el peligro está en perder esa frescura, esa intuición.

Argerich: –No conozco a nadie que tenga tanta frescura, tanta carga emocional y espontaneidad como vos. Cuando Daniel toca Mozart, es una cosa milagrosa, pasa algo diferente.

–A usted la llaman “La leona al piano”. ¿Cómo lo caracterizaría a Daniel Barenboim?

Argerich: –Esos títulos son cosas de la prensa, no míos. Pero creo que Daniel no sería un león, más bien un gatito. ¿Vos cómo te ves?

Barenboim: –Yo de animales no sé nada. Nunca tuvimos animales en casa de mis padres ni desde que estoy casado. No tengo relación con animales.

Argerich: –Yo tengo gatos, muchos. Me encantan. Me encanta cómo se mueven, cómo se manejan.

–En la genealogía musical ustedes dos tienen a una persona en común: Vicente Scaramuzza, profesor de piano de Martha Argerich y de Enrique Barenboim, el padre y maestro de Daniel. ¿Perciben que ese vínculo los une?

Argerich: –A lo mejor sí.

Barenboim: –Nosotros hace muchos años que no tocábamos juntos. Y ayer Martha vino a casa y tocamos piano a cuatro manos. Y de pronto me dio la sensación de que los dos éramos uno. No sólo musicalmente, sino también físicamente. Éramos uno, es la única forma en la que lo puedo expresar.

¿Es cierto que fue Perón quien la mandó a Europa?

Argerich: –Mi madre consiguió una entrevista con él y me llevó. Perón le consiguió un puesto en la embajada en Viena a mi padre y así yo pude estudiar allá.

–Y Perón le dijo: “Hacenos quedar bien, piba”…

Argerich: –Creo que dijo “ñatita”. Fue muy simpático. Lo interesante es que mi papá no era peronista, mi mamá quizás un poco. A ella le interesaba la parte social, las jubilaciones, el voto femenino. Y mi mamá le sugirió a Perón que yo tocara para la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES, peronista. Pero parece que yo puse una cara y él se dio cuenta y le dijo a mi mamá: “Por supuesto que sí, señora”, Pero por debajo de la mesa, de eso me acuerdo, me hizo un gesto con el dedo de que el asunto no iba. Eso me conquistó.

–¿Como fue la decisión de volver a tocar juntos en Berlín?

Barenboim: –Eso sólo ella lo puede contestar.

Argerich: –Así, pasó simplemente. Hubiéramos tenido que tocar un poco más en estos años. La última vez fue en 1996, aquí en la Filarmónica.

Barenboim: –Creo que puedo decir en el nombre de ambos que de ahora en adelante tenemos que tocar juntos más a menudo. En abril próximo vamos a tocar piano a cuatro manos y con dos pianos aquí en Berlín.

Berlín fue el escenario en el que los dos músicos coincidieron para hacer juntos una pieza de Franz Schubert.

Esteban Engel

DPA


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