Tiene 24 años, aprendió albañilería de su papá y está por terminar su propia casa: «No podía alquilar»
A los 19 años, Gisela Forystek empezó desde cero en un terreno vacío con la guía de su padre. Hoy, a cinco años del primer ladrillo, acumula millones de reproducciones en redes y está a un paso de mudarse.

A los 19 años, cuando el futuro suele ser una hoja en blanco llena de incertidumbres y el sueño del techo propio parece una utopía inalcanzable, Gisela Forystek tomó una decisión valiente: edificar su propio destino. Literalmente. Ante la realidad de un mercado que empuja a los jóvenes a alquileres imposibles, ella prefirió cambiar los papeles por el cemento, la pala y el barro.
El punto de partida fue un terreno despojado, que apenas tenía un contrapiso y algunas columnas mudas. Gisela no sabía nada de albañilería, plomería o electricidad. Pero tenía el tesoro más grande: a su papá. Él, arquitecto y maestro mayor de obra, no le regaló la casa; le regaló algo mucho más duradero: su tiempo, su paciencia y su conocimiento. Fue quien la impulsó a perder el miedo, el que le enseñó a tomar la cuchara de albañil y a levantar la primera hilera de una vida nueva.
La rutina del sacrificio y el orgullo de valerse por sí misma
Los primeros años fueron una prueba. Sin presupuesto para contratar obreros, la rutina se volvió un pacto de esfuerzo entre padre e hija: levantarse en la madrugada profunda, ganarle al sol y trabajar codo a codo hasta el mediodía para ver nacer, ambiente por ambiente, el lugar que cobijaría sus días.
Cuando el papá no estaba, Gisela seguía sola, refugiándose en tutoriales, ensayando técnicas y equivocándose para volver a empezar.

El mayor símbolo de su resiliencia quedó grabado en las paredes del baño. Fue el primer espacio que la joven encaró y terminó en absoluta soledad. Cada porcelanato colocado, cada caño de plomería soldado y cada detalle de terminación llevan la marca de sus manos y de una paciencia infinita. Con una inversión de $3.500.000 solo en materiales, Gisela eligió avanzar despacio, cuidando cada milímetro, entendiendo que los hogares más firmes se cocinan a fuego lento.


A la par de las bolsas de cemento, Gisela cargó con sus apuntes de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, donde cursa la Licenciatura en Publicidad. Su vida se transformó en un equilibrio admirable que decidió compartir al mundo a través de su cuenta @construyendocongigi. En uno de sus videos más vistos, titulado “Un día conmigo siendo albañil, creadora de contenido, estudiante y un ser humano”, contó su a vaces agotadora rutina.
El milagro de las redes y la mirada al futuro
Lo que nació como un diario íntimo de obra para registrar sus logros se convirtió en una comunidad de casi 200 mil personas que lloran y celebran cada avance con ella. Esa ventana al mundo trajo el acompañamiento de marcas que, conmovidas por su esfuerzo, decidieron sumarse y aliviar el peso económico del tramo final. “Es un sueño cumplido y, por más que ya está por terminar, disfruto mucho el proceso. Cada paso me pone muy feliz”, confesó con los ojos brillantes a Clarín Propiedades.

A pesar del éxito digital que hoy le permite vivir de las redes, el verdadero eje de la historia de Gisela sigue estando al lado, en el terreno vecino donde vive su padre. Él sigue apareciendo en sus videos, a veces rezongando, siempre apuntalando. Hace poco, con el corazón en la mano, ella le dedicó unas palabras que resumen este viaje: “Mi papá me preparó para todo esto, hoy estoy cumpliendo un sueño que veía lejano. Gracias viejo (aunque me cagues a pedo te quiero)”.
Hoy, a los 24 años, a Gisela solo le falta terminar un ambiente integrado: el living, la cocina y el comedor. Es el último refugio que la separa de mudar sus cosas definitivamente este año. Sin embargo, las manos de Gisela ya no saben estar quietas. Con el alma ensanchada por el logro y la gratitud a flor de piel, ya sabe cuál es su próximo norte: “Voy a seguir, voy a ayudar a mis hermanas a construir sus casas”.
Con información de Clarín Propiedades

A los 19 años, cuando el futuro suele ser una hoja en blanco llena de incertidumbres y el sueño del techo propio parece una utopía inalcanzable, Gisela Forystek tomó una decisión valiente: edificar su propio destino. Literalmente. Ante la realidad de un mercado que empuja a los jóvenes a alquileres imposibles, ella prefirió cambiar los papeles por el cemento, la pala y el barro.
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