El desafío de la diversificación

Redacción

Por Redacción

Por ser Joseph Stiglitz, el norteamericano que en el 2001 compartió el Premio Nobel de su especialidad con dos colegas por su aporte a la teoría de la información asimétrica pero que es más conocido tanto aquí como en el resto del mundo por su postura crítica frente a distintos aspectos del proceso de globalización que está en marcha, el economista de cabecera del kirchnerismo, será de suponer que el gobierno ha tomado muy en serio su advertencia de que la prevista desaceleración de la economía china nos perjudicará porque dependemos demasiado de la venta de materias primas. Fue su forma de aludir al célebre “viento de cola” que, según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tuvo muy poco que ver con el rápido crecimiento macroeconómico de los últimos años pero que a juicio de otros resultó ser fundamental. Asimismo, si bien Stiglitz dice creer que en su opinión el gobierno kirchnerista “ha hecho un trabajo notablemente bueno”, señaló que “no hay suficiente diversificación, posiblemente porque la calidad del sistema educativo en su conjunto no es tan buena”. No se trata de un detalle menor. Acaso sin proponérselo, el gurú predilecto de los kirchneristas pensantes acaba de criticar un “modelo” que, no obstante sus eventuales méritos, ha hecho muy poco para preparar al país para enfrentar los desafíos que le aguardan. De no haber estado en el poder desde hace ocho años, la presidenta Cristina y sus partidarios serían los primeros en deplorar la dependencia excesiva de la exportación de commodities mayormente agrícolas y en insistir en la necesidad urgente de diversificar la economía para que sea menos vulnerable a los cambios, a menudo abruptos, que suelen agitar los mercados mundiales. Por ser militantes de una corriente que siempre se ha sentido tan comprometida con la idea de que modernizarse equivale a industrializarse que a veces ha brindado la impresión de estar convencida de que al país le convendría prescindir por completo del campo, no pueden sino sentirse desconcertados por el protagonismo reciente de la soja, que a su juicio es un “yuyo” despreciable pero así y todo ha aportado una proporción muy grande del dinero que gasta el gobierno de Cristina. Sin embargo, como dio a entender Stiglitz, la diversificación requeriría un gran esfuerzo educativo que, por desgracia, aún no se ha emprendido, porque una economía más diversificada y más productiva que la actual sería inconcebible a menos que el país contara con una multitud de especialistas óptimamente preparados. Por lo tanto, el que según los resultados de las pruebas internacionales en las que el país ha participado se ha deteriorado mucho la calidad de la educación en los últimos años ha de ser motivo de gran preocupación. En un mundo competitivo, ningún país, ni siquiera el más avanzado, puede darse el lujo de dormirse en los laureles. Como han descubierto los gobernantes de Estados Unidos, los miembros de la Unión Europea y Japón, tarde o temprano esquemas que por algunos años resultaron ser sumamente exitosos funcionarán como frenos debido a la resistencia a abandonarlos de los coyunturalmente beneficiados. Mal que bien, todo “modelo” tiene forzosamente que ser flexible; en caso contrario, andando el tiempo se transformará en un obstáculo en el camino del desarrollo. Por lo demás, aunque los altos precios del “yuyo” y otros commodities facilitaron la salida de la gravísima crisis que estalló a comienzos del siglo actual al desmoronarse la convertibilidad, aun cuando se mantuvieran en los niveles actuales serían insuficientes como para permitir que la economía no sólo siguiera creciendo vigorosamente sino que también generara cada vez más puestos de trabajo bien remunerados. En vista de que es de prever que los kirchneristas continuarán en el poder por al menos cuatro años más y, como es natural, esperan seguir gobernando después de diciembre del 2015, sería de su interés pensar no sólo en el corto plazo sino también en el mediano y largo, adoptando una estrategia similar a la aconsejada, si bien indirectamente, por Stiglitz, cuando subrayó la importancia de “la calidad del sistema educativo” y lo riesgoso que sería depender de los ingresos procedentes de la exportación a China y otros países emergentes de materias primas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 4 de septiembre de 2011


Por ser Joseph Stiglitz, el norteamericano que en el 2001 compartió el Premio Nobel de su especialidad con dos colegas por su aporte a la teoría de la información asimétrica pero que es más conocido tanto aquí como en el resto del mundo por su postura crítica frente a distintos aspectos del proceso de globalización que está en marcha, el economista de cabecera del kirchnerismo, será de suponer que el gobierno ha tomado muy en serio su advertencia de que la prevista desaceleración de la economía china nos perjudicará porque dependemos demasiado de la venta de materias primas. Fue su forma de aludir al célebre “viento de cola” que, según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tuvo muy poco que ver con el rápido crecimiento macroeconómico de los últimos años pero que a juicio de otros resultó ser fundamental. Asimismo, si bien Stiglitz dice creer que en su opinión el gobierno kirchnerista “ha hecho un trabajo notablemente bueno”, señaló que “no hay suficiente diversificación, posiblemente porque la calidad del sistema educativo en su conjunto no es tan buena”. No se trata de un detalle menor. Acaso sin proponérselo, el gurú predilecto de los kirchneristas pensantes acaba de criticar un “modelo” que, no obstante sus eventuales méritos, ha hecho muy poco para preparar al país para enfrentar los desafíos que le aguardan. De no haber estado en el poder desde hace ocho años, la presidenta Cristina y sus partidarios serían los primeros en deplorar la dependencia excesiva de la exportación de commodities mayormente agrícolas y en insistir en la necesidad urgente de diversificar la economía para que sea menos vulnerable a los cambios, a menudo abruptos, que suelen agitar los mercados mundiales. Por ser militantes de una corriente que siempre se ha sentido tan comprometida con la idea de que modernizarse equivale a industrializarse que a veces ha brindado la impresión de estar convencida de que al país le convendría prescindir por completo del campo, no pueden sino sentirse desconcertados por el protagonismo reciente de la soja, que a su juicio es un “yuyo” despreciable pero así y todo ha aportado una proporción muy grande del dinero que gasta el gobierno de Cristina. Sin embargo, como dio a entender Stiglitz, la diversificación requeriría un gran esfuerzo educativo que, por desgracia, aún no se ha emprendido, porque una economía más diversificada y más productiva que la actual sería inconcebible a menos que el país contara con una multitud de especialistas óptimamente preparados. Por lo tanto, el que según los resultados de las pruebas internacionales en las que el país ha participado se ha deteriorado mucho la calidad de la educación en los últimos años ha de ser motivo de gran preocupación. En un mundo competitivo, ningún país, ni siquiera el más avanzado, puede darse el lujo de dormirse en los laureles. Como han descubierto los gobernantes de Estados Unidos, los miembros de la Unión Europea y Japón, tarde o temprano esquemas que por algunos años resultaron ser sumamente exitosos funcionarán como frenos debido a la resistencia a abandonarlos de los coyunturalmente beneficiados. Mal que bien, todo “modelo” tiene forzosamente que ser flexible; en caso contrario, andando el tiempo se transformará en un obstáculo en el camino del desarrollo. Por lo demás, aunque los altos precios del “yuyo” y otros commodities facilitaron la salida de la gravísima crisis que estalló a comienzos del siglo actual al desmoronarse la convertibilidad, aun cuando se mantuvieran en los niveles actuales serían insuficientes como para permitir que la economía no sólo siguiera creciendo vigorosamente sino que también generara cada vez más puestos de trabajo bien remunerados. En vista de que es de prever que los kirchneristas continuarán en el poder por al menos cuatro años más y, como es natural, esperan seguir gobernando después de diciembre del 2015, sería de su interés pensar no sólo en el corto plazo sino también en el mediano y largo, adoptando una estrategia similar a la aconsejada, si bien indirectamente, por Stiglitz, cuando subrayó la importancia de “la calidad del sistema educativo” y lo riesgoso que sería depender de los ingresos procedentes de la exportación a China y otros países emergentes de materias primas.

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