Juego muy costoso
Como acaba de aprender el vicegobernador bonaerense Gabriel Mariotto, proclamarse a favor de la pesificación de virtualmente todo, con el presunto fin de merecer así la aprobación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, puede tener consecuencias muy desafortunadas. Fue tan negativa la reacción de los mercados frente a su intento de presionar al gobernador Daniel Scioli para que emulara a su homólogo chaqueño, Jorge Capitanich, pesificando la deuda en dólares de la mayor provincia del país, que enseguida se vio constreñido a desdecirse. Alarmado por las repercusiones negativas de su declaración anterior, Mariotto juró que “bajo ningún concepto abrió la puerta para ninguna pesificación, todo lo contrario”, pero ya se las había arreglado para sembrar incertidumbre entre los tenedores de bonos en dólares de la provincia de Buenos Aires y de otras jurisdicciones que están experimentando dificultades financieras. Como es natural, temen ser víctimas de un default. Pero no sólo se trata de los bonistas. Las palabras irresponsables del hombre de La Cámpora que, como es notorio, está mucho más interesado en hacer tropezar a Scioli que en el bienestar de los bonaerenses, perjudicaron a muchos millones de personas a lo ancho y largo del país que, lo sepan o no, se ven directamente afectados por las vicisitudes financieras de la economía nacional. Por cierto, no exageraban aquellos diputados bonaerenses que lo acusaron de jugar con el futuro de todos los argentinos al asustar a los inversores y de tal modo hacer aumentar aún más las tasas de interés ya altísimas que tienen que pagar las provincias. La voluntad oficial de recuperar “la soberanía monetaria” impulsando la pesificación puede entenderse, ya que en la mayoría de los países la evolución de la tasa de cambio es un tema relativamente menor y resulta normal que tanto los ahorristas como los financistas y comerciantes operen casi exclusivamente en la moneda local. Con todo, si bien es lógico que la presidenta y otros funcionarios quisieran poner fin a la costumbre nacional de “pensar en dólares” y desdeñar la moneda nacional, a esta altura debería serles evidente que, para alcanzar tal objetivo, tendrían que hacer del peso una moneda fuerte y por lo tanto confiable, lo que, desde luego, los obligaría a manejar la economía con más rigor. Puesto que, por temor a los previsibles costos políticos, Cristina y sus colaboradores no tienen ninguna intención de procurar fortalecer el peso, no les cabe otra alternativa que la de defenderlo con medidas policiales, de ahí el cepo cambiario y la postura intimidatoria de la AFIP y de la mismísima presidenta. De más está decir que los esfuerzos oficiales por convencer a la ciudadanía de que le corresponde confiar más en el peso que en el dólar están resultando contraproducentes. Lejos de curar la adicción, la escasez artificial de dólares sirve para aumentarla. Aunque parecería que Mariotto sólo quería distanciarse nuevamente de Scioli, algunos atribuyen su apoyo a “lo que pasó con Chaco”, donde el gobernador Capitanich decidió que le convendría más pagar en pesos los vencimientos de un bono emitido en dólares, al deseo de Cristina de ver cómo reaccionarían los mercados ante la pesificación de todos los bonos provinciales. De ser así, ya sabrá la respuesta: la tomaría por un default parcial. Si bien las consecuencias inmediatas para la Argentina de una medida en tal sentido no serían tan graves como las ocasionadas por el gran default de diciembre del 2001, ya que a partir de entonces el país se ha visto marginado de los mercados de capitales internacionales, postergaría hasta nuevo aviso la eventual reconciliación con el resto del mundo, además de asegurar que siguiera subiendo la tasa de inflación, que ya está entre las más altas del planeta. Por desgracia, la pesificación voluntarista no puede considerarse una solución para los problemas planteados por la resistencia del gobierno a hacer un esfuerzo auténtico por combatir el mal que, una vez más, amenaza con hundir la economía nacional. Antes bien, se trata de una maniobra emprendida con el propósito de hacer creer que la inflación es en el fondo un fenómeno cultural vinculado con la supuesta falta de patriotismo de quienes prefieren una moneda extranjera a la nacional.
Como acaba de aprender el vicegobernador bonaerense Gabriel Mariotto, proclamarse a favor de la pesificación de virtualmente todo, con el presunto fin de merecer así la aprobación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, puede tener consecuencias muy desafortunadas. Fue tan negativa la reacción de los mercados frente a su intento de presionar al gobernador Daniel Scioli para que emulara a su homólogo chaqueño, Jorge Capitanich, pesificando la deuda en dólares de la mayor provincia del país, que enseguida se vio constreñido a desdecirse. Alarmado por las repercusiones negativas de su declaración anterior, Mariotto juró que “bajo ningún concepto abrió la puerta para ninguna pesificación, todo lo contrario”, pero ya se las había arreglado para sembrar incertidumbre entre los tenedores de bonos en dólares de la provincia de Buenos Aires y de otras jurisdicciones que están experimentando dificultades financieras. Como es natural, temen ser víctimas de un default. Pero no sólo se trata de los bonistas. Las palabras irresponsables del hombre de La Cámpora que, como es notorio, está mucho más interesado en hacer tropezar a Scioli que en el bienestar de los bonaerenses, perjudicaron a muchos millones de personas a lo ancho y largo del país que, lo sepan o no, se ven directamente afectados por las vicisitudes financieras de la economía nacional. Por cierto, no exageraban aquellos diputados bonaerenses que lo acusaron de jugar con el futuro de todos los argentinos al asustar a los inversores y de tal modo hacer aumentar aún más las tasas de interés ya altísimas que tienen que pagar las provincias. La voluntad oficial de recuperar “la soberanía monetaria” impulsando la pesificación puede entenderse, ya que en la mayoría de los países la evolución de la tasa de cambio es un tema relativamente menor y resulta normal que tanto los ahorristas como los financistas y comerciantes operen casi exclusivamente en la moneda local. Con todo, si bien es lógico que la presidenta y otros funcionarios quisieran poner fin a la costumbre nacional de “pensar en dólares” y desdeñar la moneda nacional, a esta altura debería serles evidente que, para alcanzar tal objetivo, tendrían que hacer del peso una moneda fuerte y por lo tanto confiable, lo que, desde luego, los obligaría a manejar la economía con más rigor. Puesto que, por temor a los previsibles costos políticos, Cristina y sus colaboradores no tienen ninguna intención de procurar fortalecer el peso, no les cabe otra alternativa que la de defenderlo con medidas policiales, de ahí el cepo cambiario y la postura intimidatoria de la AFIP y de la mismísima presidenta. De más está decir que los esfuerzos oficiales por convencer a la ciudadanía de que le corresponde confiar más en el peso que en el dólar están resultando contraproducentes. Lejos de curar la adicción, la escasez artificial de dólares sirve para aumentarla. Aunque parecería que Mariotto sólo quería distanciarse nuevamente de Scioli, algunos atribuyen su apoyo a “lo que pasó con Chaco”, donde el gobernador Capitanich decidió que le convendría más pagar en pesos los vencimientos de un bono emitido en dólares, al deseo de Cristina de ver cómo reaccionarían los mercados ante la pesificación de todos los bonos provinciales. De ser así, ya sabrá la respuesta: la tomaría por un default parcial. Si bien las consecuencias inmediatas para la Argentina de una medida en tal sentido no serían tan graves como las ocasionadas por el gran default de diciembre del 2001, ya que a partir de entonces el país se ha visto marginado de los mercados de capitales internacionales, postergaría hasta nuevo aviso la eventual reconciliación con el resto del mundo, además de asegurar que siguiera subiendo la tasa de inflación, que ya está entre las más altas del planeta. Por desgracia, la pesificación voluntarista no puede considerarse una solución para los problemas planteados por la resistencia del gobierno a hacer un esfuerzo auténtico por combatir el mal que, una vez más, amenaza con hundir la economía nacional. Antes bien, se trata de una maniobra emprendida con el propósito de hacer creer que la inflación es en el fondo un fenómeno cultural vinculado con la supuesta falta de patriotismo de quienes prefieren una moneda extranjera a la nacional.
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