Asesinato en el feudo
Para frustración de los persuadidos de que después de eliminarse la amenaza planteada por el poder fáctico militar la Argentina debería haberse democratizado con rapidez, los regímenes caudillescos que aún abundan en distintas jurisdicciones del país han resultado ser capaces de sobrevivir a desastres que significarían el fin de cualquier gobierno nacional. Lejos de ser perjudicados por la miseria en gran escala que suelen perpetuar y por la falta patente de oportunidades, se vieron beneficiados por los fracasos así supuestos porque a los paternalistas les conviene que el electorado permanezca pobre y analfabeto. Tampoco suele costarles votos la corrupción que muchos toman por evidencia de su astucia superior. Lo que sí puede destruir un régimen de esta clase, empero, es un crimen sexual. De difundirse la convicción de que los vinculados con «el poder» se creen con derecho a aprovechar de las hijas de «los humildes», se pondrán en marcha rebeliones populares que andando el tiempo pueden terminar socavando la autoridad de la familia reinante. Es lo que sucedió en Catamarca hace más de una década cuando el «crimen de María Soledad» desató un terremoto político que presagió el fin de la hegemonía de la familia Saadi, y según parece algo muy similar está sucediendo en Santiago de Estero, donde el asesinato de dos jóvenes, Leyla Nazar y Patricia Villalba, ha asestado un golpe muy fuerte al régimen liderado por el «caudillo histórico» local Carlos Juárez.
Si sólo fuera una cuestión de prolijidad presupuestaria, Santiago del Estero no se vería incluida entre las provincias peor administradas del país, pero sucede que la estabilidad así asegurada por el régimen no ha servido para mucho. Por cierto, no abundan las señales de desarrollo económico, mientras que el nivel educativo del grueso de la población sigue siendo lamentable. Con todo, tales deficiencias no incidieron demasiado en la relación del electorado con sus gobernantes que, lo mismo que en tantos otros distritos del interior -y en países vecinos de conformación comparable como el Paraguay-, es esencialmente predemocrática. Sin embargo, puede que esta situación esté por modificarse. Ya que se ha roto el lazo emotivo, de confianza, cuando no de complicidad, entre el caudillo y «su» pueblo, es posible que en adelante una proporción mayor de los santiagueños comience a liberarse de la tutela psicológica a la que muchos están acostumbrados, siguiendo así a los catamarqueños que por lo menos no se sienten tan obligados como antes a hacer gala de su «lealtad» hacia el jefe de turno de la familia Saadi. Por cierto, esto es lo que esperan aquellos santiagueños que entienden muy bien que el conservadurismo extremo representado por Juárez, su esposa y sus allegados sólo puede ofrecerles muchos años más de modorra provinciana.
De todos modos, aunque las cuasi dictaduras supuestamente paternalistas de este tipo, las que a su manera se asemejan a aquellas que tanto contribuyeron a mantener atrasados hasta hace relativamente poco a países del sur europeo como España y Portugal, no tienen motivos para dejarse preocupar por los efectos políticos de su negativa a arriesgarse promoviendo el crecimiento económico que ocasionaría cambios políticos y sociales que les sería muy difícil controlar; son vulnerables a males tradicionales. Aun cuando el caudillo mismo sea un personaje de conducta puritana, los regímenes que forman son esencialmente corruptos porque los relacionados con «el poder» siempre terminan creyéndose impunes. El doble asesinato que se produjo el verano pasado ya ha ocasionado el desplazamiento de una serie de funcionarios juaristas, incluyendo a los jefes de la Policía, el secretario de Seguridad, el secretario de Prensa, etc., y todo hace pensar que pronto los seguirán otros. Puede que sea prematuro hablar de la caída de los Juárez -al fin y al cabo, en Catamarca los Saadi continúan desempeñando un papel significante-, pero no cabe duda de que tiene los días contados la tradición política arcaica que representan, por ser incompatible con una sociedad en la que en circunstancias determinadas hasta los más «humildes» pueden rebelarse contra el régimen existente y en que, lo que es peor aún, episodios que en otros tiempos hubiera tenido una repercusión limitada pueden llegar a desencadenar un gran escándalo nacional.
Para frustración de los persuadidos de que después de eliminarse la amenaza planteada por el poder fáctico militar la Argentina debería haberse democratizado con rapidez, los regímenes caudillescos que aún abundan en distintas jurisdicciones del país han resultado ser capaces de sobrevivir a desastres que significarían el fin de cualquier gobierno nacional. Lejos de ser perjudicados por la miseria en gran escala que suelen perpetuar y por la falta patente de oportunidades, se vieron beneficiados por los fracasos así supuestos porque a los paternalistas les conviene que el electorado permanezca pobre y analfabeto. Tampoco suele costarles votos la corrupción que muchos toman por evidencia de su astucia superior. Lo que sí puede destruir un régimen de esta clase, empero, es un crimen sexual. De difundirse la convicción de que los vinculados con "el poder" se creen con derecho a aprovechar de las hijas de "los humildes", se pondrán en marcha rebeliones populares que andando el tiempo pueden terminar socavando la autoridad de la familia reinante. Es lo que sucedió en Catamarca hace más de una década cuando el "crimen de María Soledad" desató un terremoto político que presagió el fin de la hegemonía de la familia Saadi, y según parece algo muy similar está sucediendo en Santiago de Estero, donde el asesinato de dos jóvenes, Leyla Nazar y Patricia Villalba, ha asestado un golpe muy fuerte al régimen liderado por el "caudillo histórico" local Carlos Juárez.
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