Ataque de histeria
De ser tan arbitrarias las agencias calificadoras de deuda como nos aseguran el presidente norteamericano Barack Obama, la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés Nicolas Sarkozy y muchos otros, a nadie le hubiera importado demasiado la decisión de Standard & Poor’s de expulsar a Estados Unidos del pequeño club de países que ostentan la “triple A”, pero sucede que, bien que mal, en el mundo de las finanzas la opinión de dicha empresa aún pesa más que la de cualquier político o economista académico. Aunque el fallo emitido por Standard & Poor’s se basó más en el manejo torpe por parte de la clase política norteamericana de los problemas planteados por el “techo de deuda” fijado por la legislación que en la capacidad del país más rico del planeta para enfrentar sus obligaciones, ya que no cabe duda de que Estados Unidos, a diferencia de otros países, cuenta con los recursos necesarios y, de todos modos, siempre puede imprimirlos por ser cuestión de dólares, en el mundo entero se ha difundido la sensación de que la crisis financiera provocada por el endeudamiento excesivo de casi todos los países desarrollados ya ha entrado en una fase muy peligrosa, de ahí el pánico que se apoderó de los mercados en los días que siguieron al anuncio. Si bien las bolsas siempre sobreactúan, como hicieron en esta ocasión, la desconfianza que sienten tantos inversores no puede sino incidir en la marcha de la “economía real”, lo que es una pésima noticia no sólo para los estadounidenses sino también para todos los demás, incluyendo, desde luego, a nosotros. Al fin y al cabo, si hasta nuevo aviso los ricos consumen menos, los precios de los productos exportados por los países relativamente pobres propenderán a bajar; el cambio de clima que se ve reflejado en la agitación que está convulsionando los mercados bursátiles ya ha incidido en el precio de los granos y del petróleo. Además de Estados Unidos, donde las diferencias entre los demócratas gobernantes, que están a favor de más “estímulos” y de más impuestos por un lado y, por el otro, los republicanos que dominan la Cámara de Representantes y quieren que el gobierno reduzca drásticamente el gasto público pero se niegan a permitirle aumentar los impuestos, son tan grandes que alcanzar acuerdos ha resultado ser una tarea sumamente ardua, están en graves dificultades los países que conforman la Eurozona. En verdad, la situación en la que se encuentra la Unión Europea es mucho peor por una multitud de motivos, de los que el principal es la resistencia de Alemania a subsidiar a socios como Italia, España, Portugal y Grecia a cambio de un compromiso a llevar a cabo programas de austeridad draconianos. A menos que los alemanes acepten hacerlo, empero, el euro no podrá sobrevivir por mucho tiempo más, ya que a la larga una moneda común sin una política fiscal común es un contrasentido. Sin embargo, aun cuando los alemanes llegaran a la conclusión de que sería de su interés asumir la responsabilidad de salvar el euro que tanto los ha beneficiado, por razones políticas y sociales sería poco probable que los italianos, españoles, portugueses y griegos lograran finalmente poner sus cuentas públicas en orden. Asimismo, en el caso de que los gobiernos de la Eurozona optaran por una unión fiscal, los perjudicados por los ajustes que ya son inevitables no tardarían en atribuir sus penurias a la dureza alemana. El consenso es que tanto a Estados Unidos como a los integrantes de la Unión Europea les aguardan a lo mejor años de crecimiento letárgico, a lo peor una nueva depresión. En vista de que es muy alto el nivel de vida alcanzado por los países desarrollados, incluso un período prolongado de estancamiento distaría de ser una tragedia. En cambio, una depresión auténtica sí podría serlo para pueblos que hasta hace apenas tres años creían que el futuro les sería tan benigno que no tendrían que preocuparse por asuntos meramente materiales. A diferencia de millones de habitantes del “Tercer mundo” que están acostumbrados a ingresos llamativamente inferiores a los percibidos por los desocupados del “Primero”, la mayoría de los norteamericanos y europeos occidentales no está preparada anímicamente para enfrentar una etapa de escasez que no hubiera asustado a sus abuelos.
De ser tan arbitrarias las agencias calificadoras de deuda como nos aseguran el presidente norteamericano Barack Obama, la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés Nicolas Sarkozy y muchos otros, a nadie le hubiera importado demasiado la decisión de Standard & Poor’s de expulsar a Estados Unidos del pequeño club de países que ostentan la “triple A”, pero sucede que, bien que mal, en el mundo de las finanzas la opinión de dicha empresa aún pesa más que la de cualquier político o economista académico. Aunque el fallo emitido por Standard & Poor’s se basó más en el manejo torpe por parte de la clase política norteamericana de los problemas planteados por el “techo de deuda” fijado por la legislación que en la capacidad del país más rico del planeta para enfrentar sus obligaciones, ya que no cabe duda de que Estados Unidos, a diferencia de otros países, cuenta con los recursos necesarios y, de todos modos, siempre puede imprimirlos por ser cuestión de dólares, en el mundo entero se ha difundido la sensación de que la crisis financiera provocada por el endeudamiento excesivo de casi todos los países desarrollados ya ha entrado en una fase muy peligrosa, de ahí el pánico que se apoderó de los mercados en los días que siguieron al anuncio. Si bien las bolsas siempre sobreactúan, como hicieron en esta ocasión, la desconfianza que sienten tantos inversores no puede sino incidir en la marcha de la “economía real”, lo que es una pésima noticia no sólo para los estadounidenses sino también para todos los demás, incluyendo, desde luego, a nosotros. Al fin y al cabo, si hasta nuevo aviso los ricos consumen menos, los precios de los productos exportados por los países relativamente pobres propenderán a bajar; el cambio de clima que se ve reflejado en la agitación que está convulsionando los mercados bursátiles ya ha incidido en el precio de los granos y del petróleo. Además de Estados Unidos, donde las diferencias entre los demócratas gobernantes, que están a favor de más “estímulos” y de más impuestos por un lado y, por el otro, los republicanos que dominan la Cámara de Representantes y quieren que el gobierno reduzca drásticamente el gasto público pero se niegan a permitirle aumentar los impuestos, son tan grandes que alcanzar acuerdos ha resultado ser una tarea sumamente ardua, están en graves dificultades los países que conforman la Eurozona. En verdad, la situación en la que se encuentra la Unión Europea es mucho peor por una multitud de motivos, de los que el principal es la resistencia de Alemania a subsidiar a socios como Italia, España, Portugal y Grecia a cambio de un compromiso a llevar a cabo programas de austeridad draconianos. A menos que los alemanes acepten hacerlo, empero, el euro no podrá sobrevivir por mucho tiempo más, ya que a la larga una moneda común sin una política fiscal común es un contrasentido. Sin embargo, aun cuando los alemanes llegaran a la conclusión de que sería de su interés asumir la responsabilidad de salvar el euro que tanto los ha beneficiado, por razones políticas y sociales sería poco probable que los italianos, españoles, portugueses y griegos lograran finalmente poner sus cuentas públicas en orden. Asimismo, en el caso de que los gobiernos de la Eurozona optaran por una unión fiscal, los perjudicados por los ajustes que ya son inevitables no tardarían en atribuir sus penurias a la dureza alemana. El consenso es que tanto a Estados Unidos como a los integrantes de la Unión Europea les aguardan a lo mejor años de crecimiento letárgico, a lo peor una nueva depresión. En vista de que es muy alto el nivel de vida alcanzado por los países desarrollados, incluso un período prolongado de estancamiento distaría de ser una tragedia. En cambio, una depresión auténtica sí podría serlo para pueblos que hasta hace apenas tres años creían que el futuro les sería tan benigno que no tendrían que preocuparse por asuntos meramente materiales. A diferencia de millones de habitantes del “Tercer mundo” que están acostumbrados a ingresos llamativamente inferiores a los percibidos por los desocupados del “Primero”, la mayoría de los norteamericanos y europeos occidentales no está preparada anímicamente para enfrentar una etapa de escasez que no hubiera asustado a sus abuelos.
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