Atrapado
• El sujeto –el jugador– se descubre inmerso en un círculo fatídico: cree que va a ganar, a pasarla bien, si gana mucho quiere volver, si pierde también porque quiere recuperar lo perdido, comprueba que si gana no para hasta perder, y pierde y pierde y al salir, la culpa y los reproches son tan tormentosos que vuelve para aliviarse, para así recomenzar el circuito. • La excitación, la adrenalina, el olor, el temblor, el corazón que salta del pecho, son los signos de esa fuerza muy difícil de sustituir o contrarrestar, que no se parece en nada al placer y que es una tensión incomparable que toca el cuerpo. “Cuando estoy adentro me olvido de todo, me olvido de mí, no soy, no sé quién soy. El tiempo y el dinero dejan de tener sentido. Es algo que me lleva y no puedo controlar”. • Ese algo es la impulsión, lo no domesticable, que no se puede convencer, ni vencer mediante la voluntad. Se corre el riesgo de aplastarla con la exigencia de los ideales y estallar un tiempo después con mayor virulencia. Esos estallidos pueden ser tapados con mentiras. • ¿Qué se pierde? ¿Qué se gana en ese circuito de pérdidas? Se pierde dinero, la confianza de los otros, los amigos, la familia, la valoración de sí mismo y el sentido de las cosas. Se pierde la orientación de su deseo. Lo que se obtiene como saldo es una creencia, casi una certeza, de que está siguiendo una huella, un camino marcado, un destino inexorable, ya que sin saber por qué, termina siempre en el mismo indeseable lugar. (Débora Blanca y Luz Mariela Coletti en “La adicción al juego ¿no va más?” Segunda edición; Lugar Editorial, Bs. As, 2012)