Aumentos ficticios

Redacción

Por Redacción

Todos los gobiernos dan a entender que si sube el poder adquisitivo de la mayoría es merced a su propia generosidad. Aunque resultaron ser decididamente modestos en términos reales los aumentos jubilatorios y los supuestos por la modificación del mínimo no imponible de Ganancias que anunció la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por la cadena nacional el lunes, subrayó que significarían un “sacrificio fiscal importante”, insinuando de tal modo que el gobierno está dispuesto a apretarse el cinturón propio a fin de ayudar a la gente. Huelga decir que la presunta magnanimidad oficial no impresionó a aquellos sindicalistas que desde hace años están reclamando la virtual eliminación de Ganancias o a los gobernadores provinciales que necesitan más fondos para pagar a tiempo a los empleados públicos locales. Como muchos señalaron, los aumentos que acaba de anunciar la presidenta no alcanzan para recuperar lo ya perdido a causa de la inflación. Dicho de otro modo, a menos que uno crea en la veracidad de las estadísticas difundidas por el Indec, lo que el gobierno está procurando hacer es convencer a todos de que, lejos de sentirse obligado a “ajustar” una economía que está en apuros, sigue repartiendo los beneficios de un modelo exitoso. En opinión tanto de los oficialistas como de los dirigentes opositores, Cristina entiende que ya ha comenzado la campaña de cara a las elecciones legislativas que, siempre y cuando se respete el calendario previsto, culminará en octubre, y que, como suele ser el caso, los resultados dependerán en buena medida de la evolución de la economía. Si bien de acuerdo con los especialistas, tanto los “ortodoxos” como la mayoría de los “heterodoxos”, el país ha entrado en una fase de estanflación –crecimiento apenas perceptible e inflación cada vez más alta– que amenaza con prolongarse, la presidenta parece creer que no le queda más alternativa que la de continuar hablando como si poco hubiera cambiado a partir de octubre del 2011. La ayuda en esta empresa el abismo que separa el país del Indec del país real. De basarse los números confeccionados por el Indec en algo más que los deseos oficiales, los aumentos anunciados a comienzos de la semana por Cristina podrían considerarse evidencia de que sigue mejorando el estándar de vida del grueso de la población, pero puesto que a esta altura nadie, con la presunta excepción de la presidenta misma, los toma en serio, en verdad ratifican que el poder de compra de sectores muy amplios continuará reduciéndose. Por muchos motivos, sería mejor que la campaña electoral se iniciara no ahora sino en agosto o septiembre. Como afirmó una vez el en aquel entonces gobernador bonaerense Eduardo Duhalde, “no hay cosa más mentirosa que un político en campaña”. Puesto que aquí las campañas electorales son casi permanentes, con intervalos que a lo sumo duran un par de meses entre la conclusión de una y el comienzo de la siguiente, es escasa la posibilidad de que la presidenta y los diversos candidatos a cargos legislativos se arriesguen procurando analizar con honestidad el estado nada promisorio de la economía nacional. Por el contrario, parecería que los oficialistas continuarán minimizando el significado de una tasa de inflación que, si no fuera por las proezas del régimen sudanés, sería la más alta del planeta y que los voceros opositores se resistirán a informarnos lo que a su juicio debería hacerse para frenarla por no querer ser acusados de estar a favor de un ajuste draconiano. Mientras tanto, los problemas de todo tipo seguirán agravándose, planteando el peligro de que, antes de octubre, el país se haya hundido en una crisis generalizada al perder el gobierno el control de las variables. Por desgracia, la economía nacional no es sólo una suerte de campo de batalla en el que luchan grupos de interés empresariales, sindicalistas y los partidarios de distintas corrientes ideológicas. También constituye el medioambiente en el que viven más de cuarenta millones de personas de carne y hueso que dependen de sus vicisitudes, razón por la que los costos supuestos por la ineptitud de los responsables de manejarla no serán meramente políticos, como a menudo parecen suponer quienes están mucho más interesados en el impacto electoral de medidas determinadas que en sus consecuencias concretas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 31 de enero de 2013


Todos los gobiernos dan a entender que si sube el poder adquisitivo de la mayoría es merced a su propia generosidad. Aunque resultaron ser decididamente modestos en términos reales los aumentos jubilatorios y los supuestos por la modificación del mínimo no imponible de Ganancias que anunció la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por la cadena nacional el lunes, subrayó que significarían un “sacrificio fiscal importante”, insinuando de tal modo que el gobierno está dispuesto a apretarse el cinturón propio a fin de ayudar a la gente. Huelga decir que la presunta magnanimidad oficial no impresionó a aquellos sindicalistas que desde hace años están reclamando la virtual eliminación de Ganancias o a los gobernadores provinciales que necesitan más fondos para pagar a tiempo a los empleados públicos locales. Como muchos señalaron, los aumentos que acaba de anunciar la presidenta no alcanzan para recuperar lo ya perdido a causa de la inflación. Dicho de otro modo, a menos que uno crea en la veracidad de las estadísticas difundidas por el Indec, lo que el gobierno está procurando hacer es convencer a todos de que, lejos de sentirse obligado a “ajustar” una economía que está en apuros, sigue repartiendo los beneficios de un modelo exitoso. En opinión tanto de los oficialistas como de los dirigentes opositores, Cristina entiende que ya ha comenzado la campaña de cara a las elecciones legislativas que, siempre y cuando se respete el calendario previsto, culminará en octubre, y que, como suele ser el caso, los resultados dependerán en buena medida de la evolución de la economía. Si bien de acuerdo con los especialistas, tanto los “ortodoxos” como la mayoría de los “heterodoxos”, el país ha entrado en una fase de estanflación –crecimiento apenas perceptible e inflación cada vez más alta– que amenaza con prolongarse, la presidenta parece creer que no le queda más alternativa que la de continuar hablando como si poco hubiera cambiado a partir de octubre del 2011. La ayuda en esta empresa el abismo que separa el país del Indec del país real. De basarse los números confeccionados por el Indec en algo más que los deseos oficiales, los aumentos anunciados a comienzos de la semana por Cristina podrían considerarse evidencia de que sigue mejorando el estándar de vida del grueso de la población, pero puesto que a esta altura nadie, con la presunta excepción de la presidenta misma, los toma en serio, en verdad ratifican que el poder de compra de sectores muy amplios continuará reduciéndose. Por muchos motivos, sería mejor que la campaña electoral se iniciara no ahora sino en agosto o septiembre. Como afirmó una vez el en aquel entonces gobernador bonaerense Eduardo Duhalde, “no hay cosa más mentirosa que un político en campaña”. Puesto que aquí las campañas electorales son casi permanentes, con intervalos que a lo sumo duran un par de meses entre la conclusión de una y el comienzo de la siguiente, es escasa la posibilidad de que la presidenta y los diversos candidatos a cargos legislativos se arriesguen procurando analizar con honestidad el estado nada promisorio de la economía nacional. Por el contrario, parecería que los oficialistas continuarán minimizando el significado de una tasa de inflación que, si no fuera por las proezas del régimen sudanés, sería la más alta del planeta y que los voceros opositores se resistirán a informarnos lo que a su juicio debería hacerse para frenarla por no querer ser acusados de estar a favor de un ajuste draconiano. Mientras tanto, los problemas de todo tipo seguirán agravándose, planteando el peligro de que, antes de octubre, el país se haya hundido en una crisis generalizada al perder el gobierno el control de las variables. Por desgracia, la economía nacional no es sólo una suerte de campo de batalla en el que luchan grupos de interés empresariales, sindicalistas y los partidarios de distintas corrientes ideológicas. También constituye el medioambiente en el que viven más de cuarenta millones de personas de carne y hueso que dependen de sus vicisitudes, razón por la que los costos supuestos por la ineptitud de los responsables de manejarla no serán meramente políticos, como a menudo parecen suponer quienes están mucho más interesados en el impacto electoral de medidas determinadas que en sus consecuencias concretas.

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