Aún sin luz al final del túnel

Fernández no ignora las consecuencias que la cuarentena tendrá en una economía como la argentina. Ya está recibiendo señales de preocupación de las cámaras empresarias.

Igual que el sobrevuelo del helicóptero que rompe el extraño silencio de una noche de cuarentena, las primeras imágenes de camas uniformemente alineadas, improvisados centros de aislamiento en pabellones militares o en gimnasios municipales están cambiando en los últimos días la fisonomía del combate al coronavirus en la Argentina. Su efecto es intimidante. El enemigo sigue siendo invisible y misterioso. Pero en breve las víctimas empezarán a dejar de serlo.

La Argentina intenta evitar un escenario de catástrofe sanitaria. Ese ha sido el principal objetivo de Alberto Fernández cuando resolvió imponer un aislamiento que seguramente se extenderá en las próximas horas. Impedir un inevitable colapso del sistema de salud ante una avalancha de contagios como la que vemos en los países centrales, donde las insuficiencias se pagan día a día con miles de víctimas.

Desde hace décadas es inusual que nuestra sociedad y sus líderes muestren capacidad para anticiparse a los acontecimientos. Las recurrentes crisis de la Argentina -incluso la que está corriendo subterránea al fenómeno de la pandemia- han sido resultado de un mix entre la debilidad de sus instituciones, problemas estructurales de la economía y su vulnerabilidad ante fenómenos globales. Esa dinámica ha generado estancamiento e inaceptables niveles de pobreza. También un extendidosentimiento de frustración. En la Argentina lo que se intenta cuanto menos es reparar.

El coronavirus ha encontrado sin embargo una ágil reacción de las autoridades -por encima de la que había mostrado- y una aceptable respuesta en parte de la sociedad. La Argentina tuvo la fortuna de poder seguir el desarrollo temprano de la pandemia en Europa y trazar una estrategia.

Suele decirse que el peronismo gobierna de acuerdo al sesgo dominante de época. Si se extrapolara a esta crisis, el presidente se alineó con la corriente que privilegia el funcionamiento del sistema de salud por sobre el del resto de la economía con el fin de evitar la mayor cantidad de pérdidas humanas. Ha seguido consejos de reconocidos epidemiólogos que fortalecieron. El experimento está en marcha y aún se desconoce cuál será su resultado.

Tampoco se sabe qué respuesta tendrá la decisión de gobiernos como el de los EE. UU., que busca avanzar hacia una liberación temprana de las restricciones y hacer foco en el cuidado de grupos de riesgo ante advertencias fundadas sobre los efectos que dejará la recesión. ¿Encierra la diferencia entre estos dos abordajes una cuestión ideológica? Wall Street reaccionó favorablemente al giro en EE. UU. ¿Es una cuestión velada de seguridad nacional? No debería descartarse que para Trump una depresión económica agite el fantasma sobre las ambiciones hegemónicas de China: Beijing dijo que aún en este contexto crecería un 6% anual. Trump muestra sin embargo vacilaciones. Ayer sugirió una cuarentena para los estados de Nueva York -epicentro de la pandemia en EE.UU.- New Jersey y Connecticut con la intención de aislarlos. Algunos análisis dicen que en realidad está profundizando su estrategia.

Fernández dijo que no ignora las consecuencias que la cuarentena tendrá en una economía vulnerable como la argentina. Ya está recibiendo señales de preocupación de las cámaras empresarias. Goldman Sachs estimó que la actividad caerá un 5,4% este año. Estos primeros días de aislamiento mostraron además los límites de la experiencia que ha emprendido el presidente. El viernes se movilizaron más de un millón de jubilados y beneficiarios de planes sociales a los bancos en busca de sus haberes y asignaciones. Se ignora cómo se hará llegar la asistencia a la economía informal. Una reunión del presidente con un grupo de curas villeros desnudó la imposibilidad de un aislamiento domiciliario en poblaciones vulnerables. “Allí, a lo sumo, se puede hacer aislamiento social”, dijo el ministro de Salud Ginés González García. Como un gueto.

Como el mundo, la inesperada Argentina de Alberto Fernández está en un túnel donde aún no se ve la luz. Nadie sabe cómo seremos cuando salgamos de él.


Igual que el sobrevuelo del helicóptero que rompe el extraño silencio de una noche de cuarentena, las primeras imágenes de camas uniformemente alineadas, improvisados centros de aislamiento en pabellones militares o en gimnasios municipales están cambiando en los últimos días la fisonomía del combate al coronavirus en la Argentina. Su efecto es intimidante. El enemigo sigue siendo invisible y misterioso. Pero en breve las víctimas empezarán a dejar de serlo.

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