Austeridad excesiva
La labor de un concejal o diputado es ardua y merece una digna retribución. Lo criticable sería la cantidad de representantes.
Para horror de la mayoría de los políticos profesionales y la satisfacción acaso ingenua de muchos vecinos, en el distrito bonaerense de San Vicente los concejales han impulsado una nueva moda que consiste en donar sus dietas a entidades presuntamente benéficas para trabajar ad honórem. Puesto que en buena parte del país las autoridades locales son consideradas demasiado caras en relación con lo que en efecto hacen, las polémicas resultantes están repitiéndose a lo ancho y lo largo del territorio nacional, pero no es muy probable que contribuyan a resolver los problemas que plantea el hecho innegable de que en la Argentina los costos de «la política» sean absurdamente elevados: aunque el producto per cápita apenas alcanza el 30% del estadounidense, las diversas legislaturas cuestan decididamente más que sus equivalentes de los Estados Unidos.
Como siempre subrayan en estas ocasiones los dirigentes mismos, es necesario pagarles sueldos adecuados porque de lo contrario los únicos que podrían actuar en política serían los ricos y los corruptos. Tienen razón, claro está. La labor de un político concienzudo, trátese de un edil o de un diputado provincial, es ardua y en buena lógica merece una retribución equiparable con lo que recibiría un abogado de status similar o el ejecutivo de una empresa importante. Por eso, el salario de bolsillo de entre mil pesos mensuales y dos mil que suelen recibir los concejales de la mayoría de los distritos de dimensiones pequeñas y medianas no parece del todo exagerado. Lo que sí puede criticarse, en cambio, es la cantidad de concejales -hay localidades donde una sola persona podría gerenciar con facilidad- y los abusos de los gastos de representación, pero aun así en la mayoría de los distritos del país la situación, en principio por lo menos, dista de ser tan mala como suele suponerse.
Aunque hay jurisdicciones, de las cuales la más notoria es la provincia de Formosa, en las que los concejales, para no hablar de los legisladores provinciales, se las han arreglado para apropiarse de cantidades de dinero envidiables, en las demás el tema de las dietas supuestamente abultadas de los ediles o diputados sólo sirve para distraer la atención de los problemas derivados de la politización excesiva. Puede que sea natural que en muchas legislaturas provinciales se hayan reproducido las mismas divisiones entre peronistas, radicales, frepasistas y alguno que otro movimiento local que dominan el escenario nacional, pero no lo es que lo mismo haya ocurrido a nivel municipal. Puesto que los grandes operadores partidarios tratan de aprovechar al máximo la presencia de correligionarios, compañeros o lo que fuera en los distintos concejos deliberantes del país, estimulando el clientelismo y otras formas de corrupción, o favoreciendo a las municipalidades «amigas» en desmedro de las controladas por el adversario, además de trasladar sus propias obsesiones políticas a las comunas, convendría que se buscaran formas de separar la política municipal de la provincial o nacional porque, al fin y al cabo, los problemas que los ediles tienen que enfrentar raramente tienen mucho que ver con aquellos que preocupan a los jefes de los movimientos dominantes.
En algunas comunas grandes, el peso de los partidos nacionales es decisivo. En otras, en las que los residentes suelen conocer personalmente al intendente y a los concejales, influye llamativamente menos, de ahí la proliferación muy saludable de pequeños movimientos vecinales cuyos miembros se concentran en resolver dificultades concretas sin sentirse constreñidos a fingir estar tratando de encontrar las respuestas para los problemas que obsesionan a los líderes mundiales. Aunque no siempre les es dado impedir que las luchas nacionales o, peor aún, las «internas» partidarias incidan en los debates en torno de asuntos como la mejor forma de mejorar la pavimentación de su localidad, por lo menos pueden intentar ocuparse sólo de temas inmediatos, lo cual les ahorra muchas complicaciones que en otras jurisdicciones hacen de la política una actividad costosísima y que dan pie a los escándalos incesantes que tanto contribuyen al desprestigio de la clase política nacional.