Autocrítica, para todos y todas
Scioli y Randazzo, figuras clave para tratar de recuperar terreno en la provincia de Buenos Aires.
Arnaldo Paganetti arnaldopaganetti@rionegro.com.ar
Cómo mantener a flote el “modelo” sin desfinanciar el Estado? ¿De qué manera retomar la iniciativa frente “a tantas mentiras y falsedades en materia económica” y recuperar en las legislativas de octubre una mínima parte de los millones de votos perdidos en las primarias del 11 de agosto y que podrían aliviar la gobernabilidad hasta el 2015? Sin renunciar a las líneas rectoras de su administración ni dejar de ver fantasmas, la presidenta Cristina Fernández asumió por primera vez la palabra “autocrítica por las cosas que hemos hecho mal”. Lo hizo ante banqueros, industriales y sindicalistas a los que convocó a dialogar a Santa Cruz, aunque también demandó a esos sectores “reflexión para mejorar y corregir entre todos”. Claro que en Río Gallegos hubo bolillas negras. No se cursaron invitaciones a miembros de la mesa de enlace agropecuaria ni a empresarios a los que se ubica en el campo “enemigo”. Con sus ejemplos numéricos (avivaron las ironías las comparaciones con Canadá y Australia), Cristina trató de encauzar un debate que se tornará complejo por las aspiraciones sucesorias abiertas en el peronismo: por su andarivel (consentido por necesidad, pero no bendecido aún) corre ya Daniel Scioli, con la demanda de internas abiertas bajo el brazo; y , por fuera, en esta coyuntura áspera, el intendente de Tigre, Sergio Massa, quien responsabilizó del “estancamiento” a la “impericia o insensibilidad de los funcionarios”. Mientras la presidenta no se corre del centro del ring, Scioli y Massa, símbolos de un estilo de gestión más abierto y amigable, empezaron a competir a sabiendas de que el movimiento en el que están insertos está a la búsqueda de un nuevo jefe. “Vamos a estar con el ganador”, se sinceró brutalmente el taxista Omar Viviani, quien hoy secunda al metalúrgico K Antonio Caló, en la CGT oficial. Encuadrado, Scioli exhortó a cuidar las instituciones y respetar la investidura de la primera magistrada y sostuvo que es irresponsable hablar de transición. Y, si bien es una obviedad, no se privó de advertir, al hablar en una reunión del Consejo de las Américas, que “este gobierno debe terminar lo mejor posible” dentro de dos años y medio. Sobre su espalda caerá la campaña para sostener la candidatura de Martín Insaurralde, intendente de Lomas de Zamora, que en las PASO quedó 5,4 puntos debajo de Massa, quien ahora tratará de ampliar esa diferencia. Enfatizará en el “voto útil” para acelerar el fin de ciclo cristinista. La provincia de Buenos Aires, por su peso electoral, será decisiva en la conformación parlamentaria. Si se mantuviesen los resultados de agosto en octubre, el kirchnerismo retendría el dominio en ambas cámaras. Para Cristina, sin posibilidad de re-reelección, eso la tranquilizaría, pese a que Scioli avanzaría cada vez más, recortándole las alas a las huestes juveniles de “La Cámpora”, que irían perdiendo el predominio que hoy ostentan si prospera ese curso político. Tales análisis suenan un tanto apresurados antes de la batalla legislativa del 27 de octubre. La Rosada, que se desentendió del trato con los “barones” del conurbano a los que luego terminó culpando por su flojo desempeño, activaría al ministro del Interior, Florencio Randazzo, para darles contención y evitar deserciones hacia la ciudadela de Massa. “Insaurralde era un candidato al que no conocía nadie”, admitió una fuente oficial que además aseguró a este diario que si el oficialismo consigue “salvar la ropa” en un par de meses, habrá cambios de gabinete, especialmente en el área económica, donde se piensa en el diputado Roberto Feletti. Sincerado el juego sucesorio, Scioli tendrá que sacar de su pachorra a los intendentes, para sumarle votos a Insaurralde y aspirar a conducir la continuidad con cambios, resguardando un proyecto productivo que contendría incluso figuras hoy opuestas al kirchnerismo, como el exministro Roberto Lavagna. Por supuesto, los tiempos por venir no carecerán de conflictos. La inflación es un caballo salvaje a domesticar; la inseguridad un tema a prevenir con mayor rigurosidad y la corrupción, un mal sistémico a desterrar en el país del que aquel que “no llora, no mama”. Pero hay un tema en el cual el gobierno pondrá el foco para moderar los enojos de la clase media. Por un lado, asustará con que se debe cuidar lo conseguido en la última década para evitar la pérdida de puestos de trabajo. Y, por el otro, apelará a preservar “la víscera más sensible de los argentinos: el bolsillo” ¿Cómo lo hará? Ese es el intríngulis.
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