Cruzar América en un auto del ’99: la travesía Andacollo-Alaska
Micaela y Mauricio dejaron en 2018 la vida que compartían en Neuquén para recorrer América por tierra. A bordo de un Renault Megane modelo 99 atravesaron 19 países y recorrieron más de 120.000 kilómetros.
Un viaje que hoy ya suma ocho años, 19 países recorridos y más de 120.000 kilómetros sobre un Renault Mégane modelo 1999, al que los dueños bautizaron "Megancete".
Micaela y Mauricio llevaban una vida estable en Andacollo, donde vivían desde hacía años. Él, neuquino, trabajaba como profesor de Química, Física y Matemática en una escuela secundaria. Ella atendía una herboristería y también se desempeñaba como masoterapeuta. Estaban casados desde hacía 12 años y compartían un mismo sueño: dejar atrás la rutina para conocer el continente americano de punta a punta.
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Ese proyecto tomó forma en 2018, cuando renunciaron a sus trabajos y emprendieron un viaje que hoy ya suma ocho años, 19 países recorridos y más de 120.000 kilómetros sobre un Renault Mégane modelo 1999, al que bautizaron «Megancete».
«Salimos en 2018 desde Andacollo, Neuquén, con el sueño de unir América de punta a punta por tierra, desde Ushuaia hasta Alaska. Nos movía una curiosidad por conocer el mundo, explorar diferentes culturas y probar otros estilos de vida. Veníamos leyendo libros, blogs y mirando videos de viajes que nos mostraban que era posible vivir en movimiento y sostener el viaje en el camino», contaron a diario Río Negro.

La decisión de abandonar la estabilidad laboral no fue improvisada. Aunque ambos dejaron sus empleos para iniciar la aventura, el espíritu emprendedor ya formaba parte de sus vidas. Los fines de semana elaboraban productos propios y los vendían en ferias, una experiencia que les permitió descubrir que podían autogestionarse y generar ingresos por su cuenta.
Una vida en movimiento
Con el tiempo, ese modo de entender la vida quedó reflejado en el nombre del proyecto: «Viajando Para Vivir». «El nombre sintetiza nuestra filosofía de vida, vivir en movimiento y convivir con personas en entornos distintos, priorizando experiencias, aprendizajes y las emociones, porque sentimos que eso nos da calidad de vida. Esa es la esencia de nuestro viaje», explicaron.
Sin embargo, la idea original era muy distinta. Pensaban recorrer América como mochileros hasta que, durante una charla entre mates, surgió una alternativa inesperada: viajar en el auto que ya tenían.
El vehículo pertenecía al padre de Mauricio. Lo habían comprado con los ahorros destinados al viaje en mochila y pensaban venderlo antes de partir para recuperar el dinero. Pero como no apareció ningún comprador y la fecha de salida se acercaba, probaron reclinar los asientos y descubrieron que podían dormir completamente estirados. Así nació «Megancete», que con el tiempo se convirtió en mucho más que un medio de transporte.

«Salimos sin ahorros, con el auto tal cual estaba, los asientos reclinados, un colchón y una cocinita. No sabíamos nada de mecánica, ni siquiera cambiar una rueda. Pero entendimos que nunca nos sentiríamos 100% listos si esperábamos el momento perfecto. Toda la camperización se la fuimos haciendo sobre la marcha, a medida que el camino nos enseñaba lo que necesitábamos.»
El objetivo nunca fue solamente llegar a Alaska
«Queríamos recorrer el continente americano en su totalidad. Establecer dos puntos extremos como Argentina y Alaska fue la forma de trazarnos un mapa que nos obligara a descubrir todo lo que hay en el medio. Para nosotros siempre fue más importante el camino que el destino final. Por eso recorrimos 19 países a lo largo de ocho años.»
Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Guatemala, México, Estados Unidos y Canadá quedaron registrados en una travesía que cambió para siempre su forma de vivir.

El camino, la gente y los aprendizajes
Durante el recorrido durmieron el 90% de las noches dentro del auto, donde instalaron una cama en la parte trasera. El resto de las veces fueron recibidos por familias que conocieron en el camino o se alojaron ocasionalmente en hospedajes.
En el vehículo transportaban todo lo necesario para vivir: una cocina, un tanque de agua de 17 litros, una ducha con carpa, herramientas, ropa y sus pertenencias. Esa autonomía les permitió despertar frente a volcanes, playas del Caribe, lagos de aguas turquesas o incluso estaciones de servicio que, por una noche, se transformaron en el patio de su casa.
«Vivir y viajar en un auto hace que casi todas las actividades diarias se hagan afuera del auto, y eso nos expone más al contacto con la gente, que es una de nuestras prioridades para conocer en profundidad un lugar.»

Uno de los desafíos más grandes fue cruzar el Tapón del Darién, entre Colombia y Panamá, donde la Ruta Panamericana se interrumpe por una selva sin caminos. Para continuar debieron enviar el auto en un contenedor desde Cartagena hasta Colón, un proceso que demandó nueve días, además de costos elevados, trámites e incertidumbre.
Lo que el viaje les dejó
«La primera es que si hacés lo que te hace feliz, paso a paso se llega lejos; no hay que esperar a tener todo listo, hay que arrancar con lo que uno tiene. La segunda es confirmarle al mundo que hay infinitamente más gente buena que mala. Vivimos prácticamente en la calle y compartimos con miles de realidades distintas; el hilo conductor en todos los países siempre fue la calidez humana. Ahí, compartiendo con la gente, es donde realmente cobra sentido el viaje.»
Al principio documentaban la aventura con un solo celular, cuya memoria se llenaba constantemente. Para liberar espacio comenzaron a subir fotos y videos a Facebook y YouTube con la intención de conservar recuerdos y compartirlos con familiares y amigos.
Todo cambió cuando un video mostrando cómo vivían dentro del auto se volvió viral. A partir de entonces ingresaron al programa de monetización de YouTube, comenzaron a publicar un video semanal y transformaron la creación de contenidos en su principal fuente de ingresos. Hoy también trabajan con marcas y programas de afiliados.

Sin embargo, aseguran que el mayor premio son los mensajes de quienes encuentran inspiración en su historia para animarse a perseguir sus propios proyectos.
Entre las anécdotas que más recuerdan aparece una vivida en Colombia. Mientras subían una montaña considerada peligrosa, el auto sufrió la rotura de una manguera de combustible justo en la cumbre. Cuando intentaban encontrar una solución, apareció un hombre al que habían conocido miles de kilómetros antes, en otra provincia colombiana. Era electricista y llevaba en el baúl una manguera exactamente del diámetro que necesitaban. La instaló en el lugar y pudieron continuar el viaje.
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Otra escena inolvidable
«Lloramos de la emoción al ver el agua turquesa, la arena blanca y sentir el agua templada, pero sobre todo al tomar dimensión de lo lejos que habíamos llegado en un auto común y corriente que salió desde el sur de Argentina.»
La historia todavía no terminó. Después de llegar a Alaska continuaron por la costa este de Estados Unidos, recorrieron miles de kilómetros para asistir a la final del Mundial y ahora tienen un nuevo desafío: traer a «Megancete» de regreso a la Argentina para seguir sumando kilómetros e historias sobre las rutas del continente.
Micaela y Mauricio llevaban una vida estable en Andacollo, donde vivían desde hacía años. Él, neuquino, trabajaba como profesor de Química, Física y Matemática en una escuela secundaria. Ella atendía una herboristería y también se desempeñaba como masoterapeuta. Estaban casados desde hacía 12 años y compartían un mismo sueño: dejar atrás la rutina para conocer el continente americano de punta a punta.
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