Avanzan los imprescindibles

Por Redacción

Desde hace dos siglos, América Latina es escenario de una batalla no siempre pacífica entre constitucionalistas convencidos de que resulta necesario impedir que los mandatarios puedan eternizarse en el poder y políticos que están igualmente convencidos de que sería muy pero muy injusto privar a la ciudadanía de la posibilidad de contar con sus servicios hasta que la biología los obligue a jubilarse. Como el ex presidente Carlos Menem y sus simpatizantes solían decir, “proscribir” a alguien sólo porque ya está en el poder es a juicio de los reeleccionistas antidemocrático. Pues bien, el domingo pasado estos últimos se anotaron un nuevo triunfo al votar aproximadamente el 40% de los sanjuaninos registrados en el padrón a favor de una reforma constitucional destinada a permitir que en octubre el gobernador José Luis Gioja se presente a un tercer mandato consecutivo, algo que apenas dos años antes había jurado que no se le ocurriría hacer jamás. De quienes se dieron el trabajo de votar, dos tercios decidieron que les sería intolerable verse obligados a prescindir de Gioja que, como es natural, festejó el resultado sin por eso escatimar las alusiones a su propio sentido del deber, aseverando que más que un triunfo se trataba de un “desafío” y que en verdad le incomodaba tener que seguir sacrificándose cuando en su equipo “podrían haber surgido diez, veinte, treinta posibles sucesores”. También se manifestó satisfecha con el triunfo del compañero gobernador la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, aunque se cuidó de hacer gala de mucho entusiasmo; por motivos comprensibles, no le gustaría brindar la impresión de tener en mente querer intentar modificar la Constitución nacional con el propósito de buscar la re-reelección en el 2015. A muchos constitucionalistas no les parece aconsejable permitirles a los mandatarios aferrarse a sus puestos por demasiado tiempo porque saben que el poder corrompe, que a menos que entienda un presidente, gobernador o intendente que dentro de pocos años no estará en condiciones de estorbar investigaciones de su desempeño o repartir favores se sentirá tentado a violar las reglas para transformarse en una especie de dictador electivo. En cambio, los partidarios de las reelecciones sucesivas son más optimistas en cuanto a la capacidad de los hombres públicos para ubicarse por encima de las debilidades humanas. Dan por descontado que los políticos –o, cuando menos, los que por alguna razón cuentan con su aprobación– son inmunes a los vicios que preocupan a los constitucionalistas y que por lo tanto les convendría a todos permitir que el pueblo se beneficiara plenamente de su experiencia cada vez más larga. Muchos kirchneristas comparten tal visión, de ahí la aparición esporádica de la fantasía de una “Cristina eterna”. Una diferencia entre las democracias por un lado y las sociedades autoritarias por el otro consiste en que en aquéllas es normal que la gestión de los mandatarios de turno sea relativamente breve, de suerte que los cambios no son traumáticos sino rutinarios, mientras que en éstas suelen prolongarse hasta que la gente finalmente se alce en rebelión por suponer que le sería inútil confiar en que el sistema electoral le permita desalojar al caudillo. Aunque distintos dirigentes opositores, entre ellos el hermano del gobernador, César Gioja, cuestionaron la legitimidad de la consulta y denunciaron en su opinión maniobras fraudulentas, por ahora no parece demasiado probable que San Juan termine como Catamarca y Santiago del Estero, al agotarse sus respectivas dinastías familiares peronistas, pero ello no obstante la sensación de que un gobierno clientelista no ha vacilado en aprovechar su poder económico a fin de perpetuarse incidirá de manera muy negativa en la política local. Asimismo, en el ámbito nacional, el que en distintas partes del interior quienes ya ocupan puestos de poder se hayan sentido constreñidos a concentrarse en encontrar pretextos para eliminar las barreras constitucionales a su permanencia, atenta contra la calidad del sistema democrático. Por cierto, contribuye a ampliar todavía más la brecha que separa a la clase política de una ciudadanía que se ha acostumbrado a reaccionar frente a las crisis esporádicas repudiándola en su conjunto como si todos sus integrantes formaran parte de una sola corporación.


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