Bach por Victoria Ocampo

La escritora descubre al hombre a través de los sentimientos de sus dos esposas.

Por Redacción

El hallazgo de un pequeño e ignoto libro de Victoria Ocampo: “Juan Sebastián Bach El hombre”, Sur, 1964, me permitió conocer la mirada de nuestra escritora sobre esa cumbre alemana de la música. Pero Victoria no hace un libro de música, nos ofrece el texto de una mujer que se acerca a Bach (Eisenach, 21 de marzo de 1685; Leipzig, 28 de julio de 1750) a través de dos mujeres: María Bárbara, su primera esposa, y Ana Magdalena con quien se casa luego de enviudar. Creo que dentro del enorme caudal universal de obras que se han escrito sobre el músico alemán debe haber muy pocas que tengan la originalidad de verlo desde los ojos y desde los sentimientos de sus dos esposas. El libro habla del hombre no de la obra; la escritora argentina lo aclara desde el principio. Y dice: “Sé lo bastante (de música) para saber que no sé nada”. Y para que no queden dudas de sus conocimientos exclama: “He vivido cerca de hombres que realmente sabían de ese misterio de los sonidos: Stravinsky, el genio indiscutido, para mí, de su época; Ansermet, Juan José Castro. Me he visto, durante meses, con Stravinsky y con Ansermet mañana, tarde y noche. Stravinsky ha vivido en mi casa. Hemos hablado, o más bien dicho, ellos han hablado de música delante de mí. Esto basta para que me sepa siquiera callar oportunamente”. El pensar que Igor Stravinsky y Ernest Ansermet –el genio musical del siglo XX, el uno, y el gran director de orquesta el otro– dieran a Victoria calidad de interlocutora, habla a las claras de sus conocimientos e inteligencia. Esta circunstancia valoriza superlativamente la negativa a hablar de música que se autoimpone nuestra escritora. El genio de Eisenach fue esencialmente un hombre de familia que gozaba de la vida familiar. Amó a sus esposas y en cierta oportunidad comentó que la felicidad que le producía María Bárbara, su primera mujer, le impedía escribir “dos o tres versos tristes” para una melodía que tenía en mente. Y a modo de justificación pregunta: “¿Cómo va a escribir el feliz Cantor canciones de añoranza si tiene a su mujer sentada en sus rodillas?”. Pero esa felicidad alternaba con la muerte, que era algo habitual dentro de una misma familia en esos tiempos; aunque con Bach ese trance parece haberse ensañado. Tuvo ocho hijos con María Bárbara de los cuales sobrevivieron sólo cuatro y con Ana Magdalena tuvo trece hijos pero sólo seis llegaron a adultos. A nosotros nos resultará difícil entender cómo la reiterada presencia de la muerte dentro de la familia no impidió la felicidad de los Bach. Si bien la mortalidad infantil era muy alta en esos tiempos y era vista como algo inexorable, esto no alcanzaría para comprender el estado de ánimo que privaba entre ellos. Victoria Ocampo atribuye esa capacidad de sublimación a “la vocación por el amor conyugal” que tenía nuestro músico. Un amor que se prolongaba en los niños y se consolidaba férreamente en el amor a la música que toda la familia profesaba. Podemos imaginar sin esfuerzo cómo en la numerosa mesa familiar de los Bach la temática musical se intercalaba con la realidad cotidiana. También debemos tener en cuenta que Bach fue un hombre de fe, como lo revelan su obra y su vida. Como buen protestante tenía a Lutero como guía espiritual y, cuando sus múltiples ocupaciones le permitían un respiro, nuestro músico leía al reformador religioso. Lo hacía junto a su mujer y en una de esas cesiones exclamó: “¿No es maravilloso, Magdalena, que tú y yo, por medio de este libro podamos hablar con Lutero, preguntarle su opinión, y obtener respuestas? ¡Con cuánta consideración debemos tratar los libros que contienen la sabiduría del pasado!”. Ana Magdalena era una muchacha que tenía veinte años cuando conoció a un Bach viudo, con cuatro hijos y quince años mayor que ella. Cuenta que quedó grabado para siempre en su memoria el día que Juan Sebastián, con un brazo alrededor de su cintura, tocó una fuga sin dejar de abrazarla. Ya casada reafirmaría esta ventura al decir “¡Qué felicidad era ser la esposa de Bach para una mujer golosa de fugas!”. Los Bach perduraron durante doscientos años y de esa larga continuidad familiar salieron ciento noventa músicos, muchos de ellos muy buenos. Juan Sebastián, la alhaja mayor de ese joyero inmenso, fue tataranieto de Vito Bach, el primer músico de la familia y fundador de una dinastía incomparable. Fue la música la savia que nutrió durante dos siglos a esta enorme progenie. Mientras hoy el psicoanálisis insiste en cuestionar los mandatos familiares, la familia Bach fue, en el pasado, ejemplo exitoso de continuidad cultural en el mismo grupo familiar. Resulta por demás interesante ver cómo Victoria Ocampo se identifica con Ana Magdalena. Es en relación a la primera impresión que ambas tienen al conocer al que sería su marido, la alemana, y cuando ve por primera vez a Stravinsky, la argentina. Bach había ido a ver al padre de la que sería su mujer, que también era músico. La impresión que recibe Magdalena es la siguiente: “Me pareció alto en exceso; sin embargo, no era de estatura extraordinaria, pues era poco más alto que mi padre. Pero por una causa inexplicable, daba la impresión de ser alto, ancho y fuerte…”. En 1913, año de su estreno, Victoria Ocampo asiste en París a una de las primeras representaciones de la “Consagración de la Primavera”. Debió ser, posiblemente, la única argentina que presenció el nacimiento de esa piedra basal de la música contemporánea. Victoria dice que tuvo la misma experiencia que Magdalena al conocer a Stravinsky, cuando éste salió a saludar al público, luego del estreno de la famosa obra del músico ruso. Nos lo cuenta así: “Me pareció altísimo. Estaba pálido y demacrado. Pero su presencia en el escenario, en medio de aplausos y silbidos, era imponente. No se por qué lo vi alto, él que en realidad es un hombre decididamente bajo”. Dos mujeres separadas por doscientos años de distancia temporal aprecian, en forma semejante, la humanidad de dos músicos diferentes. (*) Ex dirigente de la industria editorial

Juan Sebastián Bach, un hombre que amó mucho a sus dos mujeres y fue feliz con ellas.

Héctor Landolfi (*)