Bariloche primero

Icare tendrá que intentar manejar Bariloche en el marco de un sistema inviable, donde domina la "vieja política".

Redacción

Por Redacción

Si bien en cierto modo Bariloche es una de las ciudades más «atípicas» del país entero, las elecciones municipales que acaban de celebrarse fueron seguidas con atención por los políticos de otros lugares que esperaban detectar en su evolución y en los resultados algunas señales de lo que les tendrían reservadas las elecciones nacionales en el caso de que éstas fueran adelantadas. Puesto que el candidato radical, Guillermo Jáuregui, llegó séptimo, con menos votos que los anulados, es de suponer que sus correligionarios bonaerenses apoyarán al gobierno de Eduardo Duhalde con más fervor que antes por entender que su comprovinciano constituye la única barrera que los mantiene alejados del electorado. Con todo, aunque el triunfo del vecinalista Alberto Icare sorprendió a quienes habían creído que el beneficiado por el desplome de la administración del radical Atilio Feudal debería ser un peronista, la verdad es que los resultados no hacen pensar que Bariloche, o el país, estén por experimentar el cambio político realmente espectacular que ha sido reclamado por los que se han encolumnado tras el lema «que se vayan todos». Al fin y al cabo, a pesar de un nivel de ausentismo elevado para Bariloche, un partido tradicional -el peronismo- recaudó una cantidad respetable de sufragios y los que podrían ser considerados como representantes de una nueva clase política no consiguieron desplazar al establishment, lo cual es una lástima porque significa que conservará el poder suficiente como para neutralizar a los realmente dispuestos a afrontar las causas básicas de la debacle local.

Por tratarse del candidato de una agrupación vecinal, el Movimiento de Unidad y Participación, el ex radical Icare tendrá la opción de intentar impulsar algunas reformas que quizá no cuenten con el apoyo de los aparatos expansionistas y a menudo corruptos de los partidos nacionales que tantos perjuicios han provocado no sólo en Bariloche sino también en muchísimos otros municipios y provincias, pero si se ha propuesto lograr algo más que dedicarse a tranquilizar a los empleados municipales que siguen sin cobrar sus sueldos, no le será fácil hacerlo. Desgraciadamente para el intendente electo -y para los barilochenses-, Icare tendrá que intentar manejar la ciudad en el marco de un sistema que ha resultado ser intrínsecamente inviable de suerte que la comuna, lo mismo que el país en su conjunto, estaba condenada a caer en la bancarrota tarde o temprano debido a que los gastos aumentaban naturalmente a un ritmo que los ingresos nunca pudieron alcanzar sin subsidios eternos cada vez mayores. Además, los intereses creados propios del sistema vigente están tan firmemente atrincherados que intentar obligarlos a batirse en retirada para que la ciudad pueda comenzar nuevamente a aprovechar sus ventajas inmensas requeriría un gobierno local que fuera no meramente fuerte sino que también estuviera resuelto a luchar sin cuartel contra la «vieja política», misión ésta que podría emprender un partido vecinalista aunque no parece que Icare haya pensado en una gestión de aquel tipo.

El país está en vísperas de grandes cambios políticos. Para que sean positivos, tendrán que suponer el reemplazo de las modalidades corporativas que han hecho de la política, con todas sus muchas ramificaciones, una industria sui géneris parasitaria y tremendamente costosa por otras encaminadas a mejorar el manejo de los municipios, provincias y el país poniendo la política al servicio de la gente, como corresponde en una democracia genuina. En este sentido, Bariloche debería ser una ciudad pionera por contar con una multitud impresionante de ventajas: una industria turística ya celebrada mundialmente cuyo potencial es enorme, una cantidad notable de instituciones académicas y empresas de nivel envidiable, más una vida intelectual muy superior a la habitual fuera de la Capital Federal. Lo que no ha tenido, empero, es una administración municipal a la altura de sus habitantes, sino una maraña sobredimensionada de entidades burocráticas penosamente ineficientes que, combinada con los vicios inherentes a la cultura política nacional, se las ha arreglado para reducir lo que en buena lógica debería ser la ciudad más próspera y mejor administrada de América del Sur en una zona de desastre más.


Si bien en cierto modo Bariloche es una de las ciudades más "atípicas" del país entero, las elecciones municipales que acaban de celebrarse fueron seguidas con atención por los políticos de otros lugares que esperaban detectar en su evolución y en los resultados algunas señales de lo que les tendrían reservadas las elecciones nacionales en el caso de que éstas fueran adelantadas. Puesto que el candidato radical, Guillermo Jáuregui, llegó séptimo, con menos votos que los anulados, es de suponer que sus correligionarios bonaerenses apoyarán al gobierno de Eduardo Duhalde con más fervor que antes por entender que su comprovinciano constituye la única barrera que los mantiene alejados del electorado. Con todo, aunque el triunfo del vecinalista Alberto Icare sorprendió a quienes habían creído que el beneficiado por el desplome de la administración del radical Atilio Feudal debería ser un peronista, la verdad es que los resultados no hacen pensar que Bariloche, o el país, estén por experimentar el cambio político realmente espectacular que ha sido reclamado por los que se han encolumnado tras el lema "que se vayan todos". Al fin y al cabo, a pesar de un nivel de ausentismo elevado para Bariloche, un partido tradicional -el peronismo- recaudó una cantidad respetable de sufragios y los que podrían ser considerados como representantes de una nueva clase política no consiguieron desplazar al establishment, lo cual es una lástima porque significa que conservará el poder suficiente como para neutralizar a los realmente dispuestos a afrontar las causas básicas de la debacle local.

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