¡Basta!

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

Hacía mucho que la quería dejar. El jueves pasado estaba más decidido que las veces anteriores. Era una tarde calurosa. Cuando salí de la oficina, el primer paso lo di firme: no fui al bar. Iban a estar mis compañeros de laburo pero, sobre todo, iba a estar Karina. Ir no me hubiera ayudado, lo tenía claro. Llegué a casa bastante transpirado.

Dejé la billetera y el celular encima del mueble del living. La puerta de la cocina estaba cerrada. En ese momento no me sentí preparado para entrar y enfrentar la situación. Ni podía nombrarla. Decidí esperar un rato. Las ideas se me empezaron a confundir. Lo que no me gustaba quedaba en un segundo plano. Emergían sus escasas pero potentes virtudes. Imaginé una gota de sudor recorriendo su cuello. Muy despacio. Me dio escalofríos. Si entraba, iba a ser como siempre: la cocina en silencio y yo esperando alguna señal de lo que en realidad yo ya sabía que debía hacer.

Esta vez me juré que sería distinto. Fui directo a la habitación, me saqué la corbata, dejé la camisa húmeda sobre la silla y me puse una remera cómoda. Me quité las medias, encendí el aire acondicionado y me eché en la cama a leer una presentación que tenía que corregir. La primera página pasó rápido pero después ya no pude hacer lo mismo con la segunda.

Perdí la concentración. La imaginaba en la cocina. Inmóvil, atractiva. Pensar así no me ayudaba. Me había propuesto que no pasara ni un día más; y quería cumplir. Pero la tentación era cada vez más fuerte, más clara: quería agarrarla del cuello, urgente. Llenarme de ella, olvidarme de todo.

Me propuse ignorarla, hacer como si no estuviese. Intenté serenarme. Traté de volver a leer. No pude. Cerré los ojos pero no me dormía. Aunque fingiera que no me importaba, sabía que me estaba esperando en la cocina. Tan fría como tramposa. Desafiante. Como si estuviera dispuesta a esperar eternamente sin pedir nada a cambio. Su ligereza y su poder acrecentaban mis dudas. Postergar mi decisión y ceder, una vez más, prolongaría el drama.

Me dominaba la impotencia. Había estado pensado todo el día en la oficina: “Hoy es el día, hoy la dejo, hoy es el día, hoy la dejo…”. Me felicité por no haber ido al bar, porque ahí todo se tornaba más complicado: la charla, un trago, lo social, otro trago, Karina, el entusiasmo, una risa por acá y otra risita por allá. Excitación, exhibición. Y cuando llegara al departamento sería débil. La voluntad estaría herida y no podría resistirme a seguir igual que siempre.

Sentí culpa por Karina. Estaría ya sola en su departamento. Cansada de esperarme. En la cama mirando el techo y de reojo el celular, ilusionada con un mensaje en el que le contara que ya estaba, que hoy sí había cumplido la promesa y la había dejado. Ya sé que no se hace de un día para el otro. Pero quería darle una señal clara de que lo nuestro podía funcionar. Ella me había advertido: “La dejás o te olvidás de mí. Tenés que decir ‘basta’”.

Respiré profundo para tomar valor. Era cuestión de ir a la cocina, mirarla y decirle “basta”. Dejar claro que se había terminado, que no la necesitaba más, que me hacía mal, que así no era feliz. Pero no me animaba. Había perdido el coraje. Me daba pánico enfrentarla. Aún era vulnerable a su poder, al deseo y la ansiedad que me provocaba cuando la veía. No era la primera vez que había pensado todo esto paso a paso pero después sucumbía. Era como si un demonio me dijera “dale, una vez más y listo, la última”. Y mis planes se incendiaran.

El ultimátum de Karina volvió a resonar. Ella se merecía algo mejor. Me levanté de la cama y salí de la habitación. Caminé lento hacia la cocina. ¿Seguiría sudada? Volví a dudar. Abrí la puerta despacio y algo se quebró, porque unos segundos después ya estaba otra vez vencido: la agarré del cuello con la mano derecha, con la izquierda la destapé y, casi sin respirar, hice fondo blanco.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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