Bien por Bianca

Por Redacción

Bianca Schissi, censurada porque fue al colegio sin corpiño, dijo que la rectora que la amonestó no pronunció la palabra corpiño sino una equivalente: “No podés venir sin sostén. Sí, usó la palabra sostén”, repitió Bianca, atenta a la sutileza del lenguaje. Bien por Bianca, que distingue lo que va de “corpiño” a “sostén” y que sabe, en cuerpo propio, lo cómodo que es andar en tetas, aunque incomode a otros y otras.

Abril Viladrich, exalumna del Nacional Buenos Aires que acompañó el “corpiñazo”, contó que en el Nacional estaban prohibidos los shorts y las polleras. “Nos decían que con la ropa provocábamos o que los profesores se distraían”, explicó. (Cerca resuena el “Mirá cómo me ponés”, a cargo de reconocido actor de telenovelas, denunciado por abuso por varias de sus compañeras de elenco)

Dividida entre quienes aplaudirán a la rectora y quienes tomarán partido por Bianca y sus argumentos, se supone que la opinión pública sería unánime sobre que el tema de fondo es la sexualidad femenina y es entonces un asunto cifrado en “reglamentos de convivencia”, como los que regulan la vestimenta estudiantil en los colegios de la capital del país, disimulado o exaltado por la moda, según venga soplando el viento de la historia (recordaré siempre a mis primas riojanas, que se cosían su propia ropa, y añadían a los breteles de los soleros un delicado pasador con broches para evitar que los breteles del corpiño se deslizaran y quedaran a la vista. Yo las miraba en esa minuciosa tarea con sorpresa y curiosidad, pero nunca les pregunté por qué la hacían. Con los años comprendí que si el bretel quedaba expuesto se presumía la presencia de un corpiño y, si había corpiño, ¡había pechos de mujer!).

Hasta el siglo XIX las mujeres usaron corsé, hasta que advirtieron que la compresión de la caja torácica facilitaba la infección: dejaron de usarlo y lo quemaron en las plazas. Pero hoy está de moda llevar cintura de Barbie con pechos de Anita Ekberg en “La Dolce Vita”.

Para eso están los cirujanos que extraen costillas e injertan implantes mamarios.

Con Naomi Wolf en “El mito de la belleza” (1991) sospechamos que hay algo no dicho, entrelíneas, para que sean tan importantes asuntos tan triviales como el aspecto físico, el cuerpo, la cara, el pelo y la ropa.

En su libro muestra cómo los avances del feminismo del siglo XX desencadenaron una reacción conservadora cuya arma política consistió precisamente en el mito de la belleza, un mercado que mueve miles de millones de dólares en el mundo, entre cosmética, dietas, indumentaria y cirugías.

Pero no se trata tanto de la apariencia sino de la conducta que se espera: ser vulnerables a la aprobación ajena. Lo advirtió correctamente Bianca Schissi: la rectora desaprobó que anduviera sin sostén.

“Sospecho, dice Naomi Wolf, que si todas volviésemos mañana a casa y dijésemos que en realidad aquello no iba en serio, que renunciamos a los empleos, la autonomía, los orgasmos y el dinero, el mito aflojaría de inmediato su asedio y nos molestaría mucho menos”.

Renunciamos también a legalizar el aborto, añadimos desde acá, ya que la amonestación a Bianca llegó mientras Diputados trata una eventual ley de despenalización y las mareas feministas crecen y crecen en miles de mujeres cada vez que son llamadas a defender sus derechos. Tetas al viento o locas sin corpiño suelen verse en estas demostraciones. Eso sí que es poner el pecho a las ideas.

¿Por qué usar corpiño? El libro de Marilyn Yalom “Historia del pecho” indaga en lo que Mallarmé llamó “veladura erótica”, la región del cuerpo que concita interés sexual: los pechos en occidente, los pies pequeños en China, la nuca en Japón y las nalgas en África. De la Marianne francesa, sin corpiño ni veladura, pintada por Delacroix en “La Libertad guiando al pueblo” (1830) a las mujeres en topless el año pasado en Necochea, adonde llegó la policía para llevarlas presas, cuánto viene hablando el pecho de las mujeres sobre el peso colosal de la cultura en la autonomía de los cuerpos.

En 1971 un colectivo de mujeres de Boston publicó el libro “Nuestros cuerpos, nuestras vidas”, un aporte crucial sobre salud y sexualidad de las mujeres. Dice el prólogo: “Todas las mujeres soñamos con controlar nuestra vida pero por causas personales, sociales, políticas y demás no lo conseguimos. He aquí una reflexión: teniendo el control de nuestros cuerpos tendremos el control de nuestra vida”.

No se trata tanto de la apariencia sino de la conducta que se espera: ser vulnerables a la aprobación ajena. Lo advirtió correctamente Schissi: la rectora desaprobó que anduviera sin sostén.

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No se trata tanto de la apariencia sino de la conducta que se espera: ser vulnerables a la aprobación ajena. Lo advirtió correctamente Schissi: la rectora desaprobó que anduviera sin sostén.

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