Bienestar
La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra
EL DISPARADOR
Iván Paperdán la domina con la zurda y define cruzado, de derecha. Gol, 4-3, silbato final y triunfo contra el equipo de las estrellas del torneo.
“Fue uno de los momentos más felices de mi vida”, recuerda Iván, años después, en un asado. Isidoro Reyes, que vio aquél partido, también fue feliz en el mismo instante que su amigo.
La anécdota de sobremesa da lugar a preguntas. ¿Se puede ser felices todo el tiempo? “Nah, eso es absurdo”, coinciden.
-No somos felices o infelices siempre, como un estado permanente. Tampoco tenemos hambre las 24 horas, ni llueve sin fin -simplifica Reyes-. La felicidad es un instante, con límites difusos y un punto cumbre… Como un orgasmo, digamos.
-Me parece -añade Paperdán- que la felicidad es una experiencia individual, aún cuando sean logros colectivos como un Mundial o un viaje de egresados. También hay una felicidad de tipo existencial, que está soterrada y se nota cuando falta (enfermedad, muerte…) o cuando restalla (nacimiento, pico del amor, hito laboral…).
-Y nosotros, felices por un partido de fútbol… -se ríe Reyes.
-Bueno -sigue Paperdán- es que hay otra felicidad de tipo prosaico, mundano, casi banal: se parece más a la satisfacción de un deseo, que siempre va a depender de aquello que mueva el barómetro de la persona.
-¡¿Cómo?!
-O sea, puede ser un partido bien jugado, una compra en un shopping o la contemplación de un atardecer hermoso. En algunos casos, esa felicidad momentánea servirá para tapar el agujerito de la infelicidad más grande. En otros, será la constatación de nuestra paz. Y seguramente hablará mucho del verdadero estado en el que estamos.
-Bueno, ¿sabés qué? En sus textos -recuerda Reyes- Chiozza se esfuerza en diferenciar la felicidad y el bienestar. Es clave. Dice que la felicidad es un dibujo ilusorio que se hace construyendo lo contrario del infortunio. El que sufre hambre no se va a olvidar de dibujar la felicidad con mucha comida. El bienestar es mucho más que la felicidad porque se asimila inmediatamente, se vive, se disfruta en silencio y ni siquiera se tiene del todo consciente.
-Mirá, interesante…
-Sí, él insiste mucho en que el bienestar se obtiene como resultado de un proceso complejo, que demanda esfuerzo, y que supone una adecuada convivencia dentro de las ideas que pertenecen al organismo social del cual se forma parte, ideas que solemos llamar “ideas de una época”.
-Ah, Reyes, pero te lo estudiaste de memoria, ¿no?
-En realidad me pasé el día releyendo textos de él. Hay otra cosa que dice y me costó entender, pero me parece importante: plantea que lo que funciona bien, nuestro bienestar, está entregado a los automatismos inconscientes. Y que a la conciencia llega, sólo en parte, lo que es necesario resolver.
-¿Vos decís que entonces estamos bien? -pregunta Iván, con media sonrisa.
-En general, bastante mejor de lo que creemos. Y, no quiero ser pesado, pero conviene no olvidarse. Muchas veces nos damos cuenta de que teníamos algo valioso al perderlo, porque ahí se convierte en una carencia y su valor se hace consciente.