Billetes para sincerar la inflación

Por Redacción

No formó parte de la agenda del viaje de Mauricio Macri a Davos, destinado a presentar ante la comunidad internacional de líderes políticos y empresariales el giro en las políticas exterior y económica de la Argentina como forma de atraer inversiones. Pero a más de un observador extranjero debe haberle llamado la atención que, como parte de esos cambios, el Banco Central se apresta este año a quintuplicar la denominación del billete más alto en circulación, después de que el actual de 100 pesos sufriera una progresiva depreciación que lo ubica hoy en el equivalente de poco más de 7 dólares. En efecto, hay muy pocos países en el mundo donde el billete de máxima denominación tiene un valor tan bajo en moneda fuerte y que en el mercado interno no alcanza ya para comprar un kilo de carne o de helado. También es una rareza que, en pleno siglo XXI, haya países con inflación de dos dígitos anuales y mucho menos a lo largo de una década. Sobre un total de 180 naciones, solo un puñado de 15 mostró el año último una tasa inflacionaria de esa magnitud. La Argentina ocupa un poco decoroso segundo puesto en el podio, debajo de Venezuela (que en el 2015 tuvo un inflación estimada extraoficialmente en más de 200%) y por encima de Sudán. No es un buen antecedente para un nuevo gobierno que busca aportar más previsibilidad a la economía después del desbarajuste heredado del kirchnerismo. La emisión de los nuevos billetes de ‘200 y 500 pesos, que se concretará a partir de junio, forma parte del sinceramiento económico emprendido por el gobierno de Macri, que proyecta reducir gradualmente la inflación a un dígito anual recién para el 2019, el último año de su mandato. Aquí hay una razón más política que económica: si avanzara más rápido, debería aplicar un fuerte ajuste del déficit fiscal (hoy equivalente al 7% del PBI), que complicaría las chances del oficialismo en las elecciones legislativas del año próximo. De ahí que anunciara una reducción de un punto en el déficit primario de este año (solventado mayormente por la quita de subsidios a la energía en la capital federal y el Gran Buenos Aires) y de 1,5 en los posteriores, que de todos modos no será fácil de cumplir si la economía no vuelve a crecer a tasas del orden del 4% anual a partir del 2017, a base de mayores inversiones internas y externas. Hasta que dejó el poder el 10 de diciembre pasado, Cristina Kirchner se resistió sistemáticamente a lanzar billetes de denominaciones más altas, al menos para facilitar las transacciones en efectivo. Hubiera sido una forma de reconocer, en los hechos, la alta inflación no registrada en las politizadas estadísticas del Indec, hoy en proceso de reconstrucción. Ese cuestionable negacionismo, de todos modos, no ocultaba otras realidades. Por caso, ni la Casa de Moneda ni la sospechosamente estatizada imprenta Ciccone (tras el escándalo de Amado Boudou) daban abasto para imprimir billetes y hasta tuvo que preverse la impresión en países vecinos. Además, cuando CFK abandonó la Casa Rosada, los billetes de 100 pesos equivalían a más del 70% del total en circulación y, si se sumaban los de 50, la proporción llegaba al 80%. Otra evidencia es el deterioro por uso excesivo de los billetes para “cambio chico” (de 2, de 5 y de 10 pesos), que virtualmente desaparecieron de los cajeros automáticos y el año próximo pasarán a ser monedas metálicas. Es llamativo que el actual titular del BCRA, Federico Sturzenegger, también se oponía al lanzamiento de billetes más altos pero por otras razones. Meses atrás, cuando se desempeñaba como asesor económico del Pro, publicó en el diario “La Nación” un artículo donde sostenía que, antes de pensar en billetes de 200 y 500 pesos, la Argentina debía avanzar en el uso del dinero electrónico, a través de una mayor bancarización de la población y un menor uso de efectivo. Ahora, al anunciar días atrás la nueva línea monetaria, el comunicado oficial indicó que “de todos modos, el BCRA alentará el mayor uso de medios electrónicos de pago para las transacciones y avanzará en esa dirección en el futuro cercano”. Como uno y otro objetivo tienen plazos diferentes, Sturzenegger explicó además que “la incorporación de papel moneda de mayor denominación es una necesidad práctica para el mejor funcionamiento de cajeros automáticos y la reducción de costos de traslado de efectivo”. No le falta razón. Hace un tiempo se había anticipado en esta columna que la operatoria bancaria se había complicado al extremo por el uso intensivo de billetes de 100 pesos ante la ausencia de denominaciones más altas pese a la inflación acumulada. Esto obliga a las entidades financieras a recargar con más frecuencia los cajeros automáticos, aumenta las fallas técnicas y encarece el transporte de caudales; sobre todo hacia los Tesoros del BCRA en las provincias, donde es obligatoria la custodia de los camiones por fuerzas oficiales de seguridad. A eso se sumaba, hasta fin del año pasado, que las trabas oficiales complicaban la importación de repuestos para los cajeros y muchos bancos debían desarmar equipos fuera de servicio para utilizar sus piezas en otros. Por otro lado, Sturzenegger estimó en 80% el ahorro de costos de impresión cuando se emitan los nuevos billetes de 500 pesos, una cifra que proporcionalmente se reducirá a la mitad en el 2017 ante la aparición de los billetes de 1.000. A valores de hoy, esos billetes equivaldrían a casi 36 y 72 dólares, respectivamente. Otro motivo de polémica fue la decisión del directorio del BCRA de incorporar a la nueva línea de billetes (que el año próximo agregará a los actuales series de 20, de 50 y de 100 pesos) las imágenes de animales de la fauna autóctona de distintas regiones del país, en reemplazo de próceres y figuras políticas. Desde un enfoque regional, el intendente de Puerto Madryn cuestionó un error de ubicación de las aletas en el dibujo de la ballena franca austral que ilustrará los nuevos billetes de 200 pesos, que se supone será corregido. Desde el ángulo político, en cambio, el extitular del BCRA Alejandro Vanoli se acordó recién ahora de difundir facsímiles de nuevos billetes de 200 pesos (con la imagen de Hipólito Yrigoyen) y de 500 pesos (con la de Juan Domingo Perón) que, según dijo, tenía previsto lanzar este año, se supone si no renunciaba a su cargo. Estos cruces pueden resultar atractivos para los medios y la opinión pública, pero ocultan lo esencial. En el período 2002/2015 la inflación argentina acumuló una suba de nada menos que 1.000% y provocó enormes distorsiones en la economía y la distribución del ingreso. La mejor manera de rendir homenaje a los próceres y figuras políticas relevantes no es colocar sus imágenes en billetes cada vez más desvalorizados, sino preservar el valor de la moneda para que el dólar no sea la única referencia. Seguramente la histórica frase de Eva Perón (“Volveré y seré millones”) no tenía nada que ver con la enorme cantidad de billetes impresos con su imagen en estos años en reemplazo del general Julio A. Roca. Ni el general José de San Martín soñaba para la Argentina un futuro en el que su figura se redujera a una moneda de ínfimo valor. Y donde no pocos funcionarios se enriquecieron por el solo hecho de haber ocupado un cargo público.

Néstor Scibona nestorscibona@gmail.com (Especial para “Río Negro”)

“Desde el Banco Central, Sturzenegger estimó en 80% el ahorro de costos de impresión cuando se emitan los nuevos billetes de 500 pesos”.