Bisagra

Por Redacción

Los hechos ocurridos esta semana autorizan a pensar en una suerte de bisagra en la Convención Constituyente.

Inventada por el gobernador en su puja insomne por mantener la iniciativa política, para algunos un asunto con olor a petróleo, para otros un recurso de su campaña nacional, la reforma sobischista prometía poco menos que refundar la provincia.

El proyecto original apuntaba a modificar 248 de los 313 artículos de la Constitución del '57. Entre otras cuestiones, pretendía un cambio radical del régimen económico para conceder a las empresas petroleras -definidas por el gobernador como sus «aliadas estratégicas»- un marco jurídico hecho a medida. También, apuntaba a una reforma política que en lo sustancial pretendía recortar el poder de las minorías. Uno y otro tema pusieron desde un comienzo en guardia a la oposición, que vio en ellos un intento inaceptable de consolidar institucionalmente el hegemonismo del partido provincial.

Sin embargo, las elecciones del 23 de octubre dejaron al gobierno en una situación de relativa debilidad. Sea porque reaccionó en defensa de una Constitución -que se cuenta entre las más avanzadas del país-, sea porque no alcanzó a entender qué se estaba cocinando en el fogón del poder, el grueso del electorado se pronunció, por acción u omisión, contra la reforma del oficialismo. En tales circunstancias, el MPN quedó sin peso suficiente para acometer los cambios propuestos.

Así fue como los principales operadores del gobierno comenzaron a hablar de «consenso» -una palabreja exótica en un partido que cultiva la obediencia debida a un jefe considerado poco menos que infalible- y sacaron a relucir una propuesta de reforma mucho más acotada que la original.

Contrariamente a lo que todos esperaban, la oposición, fragmentada por múltiples diferencias, depuso sus mezquindades y cerró filas en torno a un programa de tres puntos, acaso consciente de la necesidad de conjurar la amenaza latente contra la norma fundamental del Estado.

Fue entonces cuando el quiroguismo -que tras la derrota electoral había quedado a merced del MPN- tomó la decisión de distanciarse de sus compromisos electorales con la oposición, en un claro guiño al gobierno provincial en procura de asegurarse la ansiada gobernabilidad.

De esta forma, sus convencionales le dieron al MPN la posibilidad de encaramar a Sobisch en la presidencia y de imponer un cuestionable esquema de funcionamiento, que le asegure al gobierno el control de todo lo que llegue al recinto.

Consciente de que una jugada como esta compromete su credibilidad política, el quiroguismo buscó presentar su cuestionada convergencia de hecho con Sobisch, como una muestra de coherencia con su compromiso previo de impulsar el cambio de sólo 15 puntos de la Constitución.

Faltaba hasta ahora -y en buena medida, falta aún- verificar si el quiroguismo se contentará con rendirle al MPN este servicio a cambio de alguna reciprocidad en el Concejo Deliberante, o se atreverá a cruzar el Rubicón del toma y daca político, plegándose a la demanda de acometer cambios más profundos y polémicos. La semana que termina despuntó con una ofensiva del emepenista para profundizar su plan, reflotando dos de los aspectos más polémicos de su proyecto original: las reformas al régimen económico y al sistema de representación política.

Un giro de esta naturaleza -Sobisch siempre dobla la apuesta- no podía menos que poner a prueba al circunstancial aliado del gobierno. El quiroguismo se vio -y todavía se ve- obligado a elegir entre profundizar su acuerdo con el gobierno, soltando definitivamente amarras con el resto del arco opositor, o pisar el freno en el servicio brindado al oficialismo, ajustándose estrictamente a su coartada de los 15 puntos.

La primera evidencia de que esto último podría estar ocurriendo, la proporcionó el sorpresivo giro del quiroguista Hugo Prieto al votar, por primera vez junto a la oposición, contra el proyecto del MPN que pretendía incluir la representación territorial en la elección de los diputados, un esquema dirigido a yugular la presencia de minorías en la Cámara.

La segunda, fue cuando Prieto se plegó a la postura del arco opositor que el viernes intentaba, sin éxito, introducir en la nueva Constitución una cláusula transitoria para cerrarle el paso a la re- reelección de Sobisch en el 2007.

En este contexto, menos favorable de lo que imaginaba cuando le tiró el caballo encima al quiroguismo, el MPN resolvió retirar por ahora su controvertido proyecto de reforma del régimen económico, acaso a la espera de que sus aliados de la UCR reflexionen sobre sus próximos pasos.

Aunque ya está claro que esta Convención no dejará de dar sorpresas hasta el último día, por los indicios dados esta semana no parece que Quiroga -al cabo, consciente de los costos que ha tenido su giro ante el electorado-, vaya a profundizar sus acuerdos con el oficialismo en torno a la Constituyente.

«Sobisch confunde caballerosidad con sumisión», se lamentaron en el entorno del intendente, y negaron que hayan existido reuniones con el sobischismo para concertar los alcances del acuerdo. Sólo se produjeron «algunos encuentros casuales con Salvatori», precisan.

Dejan saber que no incluir en la Constitución un cambio en el estatus de las concesiones petroleras -concretamente, dejar sentado que los yacimientos se pueden adjudicar a empresas privadas- es un «anacronismo». Pero razonan que en las actuales circunstancias «no están dadas las condiciones» para concretarlo, porque el aire está «enrarecido de sospechas». Lo mejor -dicen- será «dejar este cambio para el futuro».

En la carpa chica del radicalismo no se cansan de repetir también que no es Quiroga sino el partido el que les da las órdenes a los convencionales. Aunque admiten que estos últimos consultan con el intendente los pasos a seguir.

Reconocen que Quiroga quería una reforma más profunda, pero aseguran que, tal y como están las cosas, Prieto y Burgos se ajustarán a los 15 puntos prometidos.

Tampoco hacen un mundo de las atenciones que les pudiera dispensar el sobischismo en el Concejo para retribuir su «caballerosidad». «A lo sumo, necesitamos un año, porque el próximo es de campaña», se agrandan.

HECTOR MAURIÑO

vasco@rionegro.com.ar