Buitres contra kirchneristas

Redacción

Por Redacción

Al presidente norteamericano Barack Obama y a la jefa del FMI, Christine Lagarde, no les gustan para nada los “fondos buitre”; los toman por predadores inescrupulosos que operan siempre al filo de la ley. Sin embargo, parecería que les gusta aún menos el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de ahí la negativa de Washington a darle una mano en su disputa con los especialistas en hostigar a países reacios a pagar sus deudas y la voluntad de Lagarde de desistir de intervenir ante la Corte Suprema de Estados Unidos a favor de la Argentina. Si bien temen que un eventual triunfo legal de tales fondos en el Estado de Nueva York complicara mucho los esfuerzos de países como Grecia por reestructurar sus deudas, a su juicio brindar la impresión de avalar la conducta de nuestro gobierno tendría consecuencias todavía peores. Tal actitud por parte de Obama, Lagarde y muchos otros puede entenderse. Voceros oficiales kirchneristas, entre ellos el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, han dejado saber que el gobierno no prestaría atención alguna a un fallo adverso de la Cámara Federal de Nueva York, subrayando así el desdén que sienten por las normas que rigen en el resto del planeta. Asimismo, ya es rutinario que el gobierno kirchnerista pase por alto los fallos del Ciadi, el organismo del Banco Mundial encargado de arreglar diferencias relativas a las inversiones transnacionales, negándose a pagar las multas que, sumadas, ya superan los 1.000 millones de dólares. Huelga decir que el dinero pasajeramente ahorrado así es una pequeña fracción del perdido de resultas de la imagen lamentable que la Argentina tiene en el exterior. Desgraciadamente para el gobierno, y para el país, lo que a menudo parece funcionar muy bien en el escenario político interno suele resultar contraproducente en el internacional. Por cierto, los intentos de emplear en Estados Unidos y Europa métodos cuyo exponente más destacado es el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, sólo han servido para profundizar cada vez más la brecha tanto política como psicológica que se da entre el kirchnerismo y el mundo desarrollado. Puede que la presidenta se haya convencido de que el desprecio por la Justicia local que ha manifestado últimamente la ayudará a conservar el poder que tanto necesita para ahorrarse problemas en el futuro, pero sucede que en los países democráticos más avanzados escasean los dispuestos a permitirle mofarse de las normas con impunidad. Mal que le pese a Cristina, no quieren que las relaciones internacionales se rijan conforme a pautas que acaso sean apropiadas para una interna peronista en una de las zonas más turbulentas del conurbano bonaerense. Obligados a elegir entre dos alternativas malas, la representada por los “fondos buitre” por un lado y, por el otro, la prepotencia kirchnerista, el gobierno estadounidense ha optado por la neutralidad, presionando al FMI para que compartiera su postura aunque, según Lagarde, los técnicos de la entidad creen que, de ratificarse el fallo de noviembre pasado del juez neoyorquino Thomas Griesa, el impacto podría tener consecuencias peligrosas para otros países. En opinión de muchos, tienen razón los que suponen que sería mejor que en esta oportunidad el gobierno de Cristina se saliera con las suyas o, cuando menos, que los tribunales estadounidenses fallaran de un modo lo bastante ambiguo para que cantara victoria, de lo que sería correr el riesgo de provocar una nueva crisis financiera en la Eurozona. No es que sientan simpatía por la Argentina, es que se preocupan mucho por el futuro inmediato de Grecia y otros miembros insolventes de la Unión Europea. Por lo demás, pueden señalar que a esta altura sería de esperar que las dificultades humillantes que ha tenido que enfrentar Cristina en su larga batalla contra los “fondos buitre” hayan servido para advertir a los tentados a imitarla de que no les convendría hacerlo. En efecto, tanto ha sufrido la reputación del gobierno kirchnerista que, para Obama y sus asesores, merece ser tratado en pie de igualdad con buscadores de ganancias fáciles que se han acostumbrado a aprovechar la debilidad de países paupérrimos caídos en bancarrota que, a diferencia de la Argentina, no cuentan con recursos naturales abundantes que pueden exportar sin tener que depender de inversiones extranjeras.


Al presidente norteamericano Barack Obama y a la jefa del FMI, Christine Lagarde, no les gustan para nada los “fondos buitre”; los toman por predadores inescrupulosos que operan siempre al filo de la ley. Sin embargo, parecería que les gusta aún menos el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de ahí la negativa de Washington a darle una mano en su disputa con los especialistas en hostigar a países reacios a pagar sus deudas y la voluntad de Lagarde de desistir de intervenir ante la Corte Suprema de Estados Unidos a favor de la Argentina. Si bien temen que un eventual triunfo legal de tales fondos en el Estado de Nueva York complicara mucho los esfuerzos de países como Grecia por reestructurar sus deudas, a su juicio brindar la impresión de avalar la conducta de nuestro gobierno tendría consecuencias todavía peores. Tal actitud por parte de Obama, Lagarde y muchos otros puede entenderse. Voceros oficiales kirchneristas, entre ellos el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, han dejado saber que el gobierno no prestaría atención alguna a un fallo adverso de la Cámara Federal de Nueva York, subrayando así el desdén que sienten por las normas que rigen en el resto del planeta. Asimismo, ya es rutinario que el gobierno kirchnerista pase por alto los fallos del Ciadi, el organismo del Banco Mundial encargado de arreglar diferencias relativas a las inversiones transnacionales, negándose a pagar las multas que, sumadas, ya superan los 1.000 millones de dólares. Huelga decir que el dinero pasajeramente ahorrado así es una pequeña fracción del perdido de resultas de la imagen lamentable que la Argentina tiene en el exterior. Desgraciadamente para el gobierno, y para el país, lo que a menudo parece funcionar muy bien en el escenario político interno suele resultar contraproducente en el internacional. Por cierto, los intentos de emplear en Estados Unidos y Europa métodos cuyo exponente más destacado es el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, sólo han servido para profundizar cada vez más la brecha tanto política como psicológica que se da entre el kirchnerismo y el mundo desarrollado. Puede que la presidenta se haya convencido de que el desprecio por la Justicia local que ha manifestado últimamente la ayudará a conservar el poder que tanto necesita para ahorrarse problemas en el futuro, pero sucede que en los países democráticos más avanzados escasean los dispuestos a permitirle mofarse de las normas con impunidad. Mal que le pese a Cristina, no quieren que las relaciones internacionales se rijan conforme a pautas que acaso sean apropiadas para una interna peronista en una de las zonas más turbulentas del conurbano bonaerense. Obligados a elegir entre dos alternativas malas, la representada por los “fondos buitre” por un lado y, por el otro, la prepotencia kirchnerista, el gobierno estadounidense ha optado por la neutralidad, presionando al FMI para que compartiera su postura aunque, según Lagarde, los técnicos de la entidad creen que, de ratificarse el fallo de noviembre pasado del juez neoyorquino Thomas Griesa, el impacto podría tener consecuencias peligrosas para otros países. En opinión de muchos, tienen razón los que suponen que sería mejor que en esta oportunidad el gobierno de Cristina se saliera con las suyas o, cuando menos, que los tribunales estadounidenses fallaran de un modo lo bastante ambiguo para que cantara victoria, de lo que sería correr el riesgo de provocar una nueva crisis financiera en la Eurozona. No es que sientan simpatía por la Argentina, es que se preocupan mucho por el futuro inmediato de Grecia y otros miembros insolventes de la Unión Europea. Por lo demás, pueden señalar que a esta altura sería de esperar que las dificultades humillantes que ha tenido que enfrentar Cristina en su larga batalla contra los “fondos buitre” hayan servido para advertir a los tentados a imitarla de que no les convendría hacerlo. En efecto, tanto ha sufrido la reputación del gobierno kirchnerista que, para Obama y sus asesores, merece ser tratado en pie de igualdad con buscadores de ganancias fáciles que se han acostumbrado a aprovechar la debilidad de países paupérrimos caídos en bancarrota que, a diferencia de la Argentina, no cuentan con recursos naturales abundantes que pueden exportar sin tener que depender de inversiones extranjeras.

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