Caída libre

Por doloroso que les resulte, los ecuatorianos no tienen otra opción que adaptarse al siglo XXI.

Por Redacción

A diferencia de los movimientos golpistas de otros tiempos, el que se conformó brevemente en Ecuador antes de que los mandos militares optaran por intentar “salir” del embrollo que se había creado aprobando el reemplazo como presidente de Jamil Mahuad por el hasta entonces vicepresidente Gustavo Noboa, se debió más a la desesperación que a la voluntad de transformar el país. Ni el coronel Lucio Gutiérrez que encabezó el putsch ni el líder indígena Antonio Vargas que lo había acompañado parecieron tener ideas muy claras sobre lo que podría hacerse para poner fin a la espiral descendente en la que Ecuador está atrapado. Aunque han podido señalar que la política económica de Mahuad, mandatario que poco antes de ser desplazado intentó salvarse ordenando la dolarización, depauperaba aún más a la mayoría ya paupérrima, no les ha sido dado proponer un camino menos cruel por la razón muy sencilla de que hasta ahora nadie ha podido encontrarlo.

Los más indignados por la dolarización, medida que Noboa, político estrechamente vinculado con el empresariado de Guayaquil, ratificó enseguida, son los indígenas, los cuales la ven como otro golpe contra sus propios intereses, y en el contexto sociopolítico de Ecuador es probable que tengan razón. En un país que está empobreciéndose cada vez más, virtualmente cualquier medida estabilizadora concebible será aprovechada sin remordimiento por los más fuertes en desmedro de los débiles. Sin embargo, de por sí la dolarización es neutra por ser compatible tanto con el “neoliberalismo” sin límites como con un esquema redistribucionista, y si bien no necesariamente ayudaría mucho a los más pobres, al frenar el proceso degenerativo supuesto por la inflación inmanejable les ahorraría más penurias. Como hemos tenido ocasión de aprender, la anarquía económica puede favorecer la ilusión de que por fin los rezagados estén por recibir una parte mayor de la torta, pero en realidad los beneficios que brinda son efímeros y presagian tiempos todavía más duros.

De haberse consolidado la alianza de militares populistas con indígenas naturalmente enfurecidos, el futuro inmediato de Ecuador hubiera sido sombrío por la negativa de los demás gobiernos americanos, entre ellos el estadounidense, a cohonestar un régimen golpista. Pero el que Ecuador se haya salvado del aislamiento político y económico al improvisar una salida de apariencia constitucional no quiere decir que en adelante todo le resulte más fácil. Por el contrario, además de enfrentarse con una situación económica catastrófica que amenaza con agravarse aún más, el nuevo gobierno tendrá que buscar una forma de convencer a los dirigentes de las comunidades indígenas de que no serán víctimas de otra maniobra urdida por la elite económica. De persistir el clima actual, la brecha que separa a los indios de los demás no podrá sino continuar creciendo, lo cual plantearía el peligro de que surjan movimientos indisimuladamente secesionistas.

Ecuador se ve frente a dos desafíos entrelazados. Uno, que por ahora parece el más urgente, está relacionado con la necesidad de tomar medidas concretas que contribuyan a estabilizar una economía que está desmoronándose. Otro, a primera vista meramente teórico pero así y todo más importante, tiene que ver con la evidente incapacidad de los dirigentes, trátese de conservadores o de progresistas, de entender lo que está sucediendo tanto en su país como en el exterior. Por doloroso que les resulte, los ecuatorianos no tienen otra opción que la de adaptarse mentalmente al mundo del siglo XXI en el que las respuestas que estaban en boga hace veinte o treinta años ya no sirven para nada. Mahuad, al aferrarse a la dolarización cuando su presidencia ya se desintegraba, por lo menos manifestó comprender que las recetas tradicionales se habían hecho inútiles. Su sucesor, Noboa, parece compartir su opinión en cuanto a las ventajas de abandonar el sucre por el dólar, pero al hacerlo en medio de la confusión desatada por un golpe fallido ha reducido la posibilidad de que los indígenas lo acepten como el mal menor.