Calma relativa
Es necesario que Lavagna se las ingenie para irradiar calma y la conciencia de que en una crisis tremenda será forzoso actuar con la máxima energía.
Tal y como muchos habían previsto, gracias a la ayuda que le fue prestada por el Banco Central el primer día de la gestión de Roberto Lavagna transcurrió sin que hubiera señales de pánico en el mercado cambiario, lo cual, luego de un feriado prolongado, le habrá motivado satisfacción, pero si bien el nuevo ministro de Economía ha logrado tranquilizar a muchos al convencerlos de que no es su intención producir novedades espectaculares, «anclando» el peso al dólar estadounidense o rompiendo con el Fondo Monetario Internacional, no tardará en verse frente a desafíos similares a aquellos que tantos problemas depararon al igualmente tranquilizador Jorge Remes Lenicov. Mal que le pese a un funcionario que se siente orgulloso de su propia moderación -Lavagna, de perfil «industrialista», confiesa ser «ortodoxo» pero no demasiado-, en vista del estado de la economía argentina el gobierno tendrá que emprender medidas drásticas muy pronto porque de lo contrario la situación no puede sino agravarse. Por lo tanto, es necesario que el ministro se las ingenie para irradiar a un tiempo calma y la conciencia de que en una crisis tan tremenda como la que estamos viviendo será forzoso actuar con la máxima energía. Conforme a Lavagna, la clase política entiende que «estamos en una situación extrema, al borde de la caída», y en consecuencia hará gala de su sensatez: de ser así, se trataría de una sorpresa muy grata porque a juzgar por la conducta reciente del Congreso y del Poder Judicial, si algo distingue a la clase política nacional no es ni su equilibrio ni su voluntad de dejarse intimidar por un desastre que ya ha depauperado a millones de personas.
Como Remes descubrió, en el exterior pocos se sienten impresionados por las dificultades netamente políticas que según los voceros oficiales impiden que el gobierno haga frente a los problemas estructurales que provocaron la catástrofe, de suerte que a menos que la estrategia instrumentada por Lavagna sea decididamente más resuelta de lo que haría suponer su estilo la realidad, representada en esta ocasión por los acreedores externos y por el FMI, se encargará de obligarlo a actuar. Al fin y al cabo, las reformas que están reclamando todos los gobiernos de los países más poderosos no reflejan su «dureza», sino el hecho patente de que sin cambios profundos la Argentina seguirá volviéndose cada vez más pobre y menos «viable». Puede que el flamante ministro tenga razón al insistir en que los déficit fiscales de las provincias no alcanzan para explicar las dimensiones del colapso, pero acaso no le hubiera convenido brindar a ciertos gobernadores otro pretexto para demorar los ajustes inevitables que en buena lógica le correspondería concretar aun cuando no hubiera crisis financiera alguna, porque está entre las causas fundamentales de la miseria característica de muchas jurisdicciones que, bien gobernadas, podrían disfrutar de prosperidad.
Según Lavagna, por ahora las prioridades absolutas consisten en el corralito, el CER y la ley de «subversión económica» -un engendro heredado del proceso militar- y la de Quiebras. Sin embargo, detrás de estas pesadillas coyunturales se encuentra otra que es más temible aún: la hiperinflación. No se habrá equivocado el ministro al atribuir el aumento de precios de abril -habló del diez por ciento- a la incertidumbre que se ha apoderado de los empresarios y comerciantes, pero, como aprendimos antes de la puesta en marcha del plan de convertibilidad , no sirven para mucho las explicaciones puntuales de esta clase que suelen esgrimirse con el propósito de restar importancia a síntomas alarmantes. De origen psicológico o consecuencia directa de una devaluación pésimamente manejada, la inflación es una realidad que bien podría cobrar fuerza incontenible en los meses próximos. A juicio de algunos especialistas, a menos que Lavagna consiga apagar los focos de incendio dentro de dos semanas, podríamos experimentar el fenómeno totalmente anómalo de un estallido inflacionario en un país casi sin dinero en efectivo, con los salarios deprimidos y una tasa elevadísima de desocupación, factores que, antes de optar Duhalde por devaluar, muchos consideraban una barrera antiinflacionaria infranqueable.
Tal y como muchos habían previsto, gracias a la ayuda que le fue prestada por el Banco Central el primer día de la gestión de Roberto Lavagna transcurrió sin que hubiera señales de pánico en el mercado cambiario, lo cual, luego de un feriado prolongado, le habrá motivado satisfacción, pero si bien el nuevo ministro de Economía ha logrado tranquilizar a muchos al convencerlos de que no es su intención producir novedades espectaculares, "anclando" el peso al dólar estadounidense o rompiendo con el Fondo Monetario Internacional, no tardará en verse frente a desafíos similares a aquellos que tantos problemas depararon al igualmente tranquilizador Jorge Remes Lenicov. Mal que le pese a un funcionario que se siente orgulloso de su propia moderación -Lavagna, de perfil "industrialista", confiesa ser "ortodoxo" pero no demasiado-, en vista del estado de la economía argentina el gobierno tendrá que emprender medidas drásticas muy pronto porque de lo contrario la situación no puede sino agravarse. Por lo tanto, es necesario que el ministro se las ingenie para irradiar a un tiempo calma y la conciencia de que en una crisis tan tremenda como la que estamos viviendo será forzoso actuar con la máxima energía. Conforme a Lavagna, la clase política entiende que "estamos en una situación extrema, al borde de la caída", y en consecuencia hará gala de su sensatez: de ser así, se trataría de una sorpresa muy grata porque a juzgar por la conducta reciente del Congreso y del Poder Judicial, si algo distingue a la clase política nacional no es ni su equilibrio ni su voluntad de dejarse intimidar por un desastre que ya ha depauperado a millones de personas.
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