Canal caos

Por Redacción

Según el presidente Fernando de la Rúa, los administradores menemistas del canal estatal ATC no sólo dejaron un déficit «tremendo» que de no haberse producido le hubiera permitido «resolver los problemas de tantas provincias», sino que también «se robaron todo» en la emisora. Se trata de una opinión que muchos compartirán. El país ya está harto de tener que soportar los costos de todo tipo supuestos por la existencia de una multitud de organismos estatales grotescamente ineficaces que sólo sirven para que militantes políticos vivan a expensas del resto de la comunidad. Sin embargo, si bien la denuncia formulada por De la Rúa debería significar el inicio de una serie de demandas legales contra los responsables, por comisión u omisión, de semejante atropello, con toda probabilidad será tratada como otra manifestación esencialmente política encaminada a convencer a la ciudadanía de que la estrechez actual se debe al despilfarrro menemista. Asimismo, sorprendería que la agresión física de la cual fue víctima el director de noticias, Eduardo Cura, por parte de un sindicalista matonesco, diera lugar a la reacción judicial correspondiente. Cuando los conflictos pueden calificarse de «políticos» o «gremiales», la voluntad de los protagonistas de atenerse a las normas de convivencia encarnadas por la ley no suele ser muy fuerte.

De todos modos, la decisión del nuevo régimen encabezado por el empresario Juan Carlos Abarca de despedir a «los ñoquis» es claramente legítima, aunque es de esperar que en esta ocasión no elija reemplazarlos por otros de militancia aliancista, respetando de ese modo una tradición nefasta que ha contribuido mucho a perjudicar tanto a ATC como a virtualmente todas las demás dependencias del Estado. Aunque el gobierno del presidente De la Rúa dice tener la intención de que el canal cumpla una función pública, lo cual supone que la programación reflejará valores que sean distintos de los imperantes en las emisoras comerciales, esto no necesariamente quiere decir que lo mantendrá tan politizado como antes. Puede que sean pocos los funcionarios que tomen realmente en serio la distinción entre lo público y lo político, pero a menos que en esta oportunidad la subrayen para entonces actuar en consecuencia, el melodrama largo y costoso de ATC nunca llegará a su final porque lo único que se cambiaría sería el estilo, con el sindicado como «menemista» cediendo su lugar a otro de características «delarruistas».

Hasta ahora, este canal presuntamente público pero en realidad gubernamental se las ha arreglado para combinar lo peor del comercialismo con lo peor del estatismo, produciendo a un costo exagerado programas de calidad lamentable que nadie quiere mirar, de ahí su estado patético actual. A fin de remediar esta situación, el interventor ha despedido a 27 personas, pero tendrá que alejar a muchas más para que el plantel se aproxime a lo que es apropiado no tanto por razones económicas cuanto por profesionales o, si se prefiere, artísticas. Es que el saneamiento contable del canal podría resultar relativamente fácil en comparación con las otras asignaturas pendientes. Siempre y cuando rehúse dejarse intimidar por los gremialistas, cualquier administrador eficaz estaría en condiciones de asegurar que los gastos de una emisora no superen los ingresos. Sin embargo, ocurre que, lo mismo que en muchas otras reparticiones estatales, en ATC los costos supuestos por un superávit de empleados, algunos de los cuales ocupan cargos que en teoría son importantes, no se limitan a los supuestos por los sueldos. También es necesario incluir los atribuibles a su mera presencia, la cual estorba el trabajo de los auténticamente capaces, lo cual, en una organización en la cual la creatividad cumple un papel muy significante, no puede sino resultar suicida. Por lo tanto, luego de llevarse a cabo la depuración que está en marcha, los encargados de administrar ATC tendrán que hacer frente al desafío planteado por las dudas en cuanto al rol que podría desempeñar el canal en una sociedad que sabe mucho del estatismo y del mercado, pero que todavía no tiene muy en claro en qué debería consistir lo público.