Caos preelectoral
Si bien la consigna de «que se vayan todos» ha perdido su encanto original al darse cuenta la ciudadanía de que aun cuando la clase política actual optara por despedirse los problemas del país no desaparecerían, esto no significa que la ciudadanía haya decidido conformarse con algunos retoques mínimos. Pese a los intentos de prohombres como el ex presidente Raúl Alfonsín de hacer pensar que somos víctimas de un orden internacional perverso, la mayoría cree que el establishment peronista y radical que domina el país desde hace muchas décadas es responsable de la decadencia. Sin embargo, lejos de procurar mejorar su desempeño a fin de reconciliarse con sus compatriotas defraudados, las figuras más emblemáticas de la clase política están resistiéndose obstinadamente a modificar su conducta. Para colmo, las polémicas furiosas que han sido desatadas por el intento oficial de organizar internas partidarias abiertas parecen destinadas a probar que por razones que podrían calificarse de «técnicas» la renovación deseada será imposible, que, por absurdo que sea, en el caso de que se celebren elecciones en la fecha prevista los votantes se encontrarán frente a una gama desconcertante de lemas y sublemas o de candidatos partidarios repudiados por una cantidad notable de líneas internas rivales. Aunque el tema de las preelecciones partidarias, el que ha mantenido en vilo a la clase política nacional durante semanas y que amenaza con provocar convulsiones violentas en el seno del justicialismo, no carece de importancia, tiene muy poco que ver con los problemas principales del país.
La obsesión con las internas no es un asunto menor. Se trata de una enfermedad típica de una clase política que ha conseguido separarse del resto de la comunidad, logro que a su vez está en la raíz del fracaso histórico de una dirigencia nacional que a pesar de contar con materia prima más que adecuada no ha sabido asegurar que la Argentina se desarrollara tal y como han hecho tantos otros países de rasgos similares. No es que nuestros políticos sean congénitamente peores que sus equivalentes canadienses, australianos, españoles e italianos. Es que en los países mencionados la ciudadanía ha podido impedir, aunque sólo fuera en los años últimos, que «los políticos» se distanciaran del resto de la sociedad, votándose privilegios encaminados a otorgarles el status de integrantes de una especie de burocracia vitalicia intocable que se apoya en una clientela muy numerosa, pero aquí sí han podido hacerlo con la consecuencia acaso inevitable de que desplazar a los líderes se ha vuelto casi imposible.
Los desastres de las décadas últimas, de los que el ocurrido a fines del año pasado fue la culminación lógica, se debieron en buena medida a que los políticos mismos habían inutilizado los mecanismos que en teoría debería facilitar el recambio constante de autoridades partidarias y legisladores. Como la experiencia de otros países ha mostrado una y otra vez, los cambios de este tipo, aun cuando no parezcan necesarios, son fundamentales para que una sociedad pueda adaptarse continuamente a circunstancias siempre nuevas. Las fórmulas exitosas de una etapa suelen perder eficacia en la siguiente, pero, como es natural, los comprometidos con ellas se resisten a entenderlo, razón por la que conviene permitir que otros tomen su lugar. De más está decir que en nuestro país la renovación así supuesta es apenas concebible. Nuestros caudillos políticos, sean líderes nacionales u operadores municipales, raramente dan un paso al costado antes de que la muerte los haya sorprendido, de suerte que es común que un «carismático», rodeado por quienes dependen de su buena voluntad, lleve la voz cantante en un partido durante veinte o treinta años, y que los afiliados terminen creyendo que su misión en esta vida consiste en reivindicar a su jefe aferrándose a planteos grotescamente anticuados. En efecto, el conservadurismo de la clase política nacional ha alcanzado extremos tan notables que no extraña en absoluto que los demás hayan querido dejarla donde está porque saben que les es necesario seguir viaje, propuesta que a juzgar por su conducta los dirigentes no tienen ninguna intención de respetar a pesar de que su actitud plantee el riesgo de que al bifurcarse los caminos la ruptura resultante sea violenta.
Si bien la consigna de "que se vayan todos" ha perdido su encanto original al darse cuenta la ciudadanía de que aun cuando la clase política actual optara por despedirse los problemas del país no desaparecerían, esto no significa que la ciudadanía haya decidido conformarse con algunos retoques mínimos. Pese a los intentos de prohombres como el ex presidente Raúl Alfonsín de hacer pensar que somos víctimas de un orden internacional perverso, la mayoría cree que el establishment peronista y radical que domina el país desde hace muchas décadas es responsable de la decadencia. Sin embargo, lejos de procurar mejorar su desempeño a fin de reconciliarse con sus compatriotas defraudados, las figuras más emblemáticas de la clase política están resistiéndose obstinadamente a modificar su conducta. Para colmo, las polémicas furiosas que han sido desatadas por el intento oficial de organizar internas partidarias abiertas parecen destinadas a probar que por razones que podrían calificarse de "técnicas" la renovación deseada será imposible, que, por absurdo que sea, en el caso de que se celebren elecciones en la fecha prevista los votantes se encontrarán frente a una gama desconcertante de lemas y sublemas o de candidatos partidarios repudiados por una cantidad notable de líneas internas rivales. Aunque el tema de las preelecciones partidarias, el que ha mantenido en vilo a la clase política nacional durante semanas y que amenaza con provocar convulsiones violentas en el seno del justicialismo, no carece de importancia, tiene muy poco que ver con los problemas principales del país.
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