Capitalistas consecuentes

Consecuentes con sus ideas, millonarios norteamericanos se oponen a la derogación del impuesto a la herencia.

Por Redacción

Para asombro de sus congéneres de América Latina y otras regiones del Tercer Mundo, un centenar de multimillonarios estadounidenses ha formado un lobby con la finalidad de oponerse a la propuesta de abolir el impuesto a la herencia formulada por el presidente George W. Bush. La tesis de este grupo, el que incluye personas tan célebres como Bill Gates, George Soros y David Rockefeller, es sencilla: sus miembros creen que no es meramente injusto sino también económica y socialmente perverso que fortunas adquiridas sobre la base del «mérito» sean heredadas intactas por individuos ya acostumbrados a la riqueza que, obvio es decirlo, tendrán actitudes y objetivos muy distintos. Desde su punto de vista, sus familiares ya han contado con un sinnúmero de ventajas negadas a los demás, de suerte que sería mejor que se vieran obligados a esforzarse un poco compitiendo con rivales no tan favorecidos por el éxito económico de sus mayores. Asimismo, señalan que de abolirse el impuesto a la herencia las autoridades tendrían que recuperar el dinero gravando más a los sectores menos acomodados o abandonar muchos programas que aportan al bien común, mientras que se disminuiría el interés en el mecenazgo que tanto ha contribuido a fomentar la cultura en los Estados Unidos.

A diferencia de tantos ricos de otras latitudes, los multimillonarios norteamericanos que se han sumado a esta campaña entienden que una sociedad dominada por los dueños de fortunas heredadas será decididamente menos vigorosa que otra más «meritocrática», en la que los ingresos guarden cierta relación con las actividades de sus integrantes. Tienen razón. En la raíz del extraordinario poderío económico estadounidense está el compromiso generalizado, compartido por los más ricos y los más pobres, con el sistema capitalista y con los valores en los que se inspira. Es una sociedad que es congénitamente contraria a las oligárquicas plagadas de rentistas irresponsables y amantes del lujo que suelen caracterizarse por la voluntad de los ya ricos y poderosos de cerrar la puerta a todos salvo los ya incluidos. Conscientes de esta realidad, los millonarios que se han afirmado en favor de la redistribución constante de la riqueza dicen que la eliminación del impuesto a la herencia -el cual en su país está entre los más altos del mundo, afectando a más de la mitad de los activos cuando éstos superan los tres millones de dólares- equivaldría a «elegir el equipo olímpico del 2020 limitándose a los hijos mayores de los medallistas de oro que triunfaron en los juegos de Sydney en el 2000».

Exageran un tanto Gates y sus compañeros al dar por descontado que si no fuera por el impuesto a la herencia los descendientes de los ricos lograrían transformarse en miembros de una suerte de casta económicamente superior que andando el tiempo se las arreglaría para dominar la vida de su país, convirtiendo a los Estados Unidos en un simulacro de la Rusia zarista. Por fortuna, siempre ha sido muy grande la capacidad de los herederos de multimillonarios para despilfarrar el dinero acumulado por sus antepasados incluso en países como el nuestro, en los que la mera idea de que convendría gravar las grandes fortunas suele considerarse una herejía casi subversiva propia de izquierdistas envidiosos. A pesar del afán llamativo de tantos ricos de asegurar que todo su dinero quede en manos de sus familiares, es común que vivan en la miseria nietos y bisnietos de personajes notorios por las dimensiones insólitas de sus patrimonios. Por cierto, no son muchas las fortunas decimonónicas que han sobrevivido hasta nuestros día. Sin embargo, lejos de constituir un buen motivo para dejar de preocuparse por el impuesto a la herencia, la propensión de los retoños de familias acaudaladas a malgastar lo que han conseguido con tanta facilidad ya por su conducta manirrota, ya por el manejo ineficiente de la empresa familiar, sugiere que lo mejor que puede hacer un buen padre es obligar a sus hijos, los cuales ya habrán recibido una educación privilegiada, a valerse por sí mismos o, en el caso de aquellos que se interesan en algo más que el estado de su cuenta bancaria, a aprender a conformarse con un ingreso tal vez respetable pero nada fabuloso.