Caprichos costosos

Redacción

Por Redacción

La costumbre oficial de exagerar la tasa de crecimiento con el propósito de ganar más votos y, es de suponer, estimular a los empresarios le costó al país por lo menos 2.000 millones de dólares, el monto entregado a los tenedores de bonos atados a la evolución del producto bruto interno. Asimismo, la campaña virulenta que está librando la presidenta Cristina Kirchner contra el Fondo Monetario Internacional que, según ella, su difunto marido y muchos otros, fue el gran responsable de la debacle económica del 2001 y el 2002, hizo demorar varios años el acuerdo con el Club de París, lapso en que la suma debida subió de 6.000 a 9.700 millones. Aunque Cristina festejó como un triunfo histórico la ausencia formal de representantes del FMI en las negociaciones que culminaron la semana pasada, se trataba de un detalle menor ya que su eventual presencia no hubiera cambiado nada porque los norteamericanos, europeos y japoneses comparten todas sus opiniones, en caso contrario reemplazarían enseguida a los dirigentes y técnicos del organismo por otros. De todos modos, la directora del FMI, Christine Lagarde, no vaciló en avalar el arreglo con los países acreedores, lo que no motivó sorpresa alguna. Además de gastar miles de millones de dólares en un esfuerzo inútil por convencer al mundo, y al electorado local, de que el famoso “modelo” kirchnerista crecía a un ritmo “chino” y por mantener a raya a una institución multilateral que a su manera encarna la ortodoxia occidental, para reconciliarse con las grandes empresas petroleras el gobierno de Cristina tuvo que pagarle a Repsol el equivalente a más de 5.000 millones: al apropiarse de las acciones de los españoles en YPF, el entonces viceministro de Economía Axel Kicillof nos dijo que, lejos de darles dinero, ellos tendrían que compensarnos por presuntos daños ambientales. Pero sólo se trataba de un cuento, de un relato que con toda seguridad tendrá un lugar entre los más caros de la historia. A cambio del aplauso de los militantes oficialistas, Cristina, Kicillof y otros voceros del gobierno nacional privaron al país de la posibilidad de sacar provecho de una coyuntura internacional insólitamente favorable asustando tanto a los inversores extranjeros en potencia que, hasta ahora, los únicos tentados por las riquezas encontradas en Vaca Muerta han sido los norteamericanos de Chevron. Nunca sabremos exactamente cuánto nos ha costado la vehemencia verbal de Cristina y sus partidarios, pero es razonable suponer que habría sido más que suficiente para saldar una parte sustancial de la llamada deuda social. En los últimos meses se ha consolidado la convicción de que, antes de finalizar la gestión de Cristina, llegará un tsunami de inversiones porque todos los candidatos presidenciales con posibilidades son moderados que, aun cuando algunos no sientan mucho entusiasmo por los modelos liberales, entienden que es necesario que las reglas sean claras y que el gobierno respete la ley. Quienes piensan así estarían en lo cierto si tanto en el exterior como en el país mismo se diera el consenso de que el kirchnerismo ha sido una aberración y que nunca más caería la clase política argentina en la trampa tendida por el populismo voluntarista, pero dicha tradición ha echado raíces tan profundas que tendrían que transcurrir varios años antes de que la confianza se consolidara. Mucho dependerá de la forma en que los sucesores de Cristina manejen los enormes problemas que les aguardan: una pesada deuda que incluye la debida al Club de París, un déficit energético pavoroso, un gasto público insostenible, una tasa de inflación que estará entre las más altas del planeta, la corrupción endémica y así largamente por el estilo. Es más que probable que pasen meses, tal vez años, antes de que se haga sentir el previsto ingreso de inversiones importantes pero, puesto que la ciudadanía nunca se ha destacado por su paciencia, sería difícil convencerla de que los problemas más urgentes se debieron no a la falta de solidaridad de quienes para entonces estén a cargo de la economía sino a los errores cometidos por un gobierno que, según parece, creyó a pies juntillas en su propio relato y por lo tanto apostó el futuro del país a que, andando el tiempo, constituiría una nueva realidad.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 5 de junio de 2014


La costumbre oficial de exagerar la tasa de crecimiento con el propósito de ganar más votos y, es de suponer, estimular a los empresarios le costó al país por lo menos 2.000 millones de dólares, el monto entregado a los tenedores de bonos atados a la evolución del producto bruto interno. Asimismo, la campaña virulenta que está librando la presidenta Cristina Kirchner contra el Fondo Monetario Internacional que, según ella, su difunto marido y muchos otros, fue el gran responsable de la debacle económica del 2001 y el 2002, hizo demorar varios años el acuerdo con el Club de París, lapso en que la suma debida subió de 6.000 a 9.700 millones. Aunque Cristina festejó como un triunfo histórico la ausencia formal de representantes del FMI en las negociaciones que culminaron la semana pasada, se trataba de un detalle menor ya que su eventual presencia no hubiera cambiado nada porque los norteamericanos, europeos y japoneses comparten todas sus opiniones, en caso contrario reemplazarían enseguida a los dirigentes y técnicos del organismo por otros. De todos modos, la directora del FMI, Christine Lagarde, no vaciló en avalar el arreglo con los países acreedores, lo que no motivó sorpresa alguna. Además de gastar miles de millones de dólares en un esfuerzo inútil por convencer al mundo, y al electorado local, de que el famoso “modelo” kirchnerista crecía a un ritmo “chino” y por mantener a raya a una institución multilateral que a su manera encarna la ortodoxia occidental, para reconciliarse con las grandes empresas petroleras el gobierno de Cristina tuvo que pagarle a Repsol el equivalente a más de 5.000 millones: al apropiarse de las acciones de los españoles en YPF, el entonces viceministro de Economía Axel Kicillof nos dijo que, lejos de darles dinero, ellos tendrían que compensarnos por presuntos daños ambientales. Pero sólo se trataba de un cuento, de un relato que con toda seguridad tendrá un lugar entre los más caros de la historia. A cambio del aplauso de los militantes oficialistas, Cristina, Kicillof y otros voceros del gobierno nacional privaron al país de la posibilidad de sacar provecho de una coyuntura internacional insólitamente favorable asustando tanto a los inversores extranjeros en potencia que, hasta ahora, los únicos tentados por las riquezas encontradas en Vaca Muerta han sido los norteamericanos de Chevron. Nunca sabremos exactamente cuánto nos ha costado la vehemencia verbal de Cristina y sus partidarios, pero es razonable suponer que habría sido más que suficiente para saldar una parte sustancial de la llamada deuda social. En los últimos meses se ha consolidado la convicción de que, antes de finalizar la gestión de Cristina, llegará un tsunami de inversiones porque todos los candidatos presidenciales con posibilidades son moderados que, aun cuando algunos no sientan mucho entusiasmo por los modelos liberales, entienden que es necesario que las reglas sean claras y que el gobierno respete la ley. Quienes piensan así estarían en lo cierto si tanto en el exterior como en el país mismo se diera el consenso de que el kirchnerismo ha sido una aberración y que nunca más caería la clase política argentina en la trampa tendida por el populismo voluntarista, pero dicha tradición ha echado raíces tan profundas que tendrían que transcurrir varios años antes de que la confianza se consolidara. Mucho dependerá de la forma en que los sucesores de Cristina manejen los enormes problemas que les aguardan: una pesada deuda que incluye la debida al Club de París, un déficit energético pavoroso, un gasto público insostenible, una tasa de inflación que estará entre las más altas del planeta, la corrupción endémica y así largamente por el estilo. Es más que probable que pasen meses, tal vez años, antes de que se haga sentir el previsto ingreso de inversiones importantes pero, puesto que la ciudadanía nunca se ha destacado por su paciencia, sería difícil convencerla de que los problemas más urgentes se debieron no a la falta de solidaridad de quienes para entonces estén a cargo de la economía sino a los errores cometidos por un gobierno que, según parece, creyó a pies juntillas en su propio relato y por lo tanto apostó el futuro del país a que, andando el tiempo, constituiría una nueva realidad.

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