Capriles contra Chávez
Aunque los simpatizantes del presidente venezolano Hugo Chávez dicen estar convencidos de que le espera otro triunfo contundente en las elecciones del domingo próximo, ya que según ellos aventaja a su rival por al menos diez puntos, muchos oficialistas temen que, luego de 14 años de poder casi absoluto, “el comandante” sufra una derrota a manos de Henrique Capriles Radonski, el joven candidato opositor que cerró su campaña ante una multitud impresionante de personas –sus partidarios hablan de “más de un millón”– en el centro de Caracas. La manifestación masiva de apoyo callejero a Capriles hizo recordar las que presagiaron la victoria del radical Raúl Alfonsín en las elecciones presidenciales de 1983, cuando la mayoría aún suponía que el peronismo seguiría resultando invencible. Con todo, mientras que en aquella ocasión los peronistas que, no lo olvidemos, se habían comprometido a respetar la “autoamnistía” militar, acataron sin protestar el veredicto de las urnas, el propio Chávez ha afirmado que, si gana Capriles, podría estallar “una guerra civil” en Venezuela, mientras que el domingo pasado matones oficialistas asesinaron a balazos a tres opositores. A juicio de algunos dirigentes chavistas, las elecciones democráticas sólo sirven si les gustan los resultados; caso contrario, tendrían derecho a emplear métodos más “revolucionarios” para conservar el poder. Huelga decir que el clima de intimidación que se creado favorece a Chávez. En la mayoría de los países democráticos, la tesis resumida por la consigna de un asesor del expresidente estadounidense Bill Clinton, “es la economía, estúpido”, es más que suficiente como para explicar las vicisitudes electorales de los gobernantes pero, bien que mal, no resulta aplicable en Venezuela. Si lo fuera, Capriles triunfaría con facilidad, ya que en el transcurso de su gestión larguísima Chávez se las ha arreglado para depauperar un país que, merced al precio estratosférico del petróleo, se ha visto beneficiado por el ingreso, a partir de diciembre de 1999, de la friolera de aproximadamente 700.000 millones de dólares. Sin embargo, a pesar de la bonanza así supuesta, se ha reducido mucho el poder de compra de todos salvo los privilegiados de la llamada “boliburguesía” oficialista, la tasa de inflación es superior incluso a la argentina, los apagones son rutinarios, los servicios públicos apenas funcionan, Venezuela figura entre los países más corruptos del planeta y Caracas se ha convertido en la capital mundial de los asesinatos. Así y todo, no cabe duda de que Chávez sigue contando con el apoyo fervoroso de los muchísimos venezolanos que ven en él un luchador incansable contra la injusticia social y, por extraño que parezca, contra la pobreza. Como otros líderes populistas carismáticos, el comandante domina el arte de aprovechar sus propios fracasos, atribuyéndolos ya al “imperio” norteamericano, ya a la maldad siniestra de los “oligarcas” locales, razón por la que es posible que el domingo se anote otro triunfo electoral aunque, según algunas encuestas, lo que le aguarda es una sorpresa muy ingrata. Sería tentador atribuir el poder que ha adquirido el chavismo a la voluntad de millones de venezolanos de dejarse engañar por un caudillo populista, pero sucede que distan de ser los únicos que toman en serio las pretensiones del autoproclamado inventor del “socialismo del siglo XXI”. Aunque su gestión ha sido un auténtico desastre, Chávez ha conseguido erigirse en un referente internacional importante, no sólo porque ha entregado miles de millones de dólares a quienes dicen compartir sus ideas, sino también porque desde hace años libra una feroz guerra verbal contra Estados Unidos, aliándose con todos los enemigos declarados del “imperio”, entre ellos los dictadores de países como Bielorrusia, Corea del Norte, el recién asesinado tirano libio Muammar Gaddafi, el sirio Bashar al-Assad y, por supuesto, los teócratas iraníes, lo que le ha permitido congraciarse con personajes de la franja más rencorosa de la izquierda latinoamericana, norteamericana y europea. De más está decir que tanto ellos como quienes quisieran que los venezolanos tuvieran un gobierno menos conflictivo, y mucho más eficaz, que el encabezado por Chávez, están pendientes de los resultados de las elecciones del domingo.
Aunque los simpatizantes del presidente venezolano Hugo Chávez dicen estar convencidos de que le espera otro triunfo contundente en las elecciones del domingo próximo, ya que según ellos aventaja a su rival por al menos diez puntos, muchos oficialistas temen que, luego de 14 años de poder casi absoluto, “el comandante” sufra una derrota a manos de Henrique Capriles Radonski, el joven candidato opositor que cerró su campaña ante una multitud impresionante de personas –sus partidarios hablan de “más de un millón”– en el centro de Caracas. La manifestación masiva de apoyo callejero a Capriles hizo recordar las que presagiaron la victoria del radical Raúl Alfonsín en las elecciones presidenciales de 1983, cuando la mayoría aún suponía que el peronismo seguiría resultando invencible. Con todo, mientras que en aquella ocasión los peronistas que, no lo olvidemos, se habían comprometido a respetar la “autoamnistía” militar, acataron sin protestar el veredicto de las urnas, el propio Chávez ha afirmado que, si gana Capriles, podría estallar “una guerra civil” en Venezuela, mientras que el domingo pasado matones oficialistas asesinaron a balazos a tres opositores. A juicio de algunos dirigentes chavistas, las elecciones democráticas sólo sirven si les gustan los resultados; caso contrario, tendrían derecho a emplear métodos más “revolucionarios” para conservar el poder. Huelga decir que el clima de intimidación que se creado favorece a Chávez. En la mayoría de los países democráticos, la tesis resumida por la consigna de un asesor del expresidente estadounidense Bill Clinton, “es la economía, estúpido”, es más que suficiente como para explicar las vicisitudes electorales de los gobernantes pero, bien que mal, no resulta aplicable en Venezuela. Si lo fuera, Capriles triunfaría con facilidad, ya que en el transcurso de su gestión larguísima Chávez se las ha arreglado para depauperar un país que, merced al precio estratosférico del petróleo, se ha visto beneficiado por el ingreso, a partir de diciembre de 1999, de la friolera de aproximadamente 700.000 millones de dólares. Sin embargo, a pesar de la bonanza así supuesta, se ha reducido mucho el poder de compra de todos salvo los privilegiados de la llamada “boliburguesía” oficialista, la tasa de inflación es superior incluso a la argentina, los apagones son rutinarios, los servicios públicos apenas funcionan, Venezuela figura entre los países más corruptos del planeta y Caracas se ha convertido en la capital mundial de los asesinatos. Así y todo, no cabe duda de que Chávez sigue contando con el apoyo fervoroso de los muchísimos venezolanos que ven en él un luchador incansable contra la injusticia social y, por extraño que parezca, contra la pobreza. Como otros líderes populistas carismáticos, el comandante domina el arte de aprovechar sus propios fracasos, atribuyéndolos ya al “imperio” norteamericano, ya a la maldad siniestra de los “oligarcas” locales, razón por la que es posible que el domingo se anote otro triunfo electoral aunque, según algunas encuestas, lo que le aguarda es una sorpresa muy ingrata. Sería tentador atribuir el poder que ha adquirido el chavismo a la voluntad de millones de venezolanos de dejarse engañar por un caudillo populista, pero sucede que distan de ser los únicos que toman en serio las pretensiones del autoproclamado inventor del “socialismo del siglo XXI”. Aunque su gestión ha sido un auténtico desastre, Chávez ha conseguido erigirse en un referente internacional importante, no sólo porque ha entregado miles de millones de dólares a quienes dicen compartir sus ideas, sino también porque desde hace años libra una feroz guerra verbal contra Estados Unidos, aliándose con todos los enemigos declarados del “imperio”, entre ellos los dictadores de países como Bielorrusia, Corea del Norte, el recién asesinado tirano libio Muammar Gaddafi, el sirio Bashar al-Assad y, por supuesto, los teócratas iraníes, lo que le ha permitido congraciarse con personajes de la franja más rencorosa de la izquierda latinoamericana, norteamericana y europea. De más está decir que tanto ellos como quienes quisieran que los venezolanos tuvieran un gobierno menos conflictivo, y mucho más eficaz, que el encabezado por Chávez, están pendientes de los resultados de las elecciones del domingo.
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