Carrera contra el reloj
SEGÚN LO VEO
Los oficialistas más combativos, personajes como el locuaz chaqueño Jorge Capitanich, están tratando de convencernos de que el gobierno se ve amenazado por una multitud de golpistas judiciales, mediáticos y financieros que quieren voltearlo. Les entusiasma la idea, ya que para ellos se trataría de una solución: les sería muchísimo más digno figurar en los libros de historia como paladines heroicos de la democracia que ser recordados por defender a los acusados de enriquecerse a costillas de sus compatriotas. Pero, lo mismo que aquellos bárbaros que, según el gran poeta de Alejandría Constantino Cavafis, también eran “una solución” para los habitantes de una ciudad imperial que no querían prestar atención a sus propias deficiencias, los golpistas sólo existen en la imaginación febril de quienes esperan con impaciencia su llegada. Todos los políticos del país juran estar resueltos a hacer lo posible para asegurar que Cristina termine su gestión el 10 de diciembre del año entrante. Puede que haya oficialistas que sueñen con un golpe salvador como los de antes, ya que a su entender les supondría un triunfo moral, pero parecería que la mayoría quiere aprovechar el tiempo que le queda preparándose para afrontar la temporada en un llano inhóspito, de ahí el intento de hacer del Poder Judicial un reducto kirchnerista inexpugnable.
En cuanto a los opositores, son reacios a apurarse porque no les gustaría para nada encargarse prematuramente del desaguisado socioeconómico fenomenal que dejarán los kirchneristas. La experiencia les ha enseñado que sería un error fatal movilizarse a destiempo para ahorrarle al país un colapso catastrófico. No lo dicen, pero los más lúcidos creen que sería saludable que la gente aprendiera de una vez que es suicida dejarse seducir por demagogos irresponsables e inescrupulosos.
Si sólo fuera cuestión de la voluntad del grueso de los miembros de la clase política nacional, pues, se respetaría a rajatabla el calendario institucional, pero los hay que temen que un buen día se vea reemplazado por otro. Los nerviosos tienen tres buenos motivos para preocuparse. Uno es el precario estado de salud de Cristina, una señora que, según parece, no está en condiciones de soportar mucho estrés sin estallar de furia ensañándose con sus principales colaboradores por no haber estado a la altura de sus responsabilidades.
Otro, claro está, es la evolución imprevisible de una economía que en cualquier momento podría escaparse de las manos de un gobierno que es llamativamente inepto y que, de todos modos, está comprometido emotivamente con teorías tan heterodoxas que ni siquiera los gurúes favoritos de Cristina, eminencias norteamericanas como Paul Krugman y Joseph Stiglitz, las toman en serio. Cristina misma ha pronosticado que antes de las fiestas navideñas se producirían saqueos que, dijo, organizarían sindicalistas opositores: para que no se repitan los desmanes del año pasado, dispuso la creación de un Comité de Emergencia del tipo habitualmente satanizado por quienes se califican de luchadores sociales.
El tercer motivo de inquietud es el más urticante. Se trata del avance inexorable, y cada vez más rápido, de la Justicia. El allanamiento de una empresa estrechamente vinculada con la familia Kirchner, Hotesur SA, hizo sonar muchas alarmas; significó que la presidenta ha dejado de ser intocable. Algunos jueces, además de los sabuesos contratados por los fondos buitre, le están pisando los talones; podrían alcanzarla bien antes de la hora indicada.
Para los kirchneristas más aguerridos, todo lo malo se debe forzosamente a una conspiración planetaria en contra del proyecto nacional y popular. Como la ubicua sinarquía que asustaba a los padres y abuelos de los jóvenes militantes kirchneristas en los años setenta del siglo pasado, los enemigos actuales del bien tienen su cuartel general en Estados Unidos, donde están los nidos de los inmundos “buitres”, y cuentan con un ejército de colaboracionistas locales, “cipayos” vinculados con los “poderes concentrados” y, huelga decirlo, los medios destituyentes. Para luchar contra esta alianza perversa, Cristina, Axel Kicillof y compañía minimizan la gravedad de la crisis económica por suponer que servirá para atenuar el impacto y atribuyen motivos políticos a los jueces interesados en rastrear la ruta tomada por “el dinero K”.
Para los líderes de la oposición, decidir cómo reaccionar frente a lo que está ocurriendo no es del todo fácil. No lo es porque lo último que quieren es matar al gobierno, mientras que incluso limitarse a herirlo podría perjudicarlos porque haría aún menos manejable “la herencia” que a algunos les tocará recibir, pero no pueden brindar la impresión de estar decididos a perdonarle sus muchos pecados.
Puesto que no son capaces de incidir en la evolución de la averiada economía nacional, ya que los kirchneristas se resisten a “dialogar” con quienes no comparten sus prioridades, sólo pueden rezar para que no quepan dudas en cuanto a la identidad de los responsables de arruinarla. Asimismo, si bien no les convendría que la ofensiva de los “caranchos judiciales” contra Lázaro Báez, es decir, contra Cristina, tuviera consecuencias tan explosivas como sería lógico prever si encuentran pruebas contundentes de que la familia Kirchner ha estado lavando dinero mal habido en escala industrial, no están dispuestos a cohonestar los delitos atribuidos a la presidenta, su marido difunto y aquellos miembros de su entorno que dominan el arte de transmutar poder político en dinero. Les sería reconfortante convencerse de que lo del saqueo de miles de millones de dólares fue una burda exageración, que sólo ha sido cuestión de algunas irregularidades anecdóticas, pero si alguna vez hubo quienes dudaron de la veracidad de las denuncias formuladas por quienes se han mantenido al tanto de las actividades políticas y empresariales de los Kirchner desde que debutaron en Santa Cruz hace tiempo que cambiaron de opinión.
Con todo, si bien los dirigentes opositores preferirían que las investigaciones en marcha culminaran poco antes del 10 de diciembre del año venidero, no cuando aún le aguarde a Cristina más de medio año en el poder, saben que no les es dado programar el futuro con precisión. Tienen que prepararse anímicamente para hacer frente a una realidad alarmante, lo que sería el caso si la salud de Cristina la traicionara, se produjera un retroceso económico aún más grave que los ya habituales o surgiera una novedad judicial lo bastante fuerte como para modificar drásticamente el panorama político nacional.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON