La confianza también se roba

Carta de Lector

Por Carta de lector

Javier Genoud

DNI 17.506.130

Cada tanto, una causa judicial vuelve a ocupar los titulares. Cambian los nombres, cambian los gobiernos, cambian los discursos. Lo que parece no cambiar nunca es la sensación de que la Argentina está condenada a repetir la misma historia. No se trata solamente de un expediente judicial. Detrás de cada causa de corrupción hay hospitales que no se construyeron, escuelas que quedaron inconclusas, rutas que nunca se terminaron, viviendas que jamás recibieron quienes las esperaban.

Hay familias que pagaron con sus impuestos un futuro que otros transformaron en un negocio. Lo más doloroso no es descubrir un nuevo escándalo. Lo verdaderamente triste es que ya casi no sorprende. Nos acostumbramos a leer cifras millonarias desviadas mientras millones de argentinos hacen enormes esfuerzos para llegar a fin de mes. Nos acostumbramos a escuchar promesas de transparencia que terminan archivadas entre expedientes interminables.

La corrupción no tiene camiseta. No reconoce colores partidarios ni ideologías. Cuando el poder se utiliza para beneficio personal, el perjudicado siempre es el mismo: el ciudadano común, el que trabaja, paga impuestos y espera que esos recursos vuelvan convertidos en oportunidades. Y mientras las causas se extienden durante años, la sociedad contempla cómo muchas veces las responsabilidades parecen diluirse entre apelaciones, demoras y tecnicismos. La Justicia tiene la obligación de respetar el debido proceso y la presunción de inocencia, pero también necesita ofrecer respuestas en tiempos razonables para que la confianza pública no termine erosionándose.

Quizás el mayor daño de la corrupción no sea solamente el dinero perdido. Es el robo silencioso de la esperanza. Es convencer a generaciones enteras de que el esfuerzo vale menos que los privilegios y que el poder siempre encuentra una salida distinta a la del ciudadano común.

Argentina merece otra historia. Una donde administrar recursos públicos vuelva a ser un honor y no una oportunidad para enriquecerse; donde quien cometa un delito responda ante la Justicia sin importar su apellido, su cargo o el gobierno al que pertenezca; donde la ley deje de distinguir entre poderosos y ciudadanos. Porque un país no se destruye únicamente cuando le roban dinero. También se destruye cuando le roban la confianza. Y esa es, quizás, la deuda más grande que todavía tenemos con nosotros mismos.


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Javier Genoud

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