Urbanismo a dos capas

Por Carta de Lectores

Javier Genoud

DNI 17.506.130

En General Roca decían que la ciudad estaba cada vez más linda. Las avenidas brillaban al sol, las obras avanzaban y en cada esquina alguien repetía que el progreso ya había llegado. Don Ernesto, que barría su vereda todas las mañanas, empezó a notar algo raro.

Cuando juntaba la tierra del cordón, no encontraba solo hojas: había pedazos de promesas viejas, dudas sin responder y cuentas que nadie terminaba de entender.

Todo eso, mezclado, formaba un polvo gris que el viento llevaba lejos, justo cuando pasaba alguien mirando lo nuevo. Una tarde decidió no barrer.

Se sentó en el borde de la calle recién asfaltada y dejó que el polvo se acumulara.

Los colores seguían ahí, impecables, pero ya no tapaban del todo lo que había debajo. Algunos vecinos se molestaron.

Otros empezaron a mirar. Y Don Ernesto, mirando la avenida reluciente, pensó en silencio:

¿Queremos una ciudad que brille o una donde sepamos, de verdad, qué estamos pisando? Porque hay ciudades que avanzan, y otras que solo se maquillan.


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