Chantaje electoral

Redacción

Por Redacción

Como Ricardo López Murphy reconoció en los días finales de su campaña, sus rivales peronistas contaban con una ventaja que ellos mismos vacilarían en reivindicar en público pero que así y todo estaban plenamente dispuestos a aprovechar, una ventaja que, esgrimida sin miramientos por Néstor Kirchner en la semana previa a los comicios, lo perjudicó mucho. Se trataba de la convicción muy difundida de que en la Argentina actual el único partido que está en condiciones de asegurar «la gobernabilidad» es el Justicialista. Esta «verdad» no tiene nada que ver con los talentos administrativos de los peronistas. Se basa por completo en que abundan los «muchachos» del PJ que siempre estarán listos para intimidar a sus adversarios, organizar disturbios callejeros, promover paros generales por motivos políticos o, en una emergencia, «solucionar» un problema engorroso con armas de fuego. Si bien a partir de 1983 los peronistas fueron por lo común menos violentos de lo que habían sido antes, el que desde «la restauración de la democracia» los dos gobiernos no peronistas se hayan visto obligados a renunciar antes de finalizar su período, entregando el poder a un peronista, ya nos dice mucho sobre esta particularidad desafortunada de la política nacional. Aunque hubo una diferencia muy grande entre la renuncia de Raúl Alfonsín por un lado y, por el otro, la caída, a raíz de disturbios imputados a los seguidores del cacique bonaerense Eduardo Duhalde, de Fernando de la Rúa, no cabe duda de que la sensación de que peronismo equivale a poder auténtico y no meramente legítimo incidió profundamente en el curso de los acontecimientos.

Así, pues, en cierto modo el PJ cumple un papel antes reservado a las Fuerzas Armadas, el de ser el último baluarte hacia el cual el país puede replegarse en aquellas ocasiones en las que los ciudadanos tienen buenos motivos para temer a la anarquía. Y, tal y como sucedía entre 1930 y 1983, la presencia misma de una organización supuestamente capaz de garantizar el orden contribuye a asegurar su propio protagonismo. Por cierto, de no haber sido por la reputación ruda del peronismo, sobre todo del bonaerense que está tan íntimamente vinculado con la policía provincial, sería más que probable que el PJ ya hubiera compartido el destino de la UCR, que por no tener nada más que ofrecerle al país ha quedado virtualmente eliminada de la lista de opciones políticas serias.

Puede que haya muchos peronistas que preferirían que su movimiento dejara de depender tanto del miedo que todavía inspira, de ahí las muchas alusiones recientes a «la gobernabilidad», para que la gente siguiera votándolo por respetar a sus dirigentes por su capacidad y por considerar sabias sus propuestas, pero mientras ciertos compañeros continúen apreciando el valor de lo que últimamente se ha dado en llamar el «estilo Barrionuevo», el PJ seguirá siendo un imán para elementos marginales que no titubearán en hacer uso de los métodos delictivos tradicionales. Aunque es necesario que los partidos cuyos líderes esperan ser elegidos para encabezar un gobierno sepan afirmar su autoridad, existe una diferencia muy grande entre el respeto automático que se deriva de la legitimidad y el temor ya a represalias, ya a que sin una mano dura el país se deslice hacia el caos debido precisamente a la combatividad y la falta de escrúpulos de los deseosos de gobernarlo. Parecería que la Argentina se encontraba más cerca del miedo colectivo ante lo que podría suceder si el eventual ganador del proceso electoral no hubiera sido un peronista, que de la voluntad de hacer valer las instituciones sin tomar en cuenta la afiliación partidaria del próximo presidente. Hasta que éste no sea el caso, nuestra democracia permanecerá distorsionada por la conciencia de que en última instancia el electorado no se siente totalmente libre para manifestar su opinión, sino que ha tenido que pensar en la posibilidad nada teórica de que podría resultarle físicamente peligroso negarse a votar en favor de los representantes de un partido político determinado que por cierto no es una agrupación menor, factor que, de más está decirlo, no suele incidir en las campañas que se celebran en la mayoría de las democracias maduras.


Como Ricardo López Murphy reconoció en los días finales de su campaña, sus rivales peronistas contaban con una ventaja que ellos mismos vacilarían en reivindicar en público pero que así y todo estaban plenamente dispuestos a aprovechar, una ventaja que, esgrimida sin miramientos por Néstor Kirchner en la semana previa a los comicios, lo perjudicó mucho. Se trataba de la convicción muy difundida de que en la Argentina actual el único partido que está en condiciones de asegurar "la gobernabilidad" es el Justicialista. Esta "verdad" no tiene nada que ver con los talentos administrativos de los peronistas. Se basa por completo en que abundan los "muchachos" del PJ que siempre estarán listos para intimidar a sus adversarios, organizar disturbios callejeros, promover paros generales por motivos políticos o, en una emergencia, "solucionar" un problema engorroso con armas de fuego. Si bien a partir de 1983 los peronistas fueron por lo común menos violentos de lo que habían sido antes, el que desde "la restauración de la democracia" los dos gobiernos no peronistas se hayan visto obligados a renunciar antes de finalizar su período, entregando el poder a un peronista, ya nos dice mucho sobre esta particularidad desafortunada de la política nacional. Aunque hubo una diferencia muy grande entre la renuncia de Raúl Alfonsín por un lado y, por el otro, la caída, a raíz de disturbios imputados a los seguidores del cacique bonaerense Eduardo Duhalde, de Fernando de la Rúa, no cabe duda de que la sensación de que peronismo equivale a poder auténtico y no meramente legítimo incidió profundamente en el curso de los acontecimientos.

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