Chile evoluciona

La victoria de Lagos alivió a muchos que veían detrás de Lavín a exponentes de la ultraderecha.

Por Redacción

Puede que en los distintos países de América Latina, la transición «hacia la democracia» no culmine hasta que un gobierno conservador, descendiente confeso de otro de carácter autoritario, haya logrado concluir su gestión sin intentar intimidar a sus adversarios ni perpetuarse por medios incompatibles con el respeto por una constitución que haya sido redactada en libertad. Asimismo, también será necesario que el heredero de un movimiento civilista notorio por su insensatez «principista» se muestre capaz de gobernar con la firmeza, eficiencia y realismo que siempre serán imprescindibles. Es lo que está ocurriendo en la Argentina, donde por fortuna Carlos Menem no tuvo el apoyo que le hubiera permitido prolongar su peligrosa aventura reeleccionista, mientras que el presidente Fernando de la Rúa está haciendo gala de un grado de responsabilidad que quince años atrás hubiera escandalizado a sus correligionarios. En cambio, Chile aún no parece estar en condiciones de afrontar los riesgos que plantearía la llegada al poder de un gobierno «pospinochetista», encabezado por un ex asesor del dictador, de suerte que el triunfo ajustado del socialista Ricardo Lagos en las elecciones del domingo ha sido motivo de alivio para los muchos que temían que de imponerse Joaquín Lavín los auténticos ganadores hubieran sido los extremistas de la derecha antidemocrática.

Pero el «pinochetismo» no es el único fantasma que los chilenos tendrán que ahuyentar antes de alcanzar una forma de democracia que no haya sido condicionada por las Fuerzas Armadas, es decir, por amenazas. Otro tiene que ver con el «allendismo», o sea, con los recuerdos muy vivos del esfuerzo, para algunos romántico e incluso heroico, de un gobierno nacido de los votos de sólo una tercera parte del electorado por transformar radicalmente las estructuras sociales y económicas de su país. Afortunadamente para los chilenos, sobre todo para los simpatizantes más enfervorizados del presidente electo Lagos, éste no parece tener la más mínima intención de llevar a cabo una revolución izquierdista contra la voluntad mayoritaria. Antes bien, es de prever que a pesar de su militancia socialista y de la desigualdad que caracteriza a su país, continuará con las políticas centristas, para no decir «liberales», que han aplicado todos los gobiernos elegidos que se han sucedido a partir del «retorno de la democracia» en 1990 aunque, claro está, tendrá que implementar programas destinados a mejorar la suerte de los millones que no han podido compartir los frutos de los años de crecimiento económico iniciado por el régimen de Augusto Pinochet.

Hace apenas una década, la brecha ideológica entre la izquierda democrática chilena y la derecha todavía era sideral, pero en la actualidad apenas existe. A juzgar por la retórica proselitista tanto de Lagos como de Lavín, lo único que realmente los separa hoy en día son las lealtades que han adquirido en el curso de sus respectivas trayectorias políticas: aunque procedieron de puntos diametralmente opuestos, se han encontrado amistosamente en el centro, aquella zona un tanto neblinosa en la que se congregan virtualmente todos los dirigentes serios del mundo occidental. Por supuesto, los partidarios de ambos son reacios a asumir esta realidad, pero la nostalgia por las batallas del pasado que afloró durante la campaña electoral y que se manifestó claramente al celebrar la izquierda el triunfo de Lagos, parece meramente testimonial. Salvador Allende no se ve reencarnado en la figura nada carismática del nuevo presidente electo y Lavín tiene poco en común con la de Pinochet. Si bien el todavía senador vitalicio sigue ocupando un lugar en el tablero político chileno, aunque sólo fuera por su condición de ?referente? de los sectores más retardatarios y brutales, es evidente que al distanciarse de él la derecha consiguió aumentar su caudal de votos y es probable que el anuncio de que pronto podría regresar haya contribuido a impedir que creciera lo suficiente como para permitir que Lavín se alzara con la victoria en la vuelta final.