China frente al cambio

Redacción

Por Redacción

La idea difundida de que los Brics –sigla que se usa para referirse a Brasil, Rusia, la India, China y, desde el año pasado, Sudáfrica– pronto dominarán la economía mundial ya parece un tanto anticuada o, cuando menos, prematura. Aunque los cinco países miembros de la agrupación que se inspiró en un artículo escrito por un economista del banco de inversión Goldman Sachs siguen contando con las ventajas que les brindan recursos naturales abundantes y, en los casos de China y la India, más de 1.000 millones de habitantes, mientras que los países ya desarrollados se debaten en una crisis económica, social y política que amenaza con perpetuarse, los emergentes se ven frente a problemas internos que podrían resultarles insuperables. Como sus dirigentes más lúcidos ya habrán entendido, es relativamente fácil crecer con rapidez por algunos años a base de la exportación de recursos materiales, sobre todo si los países avanzados están dispuestos a comprarlos a precios muy elevados, o, como han hecho últimamente China y la India, merced a la incorporación tardía al sistema capitalista globalizado, pero no lo es del todo continuar haciéndolo por mucho tiempo sin someterse a reformas sociales y culturales traumáticas. China es sin duda la estrella más brillante de los Brics. Últimamente, se ha consolidado el consenso, compartido por la mayoría de los chinos mismos aunque, según parece, no por algunos dirigentes, de que está por erigirse en una superpotencia no sólo económica sino también científica y militar, equiparable con Estados Unidos. Si bien sigue siendo un país muy pobre, pronto tendrá la economía más grande del planeta gracias a una población que es cinco veces mayor que la estadounidense. Sin embargo, no le será dado anotarse indefinidamente las “tasas chinas” de crecimiento a las que nos ha acostumbrado, en parte porque hay límites a la capacidad de los norteamericanos y europeos para continuar comprando las exportaciones de bienes de consumo masivo que tanto han contribuido a su expansión reciente y también porque está llegando a su fin un período en que, todos los años, decenas de millones de campesinos se trasladaban a las zonas de intensa actividad fabril para desempeñar tareas rutinarias por salarios llamativamente inferiores a los percibidos por los obreros occidentales. En opinión de muchos especialistas, la expansión vertiginosa de la economía china se debió en buena medida al aumento constante de la mano de obra disponible, pero dentro de un par de años la cantidad de trabajadores comenzará a reducirse. En adelante, pues, el crecimiento macroeconómico dependerá por completo de la mayor productividad laboral. Aunque el régimen chino, consciente de esta realidad, ha dado prioridad a la educación y lo ha ayudado una cultura del esfuerzo que es muy superior a la occidental, es poco probable que logre ganar la carrera contra el tiempo que ha emprendido. El “milagro chino” que, además de permitir a centenares de millones de personas salir de la pobreza extrema, ha transformado el mapa geopolítico mundial se inició en 1979, cuando el líder máximo Deng Xiaoping puso en marcha las reformas que hicieron de su país un híbrido sui géneris de liberalismo económico y dictadura comunista política. Sin embargo, nueve años antes el régimen había adoptado la política de hijo único que, si bien sirvió para frenar un aumento demográfico explosivo, andando el tiempo se erigiría en un obstáculo al crecimiento económico que fue desatado por las reformas. Como muchos expertos internacionales han advertido, China envejecerá antes de enriquecerse. En América del Norte y Europa, los dirigentes aún no se han animado a tomar las medidas que, por desgracia, resultarán necesarias para atenuar los problemas angustiantes que ya ha empezado a causar el aumento previsible de la “clase pasiva” y la disminución, debido al desplome de la tasa de natalidad, de la “activa”, pero en China la situación es decididamente peor, ya que el Estado no estará en condiciones de subsidiar, o brindar asistencia médica adecuada, a centenares de millones de jubilados. Por lo demás, una consecuencia previsible de la política del hijo único es que no habrá jóvenes suficientes como para cuidar a sus padres o abuelos, como era tradicional en la China de antes de 1970.


La idea difundida de que los Brics –sigla que se usa para referirse a Brasil, Rusia, la India, China y, desde el año pasado, Sudáfrica– pronto dominarán la economía mundial ya parece un tanto anticuada o, cuando menos, prematura. Aunque los cinco países miembros de la agrupación que se inspiró en un artículo escrito por un economista del banco de inversión Goldman Sachs siguen contando con las ventajas que les brindan recursos naturales abundantes y, en los casos de China y la India, más de 1.000 millones de habitantes, mientras que los países ya desarrollados se debaten en una crisis económica, social y política que amenaza con perpetuarse, los emergentes se ven frente a problemas internos que podrían resultarles insuperables. Como sus dirigentes más lúcidos ya habrán entendido, es relativamente fácil crecer con rapidez por algunos años a base de la exportación de recursos materiales, sobre todo si los países avanzados están dispuestos a comprarlos a precios muy elevados, o, como han hecho últimamente China y la India, merced a la incorporación tardía al sistema capitalista globalizado, pero no lo es del todo continuar haciéndolo por mucho tiempo sin someterse a reformas sociales y culturales traumáticas. China es sin duda la estrella más brillante de los Brics. Últimamente, se ha consolidado el consenso, compartido por la mayoría de los chinos mismos aunque, según parece, no por algunos dirigentes, de que está por erigirse en una superpotencia no sólo económica sino también científica y militar, equiparable con Estados Unidos. Si bien sigue siendo un país muy pobre, pronto tendrá la economía más grande del planeta gracias a una población que es cinco veces mayor que la estadounidense. Sin embargo, no le será dado anotarse indefinidamente las “tasas chinas” de crecimiento a las que nos ha acostumbrado, en parte porque hay límites a la capacidad de los norteamericanos y europeos para continuar comprando las exportaciones de bienes de consumo masivo que tanto han contribuido a su expansión reciente y también porque está llegando a su fin un período en que, todos los años, decenas de millones de campesinos se trasladaban a las zonas de intensa actividad fabril para desempeñar tareas rutinarias por salarios llamativamente inferiores a los percibidos por los obreros occidentales. En opinión de muchos especialistas, la expansión vertiginosa de la economía china se debió en buena medida al aumento constante de la mano de obra disponible, pero dentro de un par de años la cantidad de trabajadores comenzará a reducirse. En adelante, pues, el crecimiento macroeconómico dependerá por completo de la mayor productividad laboral. Aunque el régimen chino, consciente de esta realidad, ha dado prioridad a la educación y lo ha ayudado una cultura del esfuerzo que es muy superior a la occidental, es poco probable que logre ganar la carrera contra el tiempo que ha emprendido. El “milagro chino” que, además de permitir a centenares de millones de personas salir de la pobreza extrema, ha transformado el mapa geopolítico mundial se inició en 1979, cuando el líder máximo Deng Xiaoping puso en marcha las reformas que hicieron de su país un híbrido sui géneris de liberalismo económico y dictadura comunista política. Sin embargo, nueve años antes el régimen había adoptado la política de hijo único que, si bien sirvió para frenar un aumento demográfico explosivo, andando el tiempo se erigiría en un obstáculo al crecimiento económico que fue desatado por las reformas. Como muchos expertos internacionales han advertido, China envejecerá antes de enriquecerse. En América del Norte y Europa, los dirigentes aún no se han animado a tomar las medidas que, por desgracia, resultarán necesarias para atenuar los problemas angustiantes que ya ha empezado a causar el aumento previsible de la “clase pasiva” y la disminución, debido al desplome de la tasa de natalidad, de la “activa”, pero en China la situación es decididamente peor, ya que el Estado no estará en condiciones de subsidiar, o brindar asistencia médica adecuada, a centenares de millones de jubilados. Por lo demás, una consecuencia previsible de la política del hijo único es que no habrá jóvenes suficientes como para cuidar a sus padres o abuelos, como era tradicional en la China de antes de 1970.

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