China y los derechos humanos
JAMES NEILSON
Cuando, en las semanas finales de la Segunda Guerra Mundial, tropas aliadas irrumpieron en los campos de concentración nazis, lo que encontraron ocasionó no sólo horror sino también asombro. Fue como si acabara de revelarse un secreto terrible que los nazis habían mantenido oculto. ¿Fue así? En absoluto: ya se había divulgado información detallada e incontrovertible acerca de las atrocidades perpetradas, en escala industrial, durante años por los nazis contra judíos, gitanos, prisioneros de guerra polacos y rusos, disidentes políticos y muchos otros, pero pocos, muy pocos, querían creer que tantos crímenes de lesa humanidad podrían cometerse en el mundo contemporáneo. Entre los más reacios a tomar en serio lo que sucedía eran aquellos que, por sus propios motivos, simpatizaban con Hitler. Se esforzaban por atribuir lo que sabían ocurría en el Reich nazi a la propaganda británica primero y, después, a la norteamericana y comunista, hasta que la liberación de los campos de concentración, auténticas fábricas de la muerte, los obligaran a hacer frente a la realidad. Sólo entonces sumarían sus voces al coro que gritaba “nunca más”. Pues bien: a casi setenta años de la toma de conciencia así supuesta, un equipo de investigadores apadrinado por la ONU ha publicado un informe pormenorizado sobre las atrocidades perpetradas sistemáticamente por el régimen norcoreano. No contiene nada nuevo, pero el que la ONU lo haya impulsado le brinda un grado adicional de autoridad. De todos modos, según el juez australiano Michael Kirby que encabeza el equipo, los crímenes –asesinatos, torturas, violaciones, infanticidio, esclavitud– que son rutinarios en Corea del Norte son plenamente comparables con los de los nazis, pero, tal y como sucedía antes de la derrota de Hitler, los líderes de los demás países preferirían no darse por enterados. Aunque Kirby sabe que es poco probable que se cumpla pronto su deseo de que un día Kim Jong-un y sus cómplices tengan que rendir cuentas ante un tribunal internacional, insiste en que esta vez nadie tendrá derecho a decir que no sabía que en una parte del mundo se cometía sistemáticamente atrocidades de una brutalidad apenas concebible. Corea del Norte es una potencia militar que posee un arsenal atómico acaso rudimentario pero lo bastante temible como para intimidar a sus enemigos principales, Corea del Sur y Estados Unidos. Así y todo, es vulnerable. De decidir el régimen comunista de China que no le convendría continuar respaldando una dictadura racista tan extraordinariamente cruel, podría asfixiarla privándola de energía. Aunque hay señales de que los chinos están hartos del a menudo rabiosamente belicoso Kim Jong-un, el gobierno de Pekín procuró minimizar el impacto del informe de la ONU so pretexto de que un “diálogo” amistoso y cortés sería más eficaz que un enfrentamiento. Por lo demás, los chinos siguen devolviendo a Corea de Norte a quienes logran cruzar la frontera entre los dos países a sabiendas de que casi todos serán torturados y ejecutados. Para los sinceramente preocupados por los derechos humanos, convencer al régimen chino de que son importantes para un país que aspira a compartir con Estados Unidos el liderazgo mundial ha de ser prioritario. A menos que logren hacerlo, el futuro de centenares de millones de personas se parecerá al previsto por Hitler y sus secuaces. Aunque algunos dirigentes chinos han dado a entender que en su opinión la rigidez autoritaria frenará el desarrollo socioeconómico de su país y que, de todos modos, podría ocasionarle muchas dificultades diplomáticas al socavar su “poder blando”, la mayoría sigue resistiéndose a romper con los camaradas norcoreanos. Merced a sus dimensiones demográficas y una cultura del trabajo notable, China ya se ha erigido en una gran potencia comercial. Sus líderes esperan que el país heredero del “imperio del centro” –del mundo, se entiende– pronto recupere el lugar geopolítico en el orden internacional que a su juicio le corresponde. Las ambiciones en tal sentido han motivado alarma entre sus vecinos, que no quieren ser tratados como vasallos y también en la superpotencia reinante, Estados Unidos. Muchos comparan el resurgimiento de China con la irrupción, hace casi un siglo y medio, de Alemania en el escenario mundial. De no haber sido por la impaciencia excesiva del káiser Guillermo II y otros dirigentes, andando el tiempo los alemanes podrían haber llegado a dominar Europa por medios pacíficos, ya que era por lejos el país más dinámico, pero optaron por la violencia, con consecuencias terribles para el resto del mundo y, desde luego, para los alemanes mismos. Si bien últimamente el régimen chino ha asumido una postura beligerante frente al Japón, Filipinas y otros países de la región que cree suya, aún parece poco probable que cometa errores estratégicos tan graves como los de Alemania entre los años finales del siglo XIX y los primeros 45 del XX. Con todo, tendrá que apurarse para aprovechar “la ventana de oportunidad” que se ha abierto; el envejecimiento rápido de la población y la pérdida de las ventajas que le supusieron los ingresos relativamente bajos de los trabajadores industriales le impiden dormir sobre los laureles. Asimismo, en muchas partes del mundo la presencia creciente de los chinos está provocando reacciones adversas entre quienes se sienten explotados. A diferencia de los norteamericanos y europeos, los chinos pueden decirles que en su propio país hay decenas de millones de indigentes y por lo tanto no se sienten del todo conmovidos por las alusiones de africanos y latinoamericanos a lo injusto que sería exigirles aceptar condiciones de trabajo muy duras. En la lucha por la hegemonía cultural mundial, los occidentales cuentan con un arma que podría ser decisiva; la evidente falta de interés del régimen chino en los derechos humanos más básicos y su voluntad de solidarizarse con regímenes monstruosos. La emplearon con éxito para impulsar el derrumbe de la Unión Soviética; no cabe duda de que la información sobre los horrores cotidianos de los campos de concentración del “archipiélago Gulag” contribuyó al desmoronamiento de un sistema totalitario cruel. Hace poco, la dictadura china tomó algunas medidas para atenuar los sufrimientos de los consignados a sus propios campos de “reeducación” por entender que le convendría mejorar así su imagen internacional. ¿Estará dispuesta a cambiar su relación con Corea del Norte por razones similares? Los autores del informe terrible de la ONU en que se detalla las atrocidades cometidas por la tiranía de Kim Jong-un no son los únicos que esperan que sí.
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